Pandemia

Enfermeros y voluntarios: la maratónica labor de garantizar el acceso a las vacunas

En seis días, seis equipos hacen jornadas de 12 horas para llegar a 170 geriátricos. ¿Quiénes son los que hacen efectivo ese derecho a la salud?

Viernes 04 de Junio de 2021

En el Galpón 13 de la Franja del Río funciona La Mutualidad, ese último proyecto al que Chiqui González dio forma pensando en las viejas mutuales de socorros mutuos que socialistas y anarquistas levantaron en el interior santafesino para atender las necesidades de las comunidades, aportando cada uno lo que tuviera. Nada casual que sea justamente en ese espacio, debajo de un enorme cuadro donde se lee "Comunidad", que enfermeros, voluntarios y quienes llevan los registros de los operativos de vacunación de Rosario y la región pasen jornadas de hasta 12 horas de trabajo. Es que, en febrero, fueron los responsables de garantizar la aplicación de las vacunas en 170 geriátricos de la zona y por estas horas trabajan en completar ese esquema en adultos mayores que están en hogares.

"Hacemos con seis equipos, el mismo trabajo que hacen 15 en los galpones de la Rural", dice con orgullo Emilse Belletti, la jefa de enfermeros de Santa Fe. Su "alter ego" y amiga desde hace más cuatro décadas, Olga Moyano, también enfermera y a cargo de los operativos, no dejan de señalar una y otra vez la importancia de las vacunas como una forma de frenar la pandemia, pero sobre todo del trabajo colectivo que llevan adelante para “garantizar salud como un derecho".

Los días que hay operativos, como en estas últimas semanas que además de visitar uno a uno los geriátricos se están aplicando las vacunas a las personas con discapacidad alojadas en instituciones, todos arrancan cuando apenas asoma el sol detrás de los galpones. Y las combis, algunas de la provincia, pero también transportistas escolares que con las intermitencias de las clases son contratados para tareas vinculadas a la pandemia, empiezan a estacionarse sobre el empedrado.

Ese es el punto de partida. Su base de operaciones, donde conviven el enorme espacio colaborativo pensado para el encuentro y proyectos solidarios, donde en los últimos veranos las mujeres tejieron y los chicos lijaron y pintaron juguetes, con una decena de freezers donde se conservan las vacunas: desde las Sputnik V, con las que más cuidado se trabaja para mantenerlas a -18 grados centígrados, las AstraZéneca, sean de fabricación india o del fondo Covax, o Sinopharm venidas de China.

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Emilse, jefa de Enfermeras de la provincia, da las pautas y Olga Moyano, amiga y compañera de trabajo, junto a ella.

Emilse, jefa de Enfermeras de la provincia, da las pautas y Olga Moyano, amiga y compañera de trabajo, junto a ella.

Los "custodios" son Florencia y Guillermo, dos farmacéuticos del Ministerio de Salud. "Estamos acá desde el 20 de marzo, al principio nos ocupamos de todo lo que fueron equipos de protección personal para los equipos de salud y desde el 28 de diciembre estamos con las vacunas", cuenta Florencia, mientras lleva y trae de los freezers a las heladeras portátiles donde con Olga y Emilse determinan cuántas llevan y a dónde.

Al lado, aún se apilan las cajas térmicas blancas con cintas del Ministerio de Salud de la Nación, esas mismas que bajan de los aviones de Aerolíneas Argentinas y en las que las dosis llegan a Rosario.

Las primeras partidas fueron "con mucha ansiedad", dice Florencia y admite cierto "temor". La manipulación de las vacunas rusas a tan bajas temperaturas, el cuidado que requieren y el hielo seco que se utiliza para su conservación era algo nuevo para ellos. "Eso fue las primeras veces, ya después todo fluyó más fácilmente", recuerda.

Seis días, seis equipos

Vacunar a los adultos mayores de los 170 geriátricos de Rosario, Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez lleva a jornadas que de 12 horas de trabajo de seis equipos, duplas que están integradas por enfermeros que se ocupan de la manipulación y aplicación de las vacunas, los registradores _en algunos casos voluntarios_ y los choferes, que son parte "indispensable" del trabajo.

"El trabajo de registro es fundamental", destaca Olga, no solo porque repite una y otra vez que "las "vacunas son un derecho" y para poder garantizarlo ese trabajo tiene que estar bien hecho. "En el caso de los geriátricos, se hace manualmente y luego se carga en el sistema", explica Emilse y agrega: "Si eso no se hace bien, no aparecen los registros en la Nación y podrían no mandar más partidas, por eso entre otras cuestiones es tan importante".

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Los equipos en plena labor de entrega de las vacunas de AstraZéneca que deben salir a aplicar a 170 geriátricos.

Los equipos en plena labor de entrega de las vacunas de AstraZéneca que deben salir a aplicar a 170 geriátricos.

Los equipos vienen de experiencias en centros de salud y hospitales, más de uno sufrió el Covid-19 en carne propia, como Ricardo Vidal, un enfermero con más de 25 años de experiencia que se contagió durante la primera ola en el Sanatorio Laprida donde trabaja, y con 51 años pasó semanas internado en una terapia intensiva y perdió casi una veintena de kilos. “Es una experiencia muy dura, que la gente debería conocer", afirma.

Todos coinciden en que la pandemia de coronavirus es "incomparable" con cualquier otro escenario crítico que hayan atravesado y admiten que la vacuna es "la pata esperanzadora" de lo que hasta ahora les ha tocado enfrentar. Eliana, otra de las integrantes de los equipos, relata las emociones que se mueven cuando los reciben con aplausos o cuando en los geriátricos "están todos esperando que uno llegue, ya acomodados, en fila y con los hombros descubiertos".

Seguir cuidándose

Sin embargo, no deja de haber tragos amargos. Responder a la pregunta "Señora, cuándo puedo salir" no siempre resulta fácil. "Hay que explicarles que la vacuna no les va a significar poder comerse un asado con los nietos o abrazarlos, que tienen que seguir cuidándose, incluso con la segunda dosis ya colocada", agrega Eliana y señala que en lo que más insisten es en decir que "esta pandemia y este encierro no es solo algo que les pasa a ellos. Les decimos que estamos ahí, pero que después, como todos, también debemos cuidarnos".

El miedo ahí no es tanto contagiarse, sino contagiar. "Siempre estás preocupado por lo que podés llevar a tu casa y a tu familia", añaden.

Más allá de las explicaciones, los intentos por llevar calma y tranquilidad, y más de una vez brindar información certera sobre la pandemia y la vacunación, tampoco fueron pocas las veces que pasaron situaciones tensas ante la demanda de los pacientes. "A veces, la gente se sienta para una vacuna y se cree que es una heladería, que puede elegir qué vacuna como elige crema, chocolate o frutilla", dice Emilse sin perder el humor, pero tampoco la firmeza. "Se le explica, y si no se entiende, se le dice que la vacunación es voluntaria y en tal caso que libere la dosis para otra persona", señala.

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Equipo 6. Angela y Valentino, una de las duplas que saldrá a vacunar en dos instituciones en el centro y sur de la ciudad.

Equipo 6. Angela y Valentino, una de las duplas que saldrá a vacunar en dos instituciones en el centro y sur de la ciudad.

Y allí apuntan a los medios y a los vaivenes de la información. "Es tremenda la subjetividad que construyen desde la televisión", dicen y aclaran: "Nadie pasa un archivo: primero nadie quería la porque era «veneno», después no querían la AstraZéneca porque provocaba trombosis, y ahora no quieren de nuevo la Sputnik porque con esa no pueden entrar a Europa para irse de viaje".

Así como también registran entre quienes se vacunan el incremento de los consumos de alcohol que hubo en estos últimos 15 meses. "Uno les dice que al hacerse la aplicación solo pueden consumir un vaso de alcohol, ya sea una botella de vino o de cerveza, y uno nota cómo te insisten en la pregunta porque notamos y sabemos que el consumo ha crecido mucho", cuentan.

"La vulnerabilidad no vende"

Olga y Emilse admiten el cansancio. “Y cómo no, una 63 y la otra 59", admite la segunda, pero se saben como guerreras de mil batallas. Y nada más cierto: Emilse lleva 45 años de carrera desde que comenzó su trayecto en el Hospital Eva Perón, en Granadero Baigorria, pasó por centros de salud, fue ayudante de traumatología y cirugía, y era quien ponía el cuerpo cuando le pedían "liberar la cama" y ella explicaba que ese paciente no tenía quién lo mirara en su casa. Coordinó regionales, fue docente de muchos de los que hoy trabajan con ella y hace tres años concursó la jefatura de Enfermería de la provincia.

Olga ya era enfermera en mayo de 1978, cuando en plena dictadura cívica militar fue secuestrada y estuvo detenida-desaparecida en el centro clandestino de detención que funcionó en la Fábrica de Armas Domingo Matheu. No solo dio su testimonio en el Juicio a las Juntas, apenas estrenada la democracia, sino que además en 2009 fue testigo y querellante en la primera causa por delitos de lesa humanidad que se llevó adelante en Rosario.

Tienen claro y lo repiten, una y otra vez, "el esfuerzo y el compromiso" de los equipos, que es el ellas mismas. Por eso, Olga dice sin medias tintas que todos esos enfermeros que por estos días hace jornadas de trabajo de hasta 12 horas son monotributistas. "Y lo digo porque esa es la verdad", afirma mirando a su amiga y compañera, que asiente.

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Los transportes escolares, devenidos en el traslado de los equipos de enfermería cuando las clases se interrumpen.

Los transportes escolares, devenidos en el traslado de los equipos de enfermería cuando las clases se interrumpen.

"Lo que pasa es que la vulnerabilidad no vende, ese es el problema del capitalismo. Por eso me gusta hablar del trabajo de cuidado que es un trabajo invisible, y que es invisible porque mayoritariamente lo hacemos las mujeres. Y de hecho, hace pocos años que tenemos más varones en las carreras de enfermería", dice abriendo la mano y señalando a la ronda que forman los integrantes de los equipos y donde sobran los dedos de las manos para contabilizar a los hombres.

Mientras ellas hablan del pasado y el presente, reparten las planillas de dónde debe ir cada pareja. "Nos quedan los últimos geriátricos que son donde hubo casos febriles y personas aisladas, y estamos esperando poder ir para vacunar a todos", agrega Emilse, mientras hace el reparto de los papeles y la caja donde llevan los materiales.

En el medio, llega Oscar, uno de los voluntarios que es bombero y se demoró en el camino para comprar facturas para todos para y celebrar su día. Todos lo aplauden. "Esto es una comunidad. Estamos más acá que en nuestras casas", dice Emilse.

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Ya en las instituciones, donde los esperan, y donde hacen el trabajo no solo de aplicación, sino de registro de los vacunados, tanto adultos mayores como el personal de las instituciones.

Ya en las instituciones, donde los esperan, y donde hacen el trabajo no solo de aplicación, sino de registro de los vacunados, tanto adultos mayores como el personal de las instituciones.

Gabriela, una de las enfermeras que sale a aplicar las vacunas, vuelve a la idea que minutos antes desarrollaba Olga. Habla de la precarización del trabajo. “Ni siquiera con esto nos reconocen como profesionales", dice la mujer con las gafas de protección ya colocadas, y agrega: “Esto no es un apostolado".

Angela y Valentino, son el grupo 6, la última pareja en salir. Se suben a la combi de Diego, un transportista escolar que hace este trabajo cuando lo convocan y las clases se suspenden _ "Porque, además, la bimodalidad no ayuda", admite_. Irán a un geriátrico céntrico, frente a los Tribunales y después a la zona sur.

"Ya nos queda poco acá. Después volveremos a la Rural", dice Emilse. Las dos salen a la puerta. "Esto es lo que no hay que hacer", dicen, sacan un atado de cigarrillos, y se prenden uno. Ahora, los van a esperar al mediodía. Todos volverán, comerán una vianda y volverán a salir. Cuando terminen, estará entrada la noche.

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