En 1979, cuando estaba en un momento luminoso de su extensa carrera, Woody Allen dirigió una película que muchos consideran su obra maestra: “Manhattan”. Filmada en un blanco y negro genial, con el trasfondo de las melodías de Gershwin, un elenco que lo tiene como protagonista principal incluye también a la bellísima (y jovencísima) Mariel Hemingway, Diane Keaton y Michael Murphy, además de una breve aparición de una actriz que aún no había alcanzado la celebridad, Meryl Streep. Toda “Manhattan” está llena de momentos inolvidables, pero poco tiempo atrás surgió vívida en mi memoria la escena en que Allen, recostado en un diván y monologando frente a un grabador, se propone nombrar aquellas cosas que hacen que la vida valga la pena. Y empieza: “Podría decir que Groucho Marx, por nombrar a alguien… Y Jimmy Connors… Y el segundo movimiento de la Sinfonía «Júpiter»… Y Louis Armstrong y su grabación de «Potato Head Blues»… Y algunas películas suecas, claro… Y «La educación sentimental», de Flaubert… Marlon Brando… Frank Sinatra… Esas increíbles manzanas y peras de Cézanne… Los mariscos de Sam Wo… Y la cara de Tracy” (Tracy es el personaje de Mariel Hemingway).



































