En septiembre de 2009 tuvo lugar el cuarto Encuentro de Escrituras de Maldonado, Uruguay, bajo un incesante temporal. Como quien se reúne alrededor del fuego, en el interior de una biblioteca pública un grupo compacto esperaba a los autores para escuchar fragmentos de sus obras. Cuando le llegó el turno al argentino Carlos Bernatek, se vivió una experiencia colectiva singular, del orden de lo sensorial. Mientras atendían la voz cadenciosa, los asistentes empezaron a contorsionarse en su silla, a hacer muecas, a buscarse con la mirada en una muda y comunitaria interrogación: "¿Hasta dónde va a llegar?". Esa chispa inició una poderosa hoguera: en la próxima década Bernatek publicó la llamada Trilogía de Santa Fe, ganó el premio Clarín de novela y dejó la capital de la provincia para mudarse a Buenos Aires.
Exactamente diez años después, de paso por Rosario para presentar la Trilogía, Bernatek asume como fundante aquella lectura de su relato La carne, que había sido publicado en 2003 en el libro Voz de pez (editorial Atril). "Me animé a pesar que es un cuento largo, de 25 páginas. Cada vez que lo leía, me pasaba lo mismo que en Maldonado: la gente se reía nerviosa", recuerda con un gesto pícaro. El cuento devino, a su decir, en campo de experimentación de la novela La noche litoral, editada por Adriana Hidalgo en 2015. Comenzaba el fenómeno que se prolongaría con Jardín primitivo y El hombre de cristal, donde en un realismo llevado al extremo entremezcla lo bizarro, la marginalidad, el humor, el asco. La amalgama incomoda pero atrae, por lo menos a una masa variopinta de lectores seducidos por las desventuras de un personaje de indiscutible ADN argentino, Ovidio Balán.
"Experimenté moviendo al personaje. En los tres libros hay una itinerancia permanente de los personajes, hasta en la evocación", analiza y describe a la Trilogía "como un libro único, dividido en etapas, desde el punto de vista de la construcción y de la temática". En su propia historia, Bernatek también se desplaza: oriundo de Avellaneda, provincia de Buenos Aires, aterrizó en Santa Fe en 1972; vivió algunos años, se fue, regresó. En total pasó dos décadas en la capital de la provincia, a la que no califica de mero escenario sino de protagonista de su obra. "El sustrato de todas las vidas presentes en las novelas tiene que ver con la ciudad, con el clima, con la liturgia de la gente moviéndose, la extinción durante la siesta y el rebrote por las noches", apunta.
Esta voz, que se alza con peso propio sobre bases sólidas, no se construyó de un día para el otro ni fue producto de un programa, aunque luego el trabajo de escritura de la trilogía incluyera rastreo de documentación y de fuentes. Más bien surgió de la curiosidad que provocaba en el autor la reacción del público respecto de un relato en particular y de un personaje inadmisible para la moral y las buenas costumbres, el inefable Balán. "Me intrigaba por qué me había salido así, cuál era el origen y hasta donde podía sostener el lenguaje de este demente", rememora Bernatek, y admite que lo convocó "esa cuestión de proximidad de clase de Santa Fe, donde a una misma escuela pueden ir la aristocracia provinciana y el hijo del tendero que prosperó (en definitiva, la de Saer es la historia del hijo del tendero que a los ocho años llega desde Serodino a Santa Fe)".
Desde adentro o desde afuera —no se sabe muy bien, ¿importa?— Bernatek disecciona con ojo crítico la idiosincrasia santafesina y el resultado adquiere a veces ribetes monstruosos, casi siempre inquietantes. Con su pluma ilumina zonas de resquemor, para las que todavía no se encontraron respuesta Barrancas arriba, tampoco Barrancas abajo: la integración de una provincia extensa y diversa, la rivalidad de la capital con Rosario, la convivencia entre las ciudades y el campo, los circuitos de poder, el lugar de la cultura, los efectos del terrorismo de Estado, la supervivencia en los márgenes, el conflicto social.
Ovidio Balán, o simplemente Ovi, es una suerte de hijo putativo del Henry Chinaski de Bukowski y del Remo Erdosain de Arlt que se mueve en un paisaje bastante almodovariano. Irreverente, vital, por momentos patético, protagoniza los dos primeros libros y en el tercero, publicado este año, participa sin llevar el hilo de la historia. Desde un presente situado en los comienzos del siglo XXI en Santa Fe, recurrentes evocaciones practican fracturas temporales en el relato. Luego está lo ubicuo: el diario El Litoral, los cafés, ese bar siempre abierto al fondo de una galería —casi como un lugar mítico—, la playa, el río.
EM_DASH¿Las historias podrían transcurrir con el mismo elenco en otras ciudades?
—Serían distintas porque yo conozco las rutinas de Santa Fe de una época en la que ocurrieron las cosas que se cuentan. Además estas historias tienen un plus generacional que me cuesta entender cómo los pibes se enganchan, porque tengo un público lector joven. Sobre todo con La noche litoral, que agotó la primera edición para mi sorpresa. Yo entraba a una librería en Buenos Aires y me ponía a hablar con el librero, un muchacho de veinticinco años. Me decía que lo había leído, que se había cagado de risa.
—Las novelas abordan desde la literatura cuestiones que no tenemos resueltas.
—Totalmente. Los santafesinos, por ejemplo, dicen: “Rosario no tiene fecha de fundación, es un cruce de caminos”. Yo les contestaba: “Sí, pero es un cruce de caminos con puerto que creció una barbaridad”. Y después viene otro reproche: ¿por qué se fue la industria de Santa Fe? En los setenta Santa Fe era una ciudad industrial. Fiat fabricaba camiones y tractores, todos se manejaban con unos pagarés de la empresa más valiosos que el dinero. Estaba lleno de talleres e industrias subsidiarias. El día que Fiat se fue, Santa Fe se transformó en un páramo y dejó de crecer. Cesó la bonanza y vino una reconversión muy fuerte: la industria se trasladó al sur de la provincia y el norte termina siendo pastoril, burocracia y soja, el destino que le espera a la capital y al resto hacia el norte. Analizando la historia de La Forestal, ves cómo los pueblos con una industria forestal que les proporcionaba lo que necesitaban, cuando se retiró la fábrica y el tanino dejó de ser negocio para los ingleses, se volvieron fantasmas que solo levantaron la cabeza cuando apareció la soja. El problema es que la soja no les da trabajo a todos. Por otro lado el fenómeno hace cambiar las cosas en Santa Fe, donde había una aristocracia venida a menos que vivía en la ciudad y tenía los campos cerca. La herencia que antes daba unos manguitos ahora reporta una fortuna, entonces cambian las ecuaciones.
—¿Qué lugar ocupa Rosario en la trilogía?
—Es la contracara de Santa Fe. Se muestra el enfrentamiento con los rosarinos y con los cordobeses, aun peor. Esto lo escuché permanentemente en la calle, en el bar. Ahora me puedo situar en un lugar equidistante y veo los rencores mutuos, el modo en que se acumularon. El paso del tiempo no modifica esas cosas, pese a que ningún ser racional puede rechazar a otro por su lugar de origen. Hay como una genética en la asimilación de esta cuestión; la ves en el fútbol, por ejemplo, y cuando vas al fondo no tiene ningún sentido, es una pavada.
—La paradoja de que la ciudad más grande de la provincia no es la capital…
—Claro, ahí entra la cuestión de clase porque la ciudad colonial, la capital histórica, no creció tanto como la ciudad de inmigrantes. Pero Santa Fe también está atravesada por la inmigración, tiene las colonias al lado. Esperanza no es un accidente, es una ciudad importantísima donde en un momento hubo una alta calidad de vida. Siempre me asombró. Es un campo de experimentación que aparece en otras novelas mías con otro nombre.
—Rosario está representada siempre distinta, por ejemplo en materia de salud.
—Es un pensamiento que nadie dice pero todos manifiestan sentados en un café: “Si te tenés que hacer algo importante, andá a Rosario”. Primero no hay Facultad de Medicina y segundo hubo muchos casos de mala praxis. Además en caso de una cirugía estética mejor volvé directamente cambiado, sino va a salir mañana en El Litoral. En dos de las novelas hay gente que viaja a Rosario a operarse.
—Mencionaste varias veces a Saer, de hecho Ovidio Balán proviene de Serodino y se va a vivir a Santa Fe.
—Eso es un guiño para todos los saerianos fanáticos. De un mismo pueblo pueden salir un Saer o un Ovidio.
—¿Te relacionan con Saer?
—Sí, más que nada por la ciudad. Porque si hablás de literatura de Santa Fe tenés que mencionarlo, lo cual es injusto porque en realidad estás hablando de lo que Buenos Aires promueve de Santa Fe. En Buenos Aires ignoran a un montón de autores que hace años han muerto y dejaron obra. Conocen por ahí la película Los inundados (de Fernando Birri) y no a Mateo Booz. Yo conocí al Saer que venía para las fiestas, se reunía con sus amigos; por ahí daba una charla, se comía un asado y se volvía (a Francia). También conocía a mucha gente que eran sus amigos, sus personajes.
—¿Con Onetti también te vincularon?
—Sí, pero con Onetti yo me vinculo solo porque soy un fanático. Tiene que ver con mis lecturas de iniciación.
—¿Con quiénes dialoga tu obra, ya sea para apoyarte o para rebatir?
—Para atrás con lo que me gustó de mi biblioteca y del cine, tengo una raíz muy cinematográfica. Primero tuve el concepto de estructura del cine y después lo apliqué a la literatura. Para adelante con tipos más jóvenes de los que me hice amigo, como Jorge Consiglio o Hernán Ronsino. Con otros no tengo afinidades estéticas pero compartimos miradas, por ejemplo Martín Kohan. Hay autores que me marcaron y nunca tuve acceso a ellos: toda la novela negra americana, que empecé a leer en Santa Fe. Había grupitos de amigos fanáticos de Hammett, de Chandler, de David Goodis. Por ese camino la autora que más me fascina del sur profundo es Flannery O’Connor, me parece superior a Hemingway. Pasa que Hemingway tuvo más prensa.
—¿Cómo recibieron las novelas en Santa Fe?
—Mis amigos las recibieron bien, el resto no sé. Hace como diez años que no me invitan a la Feria del Libro, por algo será.
La entrevista termina entre risas. A pesar de que al inicio de Jardín primitivo se aclara que “ante cualquier semejanza con la realidad, los hechos y personajes son producto de la imaginación del autor”, no puedo evitar el recuerdo de aquella gente retorciéndose en las sillas de la biblioteca uruguaya. Sospecho que quizás no sean los únicos.