Algunos pensadores han hecho de ella el centro de su filosofía, otros han dicho que simplemente es lo que hay al final de la vida, y en cambio otros: ¿para qué preocuparse? En este sentido, aprender a morir no es sino aprender a vivir, a vivir bien, incluso sabiendo que la vida es limitada y finita. La afirmación de la muerte, de forma paradójica, se transforma al mismo tiempo en la afirmación de la existencia. De acuerdo con Montiel, desde que el hombre es tal, la muerte ha sido objeto de temor y de ritualidad. Reflexionar sobre nuestra muerte es reflexionar acerca de nuestra vida. La muerte es una dimensión de la vida; ella es nuestra compañera más fiel, la única que nunca nos abandona puesto que puede sobrevenir en cualquier momento. Rechazar la muerte, hasta el extremo, es negarse a vivir. La muerte es el reverso de una moneda, la muerte se debe aceptar (aunque duela). Pero morir es complicado. La cultura occidental lo ha ido haciendo cada vez más difícil. Se nos educa desde niños para hablar, leer, escribir, movernos, amar e incluso como pensar y otras normas de cortesías, pero nadie nos educa para la muerte, no se habla de ella. El historiador Philippe Ariès empieza ahí su investigación y en su recorrido hasta el siglo XX descubrió cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte hasta convertirla en algo absolutamente terrorífico. Actualmente, se teme más a la muerte de un otro que de uno mismo, el culto a las tumbas, cementerios, mortuarios y sepulturas tienen una total connotación negativa. Es necesario filosofar en los niños, adolescentes y adultos sobre la muerte, si es posible inyectarlo en todos los sistemas educativos. “Es menester, aprender a morir”.






























