Estuvo en la última edición del Festival Internacional de Poesía de Rosario y
fue una de las grandes atracciones. Humberto Ak’ abal (Momostenango, Guatemala, 1952), poeta
de la etnia maya quiché, es uno de los grandes creadores de la poesía latinoamericana, con una obra
premiada y editada en diversos países y que incluye títulos como Guardián de la caída del agua
(1993), Ayjuq´/ El animalero (1995), Ajkem tzij / Tejedor de palabras (1996), Retoño salvaje (1997)
y Con los ojos después del mar (2000).
—En una conferencia has dicho que el lenguaje "trae a
la existencia las cosas que se sienten, que se ven y están". Parece una definición de la
poesía.
—Claro, porque de alguna manera el poeta es un
creador y entonces está trayendo a la existencia las cosas que están pero no todos ven. En el caso
mío, es con mis propios recuerdos, mis propias profundidades y mi propio presente. Yo hago una
poesía basada en mi cotidianeidad.
—¿Qué recursos ofrece la lengua quiché para hacer
poesía?
—Lo más importante es la onomatopeya. También ciertas
formas que no se conocen en castellano. Por decírtelo de una manera: el sabor de los colores. En
castellano se oye un poquito disparatado decir que un color tenga sabor, en tanto que en la lengua
nuestra sí tiene una lógica. Y eso es un recurso para darle color al texto.
—En el poema "La flor amarilla de los sepulcros" se
dice: "Si pudiéramos regresar a aquellos/ tiempos/ cuando la tierra cantaba con los/ hombres". ¿A
qué momento refieren esos versos?
—A la idea, hasta donde podamos entenderlo así, de
que nuestros ancestros no conocieron la propiedad privada sino que la tierra era para ellos una
propiedad colectiva. Después, ya con las ideas que vinieron de afuera, los extranjeros empezaron a
ponerle límites, entonces este círculo de movimientos se ha reducido porque se creó esta idea de la
propiedad privada. Pero anteriormente la gente usaba la parte de tierra que necesitaba para comer.
En lengua quiché decir que "la tierra canta con el hombre" significa que la tierra se siente libre;
ahora ya no canta porque no es libre, la tierra está dividida, comprada, tiene dueños, está
encarcelada.
—Al hablar de tu formación destacás el legado de tu
abuelo paterno. ¿En qué consistió?
—Bueno, eso es parte de nuestra cultura. Tampoco es
una particularidad de mi abuelo. En todo caso él aprendió también de sus propios abuelos y eso se
ha venido transmitiendo oralmente. Es una lectura que tuvo observación, porque eso no se hace de un
día para el otro. Para llegar a leer los relámpagos y saber las estaciones del tiempo, nuestros
ancestros debieron observar el cielo qué sé yo cuántos años hasta darse perfecta cuenta de que el
ciclo se repetía y que efectivamente el relámpago tiene un lenguaje, y entonces eso ya se
transmitió como conocimiento científico. Esas cosas que él recibió de sus antepasados fue las que
me transmitió a mí y son las que yo, ahora, sigo transmitiendo. Mis abuelos paternos eran músicos,
compositores, y me transmitieron también la música. Del lado de mi madre, mis abuelas eran
contadoras de cuentos y de ellas recibí el amor a la palabra. Eso ha sido la base de toda la
creación poética que ahora realizo.
—¿Los libros de la tradición occidental incidieron en
tu formación?
—Ah, por supuesto. Yo mejoré mi castellano
aprendiendo a leer. No tengo mayor estudio, sólo hice la escuela primaria, mis padres eran muy
pobres. Entonces me he formado leyendo. Tengo conocimientos de mi propia cultura y de la cultura
universal. En un principio fue por iniciativa propia, por amor a los libros. Pero en el techo de la
casa de mi abuelo había una caja con papeles. Mi abuelo decía que no había que leerlos porque uno
se podía volver loco. Un día busqué una escalera y subí para ver la cajita, y encontré unos libros.
Inconscientemente empezó leyendo a autores que si hubiera tenido alguna orientación hubiera dejado
para lo último: el caso de Víctor Hugo, O´Henry, Máximo Gorki, Dostoieviski. Fue algunos años más
tarde cuando comprendí su dimensión. Yo no tenía conciencia de qué tan grandes eran esos maestros
con los que había tenido contacto. Lo que sí es cierto es que después de haberlos leído a ellos fue
que pude tal vez darle mucho más valor a mi propia cultura. Siempre recuerdo cómo se metía
Dostoievski en su propia cultura: uno puede ver en sus libros todo el tema que tratan, pero en el
fondo estás sintiendo, estás viendo los campos rusos. Y eso es lo que a mí me sirvió de explosión
de pensamiento, porque yo pude ver también hacia adentro, hacia mí mismo, hacia mi entorno y de ahí
el resultado de lo que hago ahora.
—¿Los libros se veían como algo negativo en tu
cultura?
—Sí. Todavía en la época de mis abuelos la escuela no
era bien vista. Se tenía temor de que podía corromperlo a uno. Casi siempre se trataba de ocultar
el libro para no contaminarse. Ahora, esa cajita que el abuelo tenía escondida, que por alguna
razón yo fui a dar con ella, me sirvió de impulso para descubrir otras cosas. Y afortunadamente no
pasó lo que el abuelo temía (risas).
—¿En qué sentido podía corromperlos la escuela?
—En que uno empezara a despreciar sus raíces, sus
propios conocimientos, sus propias fuentes de cultura y entonces empezara a irse detrás de cosas
sin valor.
—La expresión Tejedor de palabras, título de uno de
tus libros, ¿podría definir al poeta?
—Sí, pero también hace referencia a que mis padres eran tejedores de
ponchos de lana de oveja. Yo también trabajé en eso siendo niño, estuve tejiendo y vendiendo al
lado de mis padres y de mis abuelos. Entonces hago una analogía en el sentido literal del tejido,
porque lo hice y sé como se hace con el otro tejido, el de palabras, y me parecía que encajaba
perfectamente. Al fin y al cabo la poesía es un oficio de tejido de palabras. Así como para tejer
no podés usar una lana sucia, tampoco podés amontonar las palabras como caigan para escribir. Se
requiere paciencia para elaborar un tejido, y lo mismo ocurre con la poesía.