El cultivo del individualismo, las dificultades consiguientes para el
reconocimiento del otro y la aceptación de las diferencias, los fenómenos de desintegración
socioidentitaria ante la crisis de la educación, el trabajo y el viejo Estado, la crisis de los
valores del humanismo en un contexto post-existencialista, la fragilidad institucional, la
aceptación del enfrentamiento y la violencia como modo de resolución de conflictos y de realización
identitaria, la mecanización de la existencia, una cultura paranoica y de inseguridad social, son
todas realidades que nos acosan día a día. Ante ello, es necesario crear climas de convivencia e
integración, promoviendo soluciones alternativas y no violentas de conflictos, buscando el logro de
la "buena vida" en comunidad y la creación de una cultura del diálogo.
La filosofía, naturalmente dialógica, nos recuerda que es posible confrontar
posiciones y recoger "lo mejor" de cada una de ellas, disciplina siempre abierta socráticamente al
encuentro y a la escucha del otro. Por ello no está de más recordar un acto político-filosófico que
recrea la sociedad: el reconocimiento. A mayor reconocimiento, mayor convivencialidad. Los ideales
sociales continuarán siendo una utopía mientras no sustituyamos la instrumentación del otro por la
convivencialidad. Es necesario, para ello, trabajar en pos de una moral comunitaria centrada en el
respeto mutuo y potenciar las formas de solidaridad y cooperación que hacen posible que sigamos
llamándonos una "sociedad".
Generar espacios que ofrezcan ámbitos de reflexión e investigación sobre lo que nos
une y lo que puede unirnos es comprometerse con la construcción de una cultura plural, de diálogos
y consensos. Estos espacios pueden fomentar un clima de convivencia de ciudadanos y saberes,
ciencia y cultura, que promuevan una integración social dinámica de la ciudad.
La formación de recursos humanos en este sentido, la investigación y la asistencia
técnica deberían ser objetivos centrales, en especial desde la perspectiva de las necesidades y
requerimientos de las diversas organizaciones sociales y de la ciudad. Si la ciudad de Rosario
sigue siendo la abierta posibilidad del encuentro con un horizonte de esperanza, es bueno recordar
para qué nos juntamos.
El diálogo, el consenso, la cooperación, son herramientas vitales en el juego del
encuentro, para el que es esencial la recuperación de espacios públicos y la reflexión sobre las
nuevas tecnologías. Pero debemos promover esto último a través de un pensamiento ecológico
integrador de naturaleza y ciudad, técnica y civilidad.
Después de años terribles en los que no se le permitió hablar, la sociedad
argentina ha dejado en buena medida de escuchar. Hoy tenemos que volver a aprender a escuchar.
Hegel respondió una vez a la pregunta ¿"Qué es la cultura?" diciendo que es la capacidad de pensar
realmente una vez los pensamientos de otro. Es decir, haciéndolo valer y, a su vez, haciéndonos
valer de otra manera, al escucharlo.
Se trata de aprender a escuchar y comprender. Lo que somos se construye en nuestras
conversaciones acerca de nosotros mismos. Por eso el hecho de sentir, de ver, de escuchar, de
compartir la experiencia tenía para Aristóteles un significado político.
Los síntomas de anomia social que pueden percibirse en Argentina reflejan
esencialmente problemas de integración y cooperación social. Una sociedad fragmentada en buena
medida no ha sido capaz de engendrar actores sociales y políticas sustentables centradas en la
noción de bienestar colectivo, más allá de los loables esfuerzos realizados en Rosario en este
sentido.
Una cultura fuertemente individualista es una fuente importante de anomia: cuando
lo público no es lo propio sino lo de otros, se explican más fácilmente los numerosos juicios
contra el Estado, la contaminación, la suciedad y el deterioro de los espacios públicos. Nuestra
sociedad posee aún problemas serios de integración social: débiles sentimientos de pertenencia a un
todo y empobrecidos lazos de solidaridad que hacen que la desconfianza hacia el otro se generalice.
Esta realidad exige un trabajo de investigación, reflexión y debate considerables. No hay
perspectiva de superar la debilidad del Estado si no se fomenta el surgimiento de fuerzas sociales
con el poder suficiente para ir en esta dirección y el convencimiento que de que sólo
articulándose, esto es, generando sólidas alianzas, es posible generar poder suficiente para vencer
la anomia social.
De una cultura del simulacro a una cultura del encuentro con el otro: éste sería el
camino a recorrer. El primero deja poco espacio para la transformación de lo social y desacredita
utopías colectivas. Y toda interlocución, o toda reflexión con el otro, se nos presenta como un
paso al abismo, una pérdida de control ante lo que se desea y se teme. Pero sin esta interlocución
sólo se genera lo mismo. Sólo pensamos donde no somos.
Por ello queremos recordar aquí que el acontecimiento viene con la apertura hacia
lo otro, con la escucha del otro, y que nos debemos entonces la construcción de nuevos modelos
compartidos de escucha, de apertura, de paciencia, de espera, de comprensión. La comprensión es
premisa de justicia. Pero comprender no significa justificar ni aceptar lo inaceptable. Una
sociedad sin ideales es la mejor garantía para el deterioro. Contra ello, para escuchar, comprender
y no aceptar lo inaceptable, la maltrecha educación debería seguir siendo la posibilidad de
capacitarnos para la vida social, es decir, a vivir con los otros.
(*) Licenciado en sociología, docente e investigador