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Conductas compulsivas: entre robos, deseos y mentiras

Emilia es una mujer soltera de 45 años que trabajaba y estudiaba una carrera universitaria desde hacía 18 años en Buenos Aires. A los 22 años, después de una violación...

Domingo 20 de Enero de 2008

Emilia es una mujer soltera de 45 años que trabajaba y estudiaba una carrera universitaria desde hacía 18 años en Buenos Aires. A los 22 años, después de una violación y un aborto provocado, se detuvo su vida amorosa. Desde entonces vivió entre ensueños y fabulaciones que contaba a parientes, amigos y compañeros de trabajo. En ellas, Emilia se había recibido de abogada, tenía novio y se casaría pronto.

  Una compañera de trabajo consiguió hacerla ingresar a un estudio jurídico para que hiciera su experiencia. Después de unos meses le pidieron el título: no lo poseía y tuvo que retirarse con otra mentira. Cuando empezó su tratamiento psicológico, se vio la dificultad que tenía en materializar sus deseos. Así, consiguió terminar la carrera y pudo compartir su alegría con las amigas, pero siempre ocultó el diploma a la familia: no quiso que vieran la fecha de egreso.

Disfraces de la realidad

No hay quien no haya mentido alguna vez. Faltar a la verdad forma parte incluso de la comunicación cotidiana, por ejemplo, cuando se busca eludir un compromiso. Cuando es algo esporádico, es un comportamiento social aceptado. Lo que no se considera normal es que alguien magnifique o disfrace la realidad sin medir las consecuencias que ese accionar pueda acarrearle: así actúa el mitómano que llega a creer las historias que inventa. "Lo que diferencia al mentiroso del mitómano es que el primero es consciente de que no está diciendo la verdad, mientras el segundo miente patológica y continuamente hasta construir sistemas delirantes", sostiene la licenciada Eva Corsini, coordinadora en el Programa de Salud Mental del Hospital Pirovano de la ciudad de Buenos Aires.

  "El mitómano falsea la realidad para hacerla más soportable: la persona desfigura y magnifica la propia idea que tiene de sí misma", acota. Se establece así una gran distancia entre la imagen que tiene de sí misma y la imagen real.

 

Inventar historias

 

La mitomanía está asociada a trastornos de diversa gravedad en la constitución del yo. Y hay dos tipos de personas que pueden volverse mitómanas: "Por un lado, los necesitados de estimación que no se sienten seguros de que los acepten tal cual son, y por eso inventan una historia que cause una mejor impresión; y por otro, las personas que tienen un estado de ánimo asociado a la alegría, la superficialidad y la frivolidad pero que, no obstante, carecen de perseverancia y responsabilidad", afirma Corsini.

  En ciertas situaciones, las mentiras pueden expresar la lucha de una persona por mantener su autoestima. "En el grupo de solas y solos que participan en un taller han estado varones que se inventaron profesiones como abogados o licenciados en relaciones públicas con el fin de mostrar un estatus que hubieran deseado tener", relata Corsini.

  Cuenta el caso de un hombre que salió con una mujer del grupo y le dio una tarjeta con una dirección. Meses después, dejaron de verse. Ella fue a buscarlo a la supuesta casa y descubrió que se trataba del Club Español.

Un día se reencontraron y él le confesó que le había mentido porque le daba vergüenza mostrar su verdadera casa a medio construir.

"Locura por robar"

Es conocida la fase cleptómana de la actriz norteamericana Winona Ryder: luego de echarle la culpa a unas pastillas, se trasladó a San Francisco para vivir cerca de sus padres y tomó la decisión consciente de no trabajar para dedicar todos sus esfuerzos al tratamiento.

"La cleptomanía, término proveniente del griego, que podría traducirse como "locura de robar", se considera un desorden de la personalidad que lleva a robar compulsivamente. La persona no puede evitar apropiarse de cosas, generalmente pequeñas o de poco valor, explica Corsini. A veces no es consciente de haber cometido la falta hasta que ha pasado aproximadamente una hora."

  A diferencia del ladrón, de quien roba por diversión o de quien lo hace para satisfacer un bienestar material, económico o social, el cleptómano lo hace por satisfacer un desorden mental que lo induce a gratificarse con una satisfacción inmediata: "Un ladrón puede pasar horas, días e incluso, años, planeando un gran golpe; el cleptómano obedece a un impulso irrefrenable", dice Corsini.

Hacia la recuperación

La especialista sostiene que en la génesis de esta patología siempre existe lo que llama "falla ambiental". Y relata la historia de Ada, una niña de 8 años que comenzó a robar compulsivamente a los siete, primero a su madre; después a sus compañeros en la escuela. Hasta le llevó el dinero robado a la maestra y le pidió que fuera dándoselo de a poco. "Cuando comenzó a tratarse se observó que había tenido un desarrollo satisfactorio hasta los 4 años y 9 meses, momento en que su hermanito de 20 meses enfermó de gravedad. A partir de entonces, su hermana mayor, quien la había atendido maternalmente, transfirió ese cuidado al niño.

Ada se sintió intensamente falta de afecto, en un estado un tanto depresivo y desesperanzado, y comenzó a robar. Recién mejoró cuando se restableció el contacto niña pequeña madre", relata Corsini. Y explica que cuando algo bueno empieza a ocurrir en el ambiente, el niño tiene esperanzas y se produce una recuperación.

 

Cristina Susana Gozzi

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