En octubre de 2015 el diario Clarín titulaba con orgullo: “Un artista ítaloargentino es el favorito de las subastas de Londres”. Destacaba el “récord para una obra del ítalo-argentino Lucio Fontana” que se vendió en 21 millones de euros en Sothebys por esos días.
Pero parece que Lucio Fontana fue un artista italiano, no “ítalo-argentino”. Con reticencia, recurro a la primera persona para narrar una anécdota muy ilustrativa: durante los primeros años 90 viví en Italia y leía los diarios italianos casi todos los días. Un día me topé con un extenso artículo sobre Fontana, si no me equivoco en el Corriere della Sera. En esa época los diarios italianos publicaban tres páginas diarias de cultura, algo hoy impensable. Bien, el caso es que con estupor y no poca indignación, descubrí que el autor del artículo no citaba la nacionalidad argentina del que para mí era un gran artista rosarino, no solo argentino. No, Fontana era italiano y punto. Seguí desde entonces el tema con atención, y ya de vuelta en Argentina continué comprando los diarios italianos que se imprimían acá, algo que también hoy parece increíble. Siempre que me encontré con una nota sobre Fontana se repitió el mismo patrón: el artista era italiano, algo que se daba por sobreentendido; tal vez, en alguna frase perdida, se mencionaba que había nacido en una ciudad argentina, Rosario. “¡Pero estos italianos son terribles, se apropian de todo lo bueno!”, reaccionaba indignado.Téngase en cuenta que se habla del mundo anterior a internet. Con el tiempo, estudié mejor la vida, obra y circunstancias de Lucio Fontana y concluí que los criticos italianos, bueno, tenían razón: Fontana era un artista italiano que, por esas circunstancias venturosas de la vida de los inmigrantes, nació en Rosario. Desarrolló un vínculo afectivo y vital con la ciudad, pero su formación artística y su obra son claramente italianas.
Nació en Rosario, adonde su familia había emigrado. Acá dejó una obra de esculturas realistas, muchas fúnebres, dado que este era su oficio, con el que se ganaban la vida él y su padre. La más conocida de estas obras, en bronce patinado, estuvo en el parque del Monumento a la Bandera hasta que se decidió resguardarla en el Castagnino. Poco después, en el 42, Fontana hizo su famoso relieve del Sembrador, otra obra de oficio, encargada por el gobierno municipal. La estilización de la figura humana es muy propia del “Novecento” italiano.
Fontana se formó en la prestigiosa Academia de Brera de Milán, y antes en el taller de su padre; de niño, el padre lo mandó a Italia a hacer la primaria y la secundaria; una decisión que señala una escasa voluntad de integración; luego, siempre en Italia, se recibió de técnico constructor y participó de la Gran Guerra como oficial: fue herido y condecorado. Nada de esto impidió que regresara,y por dos veces, a Rosario, donde indudablemente tenía vínculos laborales y amistades perdurables.
En Rosario Fontana compartió el taller en los años 20 con Julio Vanzo, en calle España al 500. Resulta interesante el paralelismo entre la fortuna europea e internacional de Fontana, la reverencia universal de la crítica y la historia del arte que recibe el italiano, y el destino provincial, rosarino, del muy buen pintor y gráfico que fue Julio Vanzo, cuyas obras de temas urbanos aún se ven en los livings y estudios de muchos profesionales rosarinos. Una muestra del Castagnino en los 2000 permitió conocer su gran trabajo como publicista. Un gran talento, que quedó acotado a Rosario. A él no le parecía mal: era y se sentía rosarino.
La trayectoria vital, la biografía accidentada de Fontana, su ir y venir entre Italia y Rosario, no es una particularidad de este artista. Era algo bastante común en la Rosario y la Argentina de la época, donde hubo miles de historias similares (de los varios millones de italianos que vinieron a la Argentina, un porcentaje bastante alto terminó regresando, y muchos fueron y vinieron muchas veces a lo largo de sus vidas).
La argentinidad de Fontana existe: es biográfica y vital, pero parece mucho más difícil detectarla en el terreno artístico. Mientras él lanzaba el espacialismo y desplegaba sus tubos de neón en Milán, en Rosario el Grupo Litoral luchaba por modernizar una pintura que seguía entrampada en el peor academicismo. Pero esa disidencia era prudente, sin formular grandes rupturas, como ocurrían en ese momento en Europa y EEUU, y también en Buenos Aires con el movimiento Arte Concreto Invención. Los artistas que formaron el Grupo Litoral recurrían, al menos en ese momento, a fórmulas del arte de entreguerras, como las grandes figuras monumentales de Juan Grela de los años 40. Fontana estaba muy por delante de esas formulaciones en ese mismo momento. El joven Fontana participó en forma directa de ese arte figurativo, a la vez conservador y actualizado, con una figura humana esencializada, el del “retorno al orden”. Era además un arte de régimen: el joven Fontana hizo en 1929 una escultura que se llama “Victoria fascista”. Pero ya en los años 30 realizaba pequeñas esculturas abstractas.
Incompatibilidad
Es claro que el artista de vanguardia que había en Fontana no hubiera podido crecer en Rosario, ni asimilarse al realismo social ni al americanismo del Grupo Litoral. Por eso la saeta de neón de 100 metros se instaló en las escalinatas de la IX Trienal de Milán del 51 y no en el Castagnino, situación que ni siquiera puede imaginarse. De Rosario a Milán: hay toda una peripecia, una encrucijada vital y artística en ese cambio tan drástico de ciudad donde vivir y producir la propia obra, el propio arte. Fontana supo muy bien dónde lanzar su “espacialismo”. Fue, sin dudas, “un artista italiano que nació en Rosario, Argentina”.
Las tiernas y sentidas palabras que Fontana le dedica a Rosario y que encabezan el texto del programa de la muestra del Castagnino (“Nací en Rosario, Santa Fe, en el Paraná. Mi padre era un gran escultor y era mi deseo ser como él. Me habría gustado también ser buen pintor, como mi abuelo, pero me di cuenta de que estas vertientes específicas del arte no eran para mí, sino que me sentía un artista espacial”) confirman esta pertenencia honda, vital, a Rosario, pero que no pesó en la obra que lo elevó a la categoría de uno de de las grandes artistasde la segunda mitad del siglo XX. El “artista espacial” no podía crecer en Rosario (Nota: los apuntes biográficos están tomados de la página web de la Fondazione Lucio Fontana: www.fondazioneluciofontana.it).