—Qué ciudad de mierda... cada uno en la suya, cada quien hace lo que
quiere y para el orto; en la calle, en la vereda, en el auto o el colectivo, al sacar la basura o
ir a bailar, en la cola del súper, en los cortes de calle, a nadie le importa el de al lado, ni el
de arriba y menos, mucho menos, el de abajo...
—Disculpe, ¿se puede correr? Me está aplastando.
de dos bolsitas de nailon
practicando parapente
en un campito adyacente
a la circunvalación.
—Qué lindo día, si fuera periodista me encantaría escribir una buena
noticia.
—Si usted no puede escribir nada...
—No veo impedimento en eso. ¿Usted de dónde viene?
—No me haga acordar, estuve en un basural sobre la autopista. Qué calor, todo el
tiempo en llamas. Yo les decía, "compañer@s, no somos biodegradables, no debemos estar así en
cualquier lado, vamos a terminar contaminando todo". Pero a quién le importa. Usted viera, una
bolsita de plástico bien duro que debe haber sido de un pebete mixto se prendía fuego y se cagaba
de risa. A veces no entiendo esta vida tan volátil. Menos mal que me agarró una ráfaga y me trajo
hasta acá, aunque usted me estaba aplastando.
—Perdone, fue sin querer, es que tengo tal indignación por el maltrato
cotidiano y la indiferencia que hoy por hoy dominan las relaciones urbanas que no advertí que
estaba usted.
—Está bien, pasa que yo había llegado antes y me dio ganas de hamacarme en este
alambre. Acá corre vientito.
—Pero no se ilusione, ni bien cambie el viento se vienen los pastos
quemados de la isla.
—No me diga, a mí el pasto quemado me pone mal.
—Pero parece que no hay escapatoria. Uruguay le tira humo a Entre Ríos,
que se queja pero después le tira humo a Santa Fe, que se queja pero después le tira humo a La
Pampa y así todo se llena de humo con el viento del este hasta llegar a la Isla de Pascua, donde la
casa está en orden.
—Después es culpa nuestra y en los supermercados nos quieren reemplazar por bolsitas
de papel, hay que ser hipócritas. Primero te exigen ser resistente, bancarte dos botellas de jugo
de 2 litros para diluir y una de vino, y después te tiran en cualquier lado. ¿Y quiénes son
contaminantes? ¿Las bolsitas tienen la culpa?
—Es cierto, por eso a mí no me agarran más. Mire, me rompí las manijas, me
harté de tanto maltrato. La última señora, pobre, no tuvo mala intención. Sólo trató de cambiar la
yerba, pero con tanto bache el auto saltó y ella se enchastró, se abatató, abrió la ventanilla y
acá estoy. Tampoco es la primera vez que me pasa. Hasta ayer tenía restos de yerba mojada, pero me
limpié para ir a un casting.
—¿Para qué?
—No sé bien para qué, pero me parece que hoy hay que estar en los medios.
Y bueno, había una vacante en una columna, me animé y fui.
—No me diga que se presentó para El Desubicado, cada tanto lo leo. El otro día estaba
haciendo una changa en un almacén donde todavía envuelven los huevos en papel de diario y lo leí.
No me gustó, no se entiende nada, pero debe ser muy interesante conocer al Desubicado. ¿Y cómo
es?
—Yo siempre lo admiré. Pero vea, es medio agreta. Pensé que iba a
encontrar a alguien más cálido; a veces leemos o escuchamos cosas con las que acordamos y pareciera
que esa persona, sólo por opinar parecido, ya es un amigo. Pero El Desubicado, entre nosotros, es
un verdadero salame.
—¿Y cómo fue la prueba del casting? ¿Qué le pidieron que hiciera?
—Nada, no hice nada.
—¿Y cree que obtendrá el puesto?
—¿Por qué no?
—Lo invito a una voladita, ahí pasa un camión. Aaprovechemos el impulso.
—Bueno, vamos. ¿Para dónde vamos?