Cultura y Libros

Kodama en el reflejo de Andrómaca

Amante de las tragedias griegas, la última esposa y heredera de la obra de Jorge Luis Borges se consagró a mantener el legado del escritor. Los reveses de su vida podrían urdir una trama literaria, entre el principio del placer y el fuego de la memoria.

Domingo 08 de Septiembre de 2019

Hace pocos días Jorge Luis Borges hubiera cumplido 120 años. A pesar de que murió en 1986, María Kodama festeja simbólicamente su natalicio alrededor de las siete de la tarde de cada 24 de agosto, con torta de cumpleaños, velitas, el happy birthday y algún tema de los Rolling Stones (se admiraban mutuamente con Mick Jagger, el líder de la banda inglesa). Todo esto sucede en la Fundación Internacional que Kodama preside en Buenos Aires, donde una serie de actividades de homenaje se prolongan por una semana con la participación de destacados especialistas. La persistencia de la celebración se erige en un símbolo de la labor que su última esposa y heredera de sus derechos se propuso y asumió en las últimas tres décadas, por amor y por deber. "Es una responsabilidad para mí, algo sagrado: soy japonesa", enfatiza con una suavidad que no empaña la contundencia del punto final.

Esa voz —un hilo difícil de hilvanar, a punto de romperse— es de dar ultimátums; también de enmudecer abruptamente. Prefiere no hablar de su obra, por ejemplo. Dio a conocer un primer libro de cuentos recién en 2017, al llegar a los ochenta años, y la mayoría de su prosa permanece inédita. No tiene intención de publicarla.

Durante una conferencia que dictó sobre Borges la gran narradora francesa Marguerite Yourcenar, Kodama es definida como "amiga, lectora, compañera de sus largos viajes, enfermera benévola y, sobre todo, ideal humano". Esa mujer que en los últimos años del poeta, según Yourcenar, "fue todo para él", transcurre su día a día envuelta en reveses que podrían urdir una trama de ficción. Acaba de arribar de una gira por China, y de paso por Rosario (donde dio una charla a sala llena en la Biblioteca Argentina), prodiga algunas pistas detrás de unos enormes anteojos de cristal, con marco de metal repujado, que no se quita ni un instante. Son lentes de sol oriundos de Japón, como su linaje paterno, su estricta formación, sus valores. Pero ella nació en la Argentina, donde apenas adolescente se cruzó con un alma que acaso conocía de antemano (eso conjeturaban con Borges cuando discurrían sobre la reencarnación sin creer realmente que ésta fuera posible, en uno de los tantos ejercicios de lógica que compartían).

Con naturalidad, María Kodama revela que duerme pocas horas y su vigilia se organiza en base al principio del placer. Nada hay en su existencia que este principio no roce, y la escritura no es la excepción. Si bien se asume como autora, rechaza de plano las rutinas creativas y de corrección de los textos. La contracara de su esposo, metódico y perfeccionista. "Escribo cuando se me ocurre algo. Generalmente en los aviones se me ocurren cosas, porque viajo mucho", apunta.

"Escribir es una forma de divertirme, como entrar en otra dimensión, como bailar. Pero publicar no me interesa", agrega y asigna la aparición de Relatos (Editorial Sudamericana) a una confluencia de factores: un cuento regalado hace tiempo a un periodista que entrevistó a Borges le pide otro cuento para un pintor en riesgo de perder la vista, el italiano Alessandro Kokocinski, quien alumbra una serie de cuadros y luego enferma con el deseo de que esas obras queden plasmadas en un libro. Y lo consigue. "Ker, el destino para los griegos, el que hasta los dioses acatan, así lo dispuso", justifica la autora en el prólogo.

Tendrían que suceder nuevos hechos extraordinarios para que conociéramos las historias que Borges y el poeta Alberto Girri —amigo de ambos— le impulsaban a socializar en su juventud. Ella se negaba, con fiereza de ser necesario. “Cuando Borges se ponía muy loco, yo publicaba en un diario o en una revista para que me dejara tranquila. Y si fastidiaba mucho le decía: «Usted hizo su camino a su modo y yo hago mi camino a mi modo. Me deja o no me deja. Si no, yo parto». No puedo sentirme atada, me vuelvo loca”, advierte.

Uno de esos cuentos interesó oportunamente a un lector anónimo, que lo recortó y lo conservó. Años después, en vísperas de un viaje a Estados Unidos, Kodama recibe una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino. Del otro lado del teléfono le piden que dicte una conferencia sobre Borges en la feria del libro de Francfort, a lo que ella accede. En cambio cuando le mencionan su cuento El dinosaurio se ataja: no sabe dónde está ni tiene tiempo de buscarlo, alega. Le explican que aquel joven lector lo había guardado y ahora ella puede ayudar a salvar al argentinosaurus, al borde de ser confiscado en el marco de los embargos internacionales de los fondos buitre. Debajo de la osamenta del gigante prehistórico que había reinado en la Patagonia, Kodama terminó leyendo su bello relato en traducción simultánea al idioma alemán y el juez, al final, no bajó el martillo. En Rosario recuerda entre risas los efectos prácticos que es capaz de provocar la literatura.

“Yo adoro los dinosaurios”, se entusiasma. “Ahora justamente estuve en Mongolia, donde tienen el museo más importante del mundo, así que fui a verlo. Han encontrado una cabeza que tiene como cien millones de años, una cosa monstruosa, increíble. Me encanta”, agrega, y se adivina un brillo en los ojos detrás de los cristales rosa oscuro.

El planeta Tierra nunca le quedó grande a María Kodama, acostumbrada a las travesías. En las últimas tres décadas giró miles de kilómetros para dictar conferencias en universidades e instituciones culturales, aunque por lo pronto no pueda surcar largas distancias paso a paso. “Por desgracia me lastimé hace un año: caminando como una bala metí el pie izquierdo en una de esas tapitas de agua que hay en las veredas de Buenos Aires. Sentí un dolor horrible; para no irme de boca traté de mantener el equilibrio y me distendí los ligamentos. Ya me operaron dos veces y voy a ver si me operan de nuevo a fin de año. Mis amigos, encantadores, me dicen: «Por lo menos caminás bien, a lo mejor te operan y no podés caminar». Me dan un aliento bárbaro”, vuelve a reírse entre la ironía y la despreocupación.

Nombra a los amigos varias veces: les atribuye el rol de mantenerla conectada al mundo ya que no mira televisión ni lee diarios “para no perder tiempo”. Por eso los llama “los juglares noticieros”. “Me cuentan que este cretino hizo esto, el otro hizo lo otro”, en referencia al legado borgeano del que es custodia y cuya férrea defensa le ha valido polémicas y críticas dentro y fuera del ámbito literario. Frente a estas controversias ejerce una total indiferencia. “Yo cumplo con mi deber, lo que dicen no me va ni me viene”, afirma.

Hasta nuevo aviso Kodama está imposibilitada de bailar por el problema en la pierna, así que hoy por hoy, a los 82 años, la ocupan varias tareas además de los viajes: la revisión de las tesis sobre la obra de Borges que llegan permanentemente desde la Argentina y el extranjero, la Fundación de la calle Anchorena, la relectura de las tragedias griegas. Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en la década del sesenta, tomó cinco cursos de griego gracias a un profesor que la convenció de la utilidad y la belleza del idioma al recitarle un pasaje que en el momento no comprendió pero igual le resultó conmovedor, terrible. Así encontró la llave para regresar asiduamente a las antiguas tragedias en su lengua original. Y a la Ilíada de Homero, “maravillosa, increíble, siempre nueva”.

“Como japonesa no puedo decir lo que siento porque es como de mal gusto. Entonces cuando Borges había partido y me preguntaban en entrevistas qué sentía, tomé lo que Andrómaca le dice a Héctor antes de que se vaya a luchar con Aquiles, a morir. Repetí el párrafo en el que trata de retener a su marido”, rememora y vuelve al presente, que es de alguna manera volver al pasado. “Si tengo dramas en mi vida: baño de inmersión, atril, tragedias griegas —enumera—. Ellos lo escribieron todo, lo demás es copia”.

El oráculo dictó sentencia con su característica suavidad quirúrgica y, como alguien que perdiera el equilibrio en un laberinto, ya no sé si la endeble voz por fin se ha roto ni quién habla a través de los tiempos para mantener encendido el fuego de la memoria.

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