La sensación de vacío de poder en Washington va más allá de la enfermedad del presidente Donald Trump. Es que no sólo el presidente está enfermo de Covid-19: su director de campaña Bill Stepien, la asesora Kellyanne Conway, la presidente del Partido Republicano Ronna McDaniel y el ex gobernador Chris Christie, que asesora al presidente, han dado positivo. La enfermedad se está extendiendo a través del círculo cercano del presidente, alerta el sitio web Politico.com. Pero además hace estragos en el Senado, que tiene una exigente agenda legislativa por delante. El país está así políticamente paralizado en medio de la doble crisis que desató la llegada del coronavirus: la sanitaria, con EEUU liderando el ránking mundial de fallecimientos, y la económica que derivó de la primera, con el desempleo en niveles no vistos en muchos años.
El coronavirus también está recorriendo el Capitolio, la sede del Poder Legislativo de los Estados Unidos, el centro de poder y el corazón de la democracia norteamericana. Tres senadores republicanos, Mike Lee de Utah, Ron Johnson de Wisconsin y Thom Tillis de Carolina del Norte, han dado positivo. Los senadores. James Lankford de Oklahoma y Ben Sasse de Nebraska están en cuarentena por precaución.
El Congreso no ha podido ponerse de acuerdo sobre el tamaño y la forma del nuevo paquete de ayuda, incluso cuando la economía da continuas señales de alarma. Las aerolíneas están a punto de despedir a decenas de miles de trabajadores, los negocios están cerrando sus puertas y los gobiernos estatales y locales están hambrientos de dinero. Sin embargo, es posible que el Congreso no pueda actuar contra esto. Los líderes están en desacuerdo sobre el nuevo paquete de rescate. Incluso si llegan a un acuerdo, ¿podrá la legislatura aprobarlo si los legisladores están enfermos?
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Es probable que el Senado se tome los próximos 16 días de descanso, con la esperanza de eliminar el virus de sus filas, pero acercando la confirmación de una nueva jueza de la Corte Suprema al día de las elecciones, el 3 de noviembre.
Los senadores se sientan uno al lado del otro en el almuerzo, frecuentemente se bajan las mascarillas en el piso del Senado y vuelan de ida y vuelta a Washington DC cada semana. Más infecciones parecen inevitables.
El Capitolio está lleno de legisladores republicanos que se niegan a usar el barbijo, ignorando la evidencia científica universalmente aceptada de que previene la propagación de la enfermedad. Este parecer incluye a las autoridades sanitarias federales de Estados Unidos.
Cuatro malos ejemplos
El representante Ralph Norman de Carolina del Sur estaba en la calle el viernes sin cubrirse la cara, hablando con un pequeño grupo de personas. El representante Doug LaMalfa estaba paseando por la rotonda del Capitolio con dos mujeres a principios de la semana con la cara descubierta. El senador Rand Paul, republicano y que tenía coronavirus, no llevaba mascarilla. El senador Jerry Moran, también republicano, estuvo charlando en el piso del Senado a principios de esta semana sin nada que le cubriera la cara. Es evidente que no se trata de descuido o desinformación, sino de una postura ideológica. En Estados Unidos, los grupos de derecha son contrarios al control sanitario alegando que se violan sus libertades individuales consagradas en la Constitución. Mostrarse públicamene con barbijo es así toda una declaración política. El martes, durante el debate presidencial, Trump se burló de Joe Biden porque este usa siempre el barbijo en sus apariciones públicas, como recomiendan los médicos.
Al otro lado de la avenida Pennsylvania, Mark Meadows, el jefe de gabinete del presidente, admitió que el público debería estar preparado para más resultados positivos en la Casa Blanca en los próximos días.
Los líderes del Congreso, el senador republicano Mitch McConnell y la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi de California, se han negado obstinadamente a ordenar testeos a los miembros del Congreso y a sus empleados, o a sancionar a las personas que no usan barbijos, dejando a cientos de legisladores, a sus asesores y ayudantes, a reporteros y trabajadores del Capitolio vulnerables a un virus que por ahora no tiene cura. Primero dijeron que era "insensible" hacer testeos, ya que no todos los norteamericanos podían hacerse esas pruebas. En privado dijeron que la política sería demasiado complicada. Ahora el Capitolio tiene el potencial de ser un "súper evento" de propagación del Covid-19.
La disfunción de Washington a menudo tiene poco impacto en el resto del país, pero esta vez las implicaciones en el mundo real son masivas. ¿Podrá el Senado confirmar a la jueza Amy Coney Barrett en la Corte Suprema en solo tres semanas, como quieren Trump y los republicanos? ¿O evitará el Covid que McConnell ocupe el puesto de la fallecida jueza Ruth Bader Ginsberg, levantando el fantasma de un tribunal superior estancado tras unas elecciones que serán seguramente controvertidas. Trump volvió a negarse en el debate del martes pasado con Joe Biden a decir que reconocerá una derrota electoral y volvió a la carga contra el voto por correo. Esto deja abierta la puerta a un desconocimiento de los resultados de parte del presidente y su equipo de gobierno, lo que llevaría el caso directamente a la Corte Suprema, a la que hoy le falta su noveno juez. Es cierto que los mismos medios demócratas que señalan este peligro se escandalizaron cuando Trump y McConnell impulsaron la nominación de la jueza Barrett, exigiendo que se dejara para después de las elecciones y un eventual cambio de mando en la Casa Blanca.
Hay además 470 elecciones federales este noviembre, y se llevarán a cabo en un país donde el recuento de muertes por coronavirus ha llegado a 208.779. El presidente y sus aliados republicanos han pasado meses sugiriendo que la votación estará plagada de fraudes y corrompida por sus oponentes.