Opinión

El país en el que nació La Capital

La fundación. El Decano de la Prensa Argentina surgió en medio de sangrientas luchas intestinas y mientras se libraba la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay.

Miércoles 22 de Noviembre de 2017

No eran tiempos fáciles los de finales de la década de 1860 cuando por inspiración de Ovidio Lagos se fundaba en nuestra ciudad el diario La Capital. Por lo pronto, el país se encontraba en medio de una guerra internacional cuyo final aparecía aún, para 1867, incierto. Y además, los fuegos y el derramamiento de sangre de las luchas civiles distaban mucho de apaciguarse.
Ante ese panorama complejo, al que se hará somera referencia más adelante, deben sumarse otros elementos fundamentales para entender el contexto en el aparecieron las páginas del Decano de la Prensa Argentina. Por un lado, que la identificación política de Ovidio Lagos lo ubicaba claramente en el federalismo, facción que venía de una dura derrota política a nivel nacional tras la batalla de Pavón, en 1861, con la defección de su líder natural, Justo José de Urquiza. Por otra parte, lo sugestivo del nombre del matutino, que exteriorizaba el espinoso tema del emplazamiento de la Capital Federal, cuestión a la que se pondría término recién en 1880. Ambas banderas, federalismo y capital fuera de Buenos Aires, no podían sino interpretarse como un claro posicionamiento en defensa de las autonomías provinciales frente a las autoridades centrales.
Ejercía la presidencia de la República, desde 1862, Bartolomé Mitre, que había nacido a la vida política en las célebres sesiones de la Legislatura porteña que culminaron con la separación de Buenos Aires del resto de la Confederación, diez años antes. Fue inevitable que las diferencias se dirimieran por las armas. En la batalla de Pavón librada al sur de nuestra provincia, Mitre, cuyas tropas habían sido batidas, aprovechó el sorpresivo retiro de Urquiza del campo de batalla y quedó dueño de la situación política nacional. El desconcierto de las tropas federales por la actitud de Urquiza, que se embarcó en Rosario con parte de su ejército rumbo a Entre Ríos, durará demasiado tiempo. A pocas semanas de Pavón, en inmediaciones de Cañada de Gómez, un hecho sangriento alertaría a muchos sobre las características de esos tiempos de apoteosis "civilizadora": cientos de soldados federales fueron sorprendidos mientras dormían y pasados a degüello por las tropas porteñas, al mando del general Venancio Flores. Entre quienes salvaron sus vidas se hallaban, entre otros, los hermanos José y Rafael Hernández, y Leandro Alem, quienes pese a ser porteños habían tomado las armas del lado de la Confederación. José Hernández, futuro autor del Martín Fierro, será en 1867 y por algunos meses una de las privilegiadas plumas que acompañaron a Ovidio Lagos en las columnas de La Capital.
Los alzamientos federales que resistían en el interior profundo la instauración liberal liderada por Mitre ocuparán un lugar preponderante durante toda la década. Luego será el turno de Vicente "Chacho" Peñaloza, que será decapitado en La Rioja; más tarde el catamarqueño Felipe Varela y, ya en la década siguiente, Ricardo López Jordán en Entre Ríos. Como puede apreciarse, el apaciguamiento interno no venía de la mano de las inversiones de capital extranjero que ya por entonces comenzaban a fluir en lo que será el "granero del mundo".
El otro frente conflictivo se había iniciado poco antes de la fundación del diario y tuvo por epicentro al Paraguay; la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay contra la nación guaraní) se extenderá mucho más tiempo del que se suponía en un comienzo, hasta 1870, con el triunfo aliado. En torno a esta cuestión prácticamente no hay discusión acerca de la ausencia de adhesión que la lucha contra el Paraguay despertó entre el pueblo argentino. No porque la paisanada rural a cuya leva forzada habrá de recurrirse para formar el ejército careciera de valor. Sino porque acaso no vieran en el pueblo paraguayo al verdadero enemigo de aquellas horas.
El balance de aquella triste y vergonzosa contienda fue el práctico aniquilamiento de la población masculina del Paraguay y la fatal epidemia de fiebre amarilla que diezmó buena parte de la población de Buenos Aires y que también afectó, aunque en menor medida, a Rosario, ello en virtud de los cadáveres que desde los esteros del Norte descendían por el río Paraná y también por los soldados que regresaban enfermos una vez firmada la paz.
El sueño de Ovidio Lagos que nombró La Capital al diario por él fundado, y consiguiente anhelo de lograr que el asiento de las autoridades nacionales se ubicara en otro lugar que no fuera la metrópolis portuaria de Buenos Aires, no pudo materializarse pese a que en varias ocasiones el Congreso nacional sancionó leyes en ese sentido. Los vetos de Mitre y su sucesor en la presidencia, Domingo Sarmiento, se encargaron de eso.
A pesar de lo anterior, Rosario, sin ser capital nacional ni provincial, fue ganando un lugar de preeminencia gracias a su posición fluvial estratégica y por convertirse en importante nudo ferroviario y de comunicaciones.
Las sucesivas oleadas inmigratorias cambiaron rotundamente su perfil social y urbano. De aquella sencilla villa de pocos habitantes surgiría una ciudad pujante que hará de la frase "hija de su propio esfuerzo" un sello distintivo que aún la define.

Pablo Yurman

Director del Centro de Estudios de Historia Constitucional Argentina "Dr. Sergio Díaz de Brito". Facultad de Derecho UNR

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