Los 12 niños y adolescentes muertos en una masacre perpetrada anteayer en una escuela de Río de Janeiro por un ex alumno empezaron a ser sepultados ayer, en medio de un ambiente de conmoción y perplejidad que afecta a todo Brasil, que jamás había enfrentado una tragedia de este tipo.
El escenario de la tragedia, la escuela Tasso da Silveira, en el barrio pobre de Realengo, amaneció ayer rodeada de flores y de carteles con los nombres de las víctimas dejadas por Wellington Menezes de Oliveira, quien se suicidó al ser herido y acorralado por la policía, según la versión oficial.
El alcalde de Río, Eduardo Paes, canceló parte de su agenda para participar personalmente en el entierro de diez de las víctimas, programado para ayer. Otros 11 niños y adolescentes heridos por el tirador seguían ayer internados en varios hospitales, y cuatro de ellos se encontraban en estado grave.
La policía carioca, a su vez, se dedicó ayer a descifrar la motivación de Menezes para atacar la escuela donde estudió entre 1999 y 2002 y estaba considerado como un alumno inteligente y disciplinado.
El asesino, sin embargo, trató de poner obstáculos a las investigaciones: la computadora que tenía en su casa fue encontrada quemada, y difícilmente las autoridades lograrán recuperar los datos del disco duro para verificar con quienes se comunicaba y a qué páginas de internet solía acceder.
Según el comisario responsable de las investigaciones, Felipe Ettore, la policía está entrevistando a familiares, amigos y conocidos de Menezes para entender su perfil psicológico. Hasta ahora, se sabe que el tirador fue adoptado de niño por una pareja que tenía otros cuatro hijos. Su padre adoptivo se murió hace cinco años y su madre falleció hace dos. "Su madre biológica era al parecer esquizofrénica, según relatos de familiares,", dijo ayer Ettore.
Familiares y vecinos del verdugo fueron unánimes al definirlo como un hombre "callado" y "tímido", reacio al contacto social y que solía pasar la mayor parte de su tiempo delante de la computadora.
La policía busca además descubrir por qué diez de las víctimas fatales de la masacre eran niñas, y sólo dos eran varones, y cómo Menezes obtuvo los dos revólveres y la gran cantidad de munición que utilizó en el ataque, en el que efectuó alrededor de un centenar de disparos.
Según las primeras investigaciones, una de las armas fue robada hace 18 años a un hombre que ya falleció. El origen del otro revólver no fue identificado porque su número de registro fue borrado.
La carta dejada por el asesino no contribuye a aclarar el misterio sobre sus motivaciones. En su último mensaje, tipeado en computadora, Menezes se limita a dejar instrucciones para su entierro, y advierte que "los impuros" no podrán tocar su cuerpo salvo si usan guantes.
"Sólo los castos o los que perdieron su castidad después del casamiento y no se involucraron en adulterio podrán tocarme sin usar guantes. Nada que sea impuro podrá tocar mi sangre, ningún impuro puede tener contacto con un virgen sin su permiso", agrega el texto. En la carta, el tirador recomienda además que los encargados de su entierro deben quitar su ropa, bañar su cuerpo y envolverlo en una sábana blanca "que está en este edificio, en un bolso que dejé en el primer piso". Pese a las alusiones al rito islámico del entierro de los muertos, la carta concluye con un pedido típico de un católico: "Necesito la visita de un fiel seguidor de Dios en mi sepultura al menos una vez, necesito que rece delante de mi sepultura pidiendo el perdón de Dios por lo que hice, rogando para que en su llegada Jesucristo me despierte del sueño de la muerte para la vida". (DPA)