educación

Somos la escuela pública

La educación es un derecho social que debe ser garantizado por un Estado que se haga cargo de la conectividad y el diálogo.

Sábado 05 de Septiembre de 2020

Sin campana, sin recreo y sin guardapolvos. Despojada de viejos ritos, la escuela se presenta hoy reducida a su mínima expresión: ese lazo poderoso e intangible entre maestras y alumnos. Allí se repite renovado el compromiso cotidiano.

En esta nueva versión en modo virtual, el mundo escolar ha mutado profundizando la demanda de esfuerzo de los docentes: los maestros ponen al servicio de la enseñanza su computadora, su teléfono y la conexión a internet pagada de su magro bolsillo junto a la multiplicación de las horas de trabajo. Y los estudiantes, grandes o pequeños necesitan contar también con dispositivos electrónicos adecuados, un celular con datos o con la llegada de materiales de la mano de sus seños.

Dar es dar. Al mismo tiempo, muchas maestras, directoras y asistentes escolares arman y distribuyen bolsones de alimentos en las escuelas “de verdad” y cuidan y guardan los edificios hasta la vuelta de todos. Otros maestros solidarios abren merenderos, buscan útiles, se incluyen en las necesidades de los barrios y enseñan y aprenden compartiendo en tiempos difíciles.

"En esta nueva versión en modo virtual, la escuela ha mutado profundizando la demanda de esfuerzo de los docentes"

Mientras se sigue “inventando” esta nueva escuela en lejanía, algo continúa presente y nos aferra al mandato inicial por el que muchas y muchos elegimos enseñar. Algo llamado “compromiso”, “pasión”, “interés por el otro”, “amor por la escuela pública”. Un lazo que une a quien enseña con quien aprende. Carlos Skliar señala que educar tiene que ver con “poner el mundo sobre la mesa”, “una suerte de banquete al que se invita a la gente a que conozca, sienta, perciba, toque todo lo que la humanidad ha creado”.

En estos días el banquete del conocimiento sigue sobre nuestra mesa esperando el momento en que todos nuestros sentidos nos permitan acercarnos a tocar, abrazar, oler y sentir la belleza del mundo. Esa que la escuela pública acerca cada día en el formato que puede, comprometida siempre con la vida de esos chicos y esos jóvenes que vienen a inventar el mundo de nuevo.

Certeza de una ausencia

Para sostener la continuidad pedagógica hoy se necesita de mucha amorosa voluntad y una buena conexión virtual entre los sujetos implicados. Entre tanta incertidumbre, tenemos sin embargo la certeza de una ausencia.

La educación es un derecho social y como tal debe ser garantizado por el Estado. Uno que se haga cargo de la conectividad como derecho de docentes y estudiantes, que abra el diálogo y reconozca salarialmente el esfuerzo sostenido por quienes hacen la escuela día a día y por quienes se han jubilado dejando sus mejores años en la tarea.

Mientras el Estado nacional congela las tarifas de celulares e internet buscando regular sus aumentos en una intervención necesaria, en nuestra provincia, en cambio, no hay gestos materiales que acompañen. El gobernador Perotti señala que no puede ponerse a discutir con nosotros “porque tenemos razón”. Tenemos la razón pero no alcanza. Porque, en definitiva, si desde el Estado provincial no se garantiza la continuidad proveyendo lo necesario ¿quién lo está haciendo? Los docentes y las familias que pueden.

Al colectivo de trabajadores docentes que apostó a la enseñanza con tanta entrega le urge una respuesta que reconozca, desde lo salarial, la fuerte apuesta realizada. La protesta docente que recorre la provincia indica que ha llegado el tiempo de reabrir paritarias y hacer una oferta digna a quienes han sostenido el sistema educativo en estos meses difíciles. Sí, señor gobernador, nos asiste la razón. Obre en consecuencia.

En tiempos en que la pandemia es el infierno que nos ha tocado, se trata de “buscar en ese infierno lo que no es infierno y darle espacio y hacerlo crecer” (como escribía Italo Calvino). El lazo entre los docentes y los estudiantes, la palabra que ayuda y consuela, el banquete de conocimientos que la escuela acerca son parte de esa belleza en este infierno.

Hoy, en nuestras escuelas sin campanas y sin recreo, enseñar es justamente eso. Un modo colectivo de cuidarnos mientras planificamos la esperanza, esa esperanza que se asoma siempre que maestros y estudiantes se encuentran, no importa cómo.

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