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Una extraña forma de amor

¿Cómo fue el orgasmo de Alien? Sabemos que lo tuvo. Sigourney Weaver quedó embarazada. Alien era un monstruo y tirando a feíto; pero tenía sentimientos o quizá tan sólo el sentido de la supervivencia.

Domingo 05 de Mayo de 2013

¿Cómo fue el orgasmo de Alien? Sabemos que lo tuvo. Sigourney Weaver quedó embarazada. Alien era un monstruo y tirando a feíto; pero tenía sentimientos o quizá tan sólo el sentido de la supervivencia. La escena de “amor” entre la Weaver y su monstruo no se ve, creo, en ninguna de las versiones. Hemos visto solamente tres de las más de 25 que existen. La primera, es la de Ridley Scout (1979); la segunda data de 1986 y fue dirigida por James Cameron; la tercera es de David Fincher en 1992. En estas tres trabajaba la mencionada Sigourney Weaver; también en una cuarta (que no vi) dirigida por Jean-Pierre Reunet, en el reparto figuraba Winona Ryder; pero ignoro si Alien (el mismo o todos los posibles Alien que hay en el mundo) se enamoraba de las dos.

   En cuanto a la forma de hacer el amor hay varias teorías acerca de cómo lo practican estos animalitos extraterrestres. Aparentemente la Weaver estaba sumergida en el sueño producido por alguna droga cuando Alien la embarazó; la otra posibilidad es que haya tenido el sueño muy pesado; otra de las versiones dice que a la Weaver la avergonzó haberse caído en el éxtasis en que cayó en brazos de eso que nosotros llamamos monstruo. Por otra parte, a uno le cuesta imaginar una escena de amor entre Hitler y Eva Braun, y también entre Franco y su mujer. El amor es una dimensión única de lo humano y no creo que esos personajes funestos la tuvieran. Me cuesta menos (poco menos) pensar en el amor entre el Duce y su Clara e incluso la feroz locura amorosa de querer el absoluto del Calígula que retrata Camus.

   Los monstruos de la ficción nos asustan hasta que conocemos un poco, no necesariamente mucho, de la historia nuestra, la que nada tiene de ficción y está signada por monstruosidades que la imaginación humana no ha alcanzado a trasladar a ese terreno de lo ficticio. De cualquier manera los monstruos del tipo Alien atraen. Tienen éxito. Hasta lo que conozco se llevan realizadas más de 25 películas sobre el Alien enamoradizo y baboso, lo cual es un atributo bastante molesto de los seres humanos. Deberíamos decir que a Alien se le hace agua la boca cuando la mira a la rapadita Weaver que ya en otros “avatares” había enloquecido de amor a los gorilas.

   No recuerdo escenas amorosas en algunas compilaciones sobre seres imaginados o manuales de zoología fantástica. He visto, sí, en el cine, la arrebatada pasión en alguna versión de Drácula o de Frankestein. También el amor en alguien que nunca calificaríamos como monstruo, aquel muchacho de manos de tijeras que era, a no dudarlo, conmovedor. Algo parecido pasaba con la novia de Frankestein (o todo lo que pasaba en el joven Frankestein, o en la inolvidable ternura de “Freaks”). Pero volvamos al orgasmo de Alien, que a uno le cuesta imaginar, aunque por otra parte tampoco comprende demasiado bien las ventajas del orgasmo del cerdo salvaje.

   El final del embarazo no es bueno. La chica embarazada, es decir la Weaver, decide que el monstruo que lleva en la panza debe ser destruido, pues si no los humanos, es decir los miembros terrestres, los dueños de la compañía que todo lo domina, usarán la cría para procrearlos y usarlos, por cierto, para el mal y no para el bien. Eso no ocurre ni en los cuentos de hadas. Lo cierto es que la protagonista rapada y embarazada se arroja a un horno de plomo hirviente y termina con todo. Hay un segundo que muestra un paradójico gesto maternal: cuando la hembrita quiere salir de la panza y salvarse ella lo hunde con sus brazos. Fin de la historia, que no es una historia de amor, claro, pero si una historia con mucha pasión.

   De cualquier manera, Alien (los méritos de cuyo orgasmo nunca conoceremos) resucitará y estará (en realidad ya está) entre nosotros. La maldad y la crueldad deliberada son méritos altamente estimables en nuestra sociedad.

   Y si algún lector (como siempre, el hipotético y también hipócrita lector de estas líneas) piensa en la elección de este tema, le trato de explicar: en recientes estudios realizados en Inglaterra se piensa que “la gente se está volviendo asexuada” sobre todo por el excesivo uso de las computadoras y celulares que nos alejan día a día del placer que representa el contacto del uno con el otro. Hasta en la tan mediocre y estupidizante pornografía de la televisión de la madrugada, uno descubre que todo se propone en la realidad virtual.

   Es cuando pensamos que mucho más saludable, pese a lo monstruoso, debe haber sido la desconocida relación entre Alien y su enamorada. Puede haber un exceso de esto que decimos, pero ese hecho de la ficción es mejor que lo que la realidad virtual nos ofrece. Es decir, no sabemos si es mejor sustituir al otro por un celular o una computadora que la posiblemente espeluznante forma de amar con un ser monstruoso.

   En esa larga lista de seres inventados por el hombre, desde el “A Bao A Qu” borgiano hasta Alien, nuestra preferencia, por cierto, se encuentra junto a ese ser que abre “El libro de los seres imaginarios” y que habita, en estado letárgico, en el primer escalón de la Torre de la Victoria, en Chitor. Sensible a los valores del alma humana, sólo goza de vida y se perfecciona su forma, cuando por las escaleras asciende alguien que es un ser evolucionado espiritualmente. Aparentemente, por lo que se sabe, solamente una vez el “A Bao A Qu” llegó a su perfección. Pensemos en algo diferente para Alien. Alien ya tiene la forma monstruosa y misteriosa que sabemos tiene. Pero acaso en una metáfora de una escalera que desciende hacia los infiernos (multipliquemos la posibilidad infernal) él persigue a los seres que descienden; si estos, aún no condenados de manera definitiva, tienen algún valor espiritual o dan muestras de arrepentimiento, Alien se va transformando en algo menos espantoso. Tal vez sólo en una ocasión, cuando se relaciona con Sigourney Weaver, secuencias que alguien ha calificado como una diferente versión de “La bella y la bestia”, Alien logra convertirse en algo diferente de su habitual monstruosidad.

Los pueblos que eligen monstruos que los destruyan

La historia es pródiga en ejemplos, podemos hablar de algunos, escalofriantes, y el lector agregar aquellos que les dicta la memoria. Mussolini, Hitler, Franco dominaron el mundo de 1922 a 1925, pero todavía hoy hay muchos que ponderan sus abominables actitudes. Sin olvidar que los asesinos de la historia abundan, lo cierto es que hay pueblos que muestran un inconmensurable deseo de violencia y una inagotable sed de sangre. Detrás de ellos podemos ubicar a los monstruos creados por la imaginación humana, que en comparación no tendrían que dar miedo a nadie, pero si se los quiere igualar a esos de carne y hueso ninguno llega a tener esa vileza.

Mussolini fue el creador del fascismo, pero tanto Hitler como Franco lo superaron largamente en la forma de hacer las atrocidades que hicieron. Aunque entre ellos hay otro grupo de seres que demuestran que el increíble deseo del horror.

Comencemos por el diablo, ese en el que tantos creen, de una o de otra a manera. El hombre lo ha imaginado de muchas maneras y son muchos sus nombres. En general se encuentran ligados a conceptos religiosos. Se denomina de tal manera a esos ángeles rebeldes que fueron arrojados al abismo. Hay quienes suponen que el diablo por antonomasia es Lucifer o Satanás.

El malo de la película. Satanás es la personificación del mal. Es el Angel Caído, el Gran Enemigo de Dios y de todos aquellos que aman a Dios y le sirven. Satanás es el Tentador, el Príncipe de las Tinieblas, el Malo. Satanás es una palabra hebrea que significa "el perseguidor" o el "adversario". Diablo es una palabra que proviene del griego y significa "calumniador".

Tanto en el arte o en la literatura lo han presentado como una bestia grotesca, a veces es un hombre negro (agreguemos que es una antigua y poco conocida forma de discriminación, sobre todo cuando los ángeles rebeldes actuaron antes de la creación del hombre) y también como una bella mujer destinada a hacer pecar a los hombres.

La Reforma no introdujo cambio alguno en la creencia en los poderes demoníacos y Lutero creía tan firmemente en el diablo como en Dios. Durante los dos siglos siguientes se creyó en un diablo personal y fueron muchas las brujas que fueron seducidas por ellos, que debemos suponer que no tenían pezuñas, cuernos y rabo.

Sin embargo hay quienes sostienen, como Milton, que se trata de una figura majestuosa, magnífica en su perversidad. Además el Mefistófeles de la leyenda del Fausto no carece de atractivo.

Hay algunos ejemplos modernos, pero no podemos citarlos a todos. Uno sería el diablo que aparece como actor en "La historia del soldado", de Stravinsky. El diablo que nos muestra Goethe tiene evidentemente charlas encantadoras y parece conocer mucho las teorías de Schoenberg. En un artículo de Amado Nervo, el diablo no es solamente un hombre amable sino alguien que uno intuye como un gran conocedor de la música. Si aceptamos la existencia de Satanás, no podemos dejar de aceptar que el mal no tendrá fin y viviremos hasta el fin tratando de impedir que el mal progrese. Pero el mal sigue adelante con su deseo de corrompernos y sin que haya un infierno para ellos.

En ocasiones no es difícil dejar de pensar que ni tan siquiera los que ejercen el poder saben, a ciencia cierta, qué son las leyes, de qué se trata gobernar en el país que se define como republicano, lo que implica de manera esencial una profunda convicción de que la aplicación de la justicia debe ser igual para todos.

No parece haber en el mundo discusiones serias sobre todo aquello que no debe ser profanado sin peligro que dejemos de vivir en el régimen que vivimos. La política se trata de saber de qué se trata y de qué manera hay que actuar como corresponde.

Hemos dicho como son algunos pueblos que eligen verdaderos monstruos para que los lleven a la destrucción final. Digamos que parecen tener más miedo a Drácula o a Frankestein que individuos viles como Franco, Hitler o Mussolini, a quienes siguen idolatrando.

Como la presencia del mal es tan evidente, hay quienes en lugar de elegir la responsabilidad del hombre prefieren la existencia de un Satanás que los tiene en sus manos. No es así, los únicos responsables somos nosotros, prisioneros de una libertad que muchos sintieron en su momento y más adelante como una piedra más pesada que la esclavitud a que fueron sometidos por los grandes tiranos de la historia. Ser libres no es simplemente decirlo y vivirlo, pues el precio que se paga es terrible.

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