Fiel a su concepción —firmemente anclada en su obra— de que un intelectual debe necesariamente estar comprometido con su tiempo, y no debe sentir temor a la hora de meter los pies en el «barro de la historia», Roberto Follari, licenciado y doctor en psicología, profesor de epistemología de las ciencias sociales en la Universidad Nacional de Cuyo, aceptó la invitación de La Capital para aportar su mirada en torno a la coyuntura argentina, de cara a las cruciales elecciones presidenciales de octubre de este año. “No es casual la campaña contra Moyano lanzada desde las oposiciones y los grandes medios (que son la conducción objetiva de aquellas): una demonización sistemática con tintes racistas y clasistas evidentes”, dispara el autor de “La alternativa neopopulista”. No obstante, se encarga de aclarar en otro tramo de la charla que “no es que Moyano no tenga aspectos criticables: es que los ataques que recibe son mayoritariamente ataques solapados contra el gobierno nacional”.
—¿Qué opinión le merece la puesta en acto de la política que se impulsó desde la Casa Rosada? ¿Qué similitudes y diferencias puede precisar respecto del mismo fenómeno en la década del 70?
-Se retoman notoriamente algunos principios de los 70: centralidad regulatoria del Estado, justicia social, participación masiva. Pero se lo hace no desde la lucha beligerante, sino desde la postura de un gobierno que actúa en asunción y ensanchamiento de la democracia. Se actúa acorde a las posibilidades históricas de la hora --en las cuales la urgencia revolucionaria ya no es una posibilidad--, pero en una dirección que es la de los principios reguladores de los años 70. El mayor tributo a estos es la ejemplar política de juicio y castigo a quienes violaron derechos humanos en la dictadura, algo que no se ha hecho comparativamente en ningún otro sitio del mundo.
-¿Cómo define el papel que ha jugado la clase obrera argentina dentro del actual proceso sociopolítico?
-Es decisivo, principalmente a través de la conducción de Hugo Moyano en la CGT; secundariamente, también de trabajadores (no obreros) que se reúnen en el sector de la CTA de Hugo Yasky. Su peso como apoyo al gobierno es muy importante; y han tenido un rol equilibrador, dado que en ningún momento han exagerado sus demandas en las negociaciones paritarias. No es casual la campaña contra Moyano lanzada desde las oposiciones y los grandes medios (que son la conducción objetiva de aquellas): una demonización sistemática con tintes racistas y clasistas evidentes. No es que Moyano no tenga aspectos criticables: es que los ataques que recibe son mayoritariamente ataques solapados contra el gobierno nacional. Así, se habla de sus reales o supuestos negociados, no de los muchos de cuello blanco entre los empresarios; y se habla de sus pretendidas patotas, cuando sus actos son pacíficos y, en cambio, no se percibe a los radicales como violentos aunque Fernando de la Rúa haya dejado 35 muertos en la plaza en una sola tarde. Se trata, en fin, de una cuestión de modales y de color de piel.
-¿Cuál sería su reflexión respecto del estado actual de la lucha de clases en la Argentina, sobre todo a partir de la puja por la renta que se dio cuando la Casa Rosada trató de imponer la resolución 125?
—Se está muy cerca hoy del 50%-50% entre empresarios y obreros que logró Juan Domingo Perón en su momento. La presencia de representantes del Estado en el directorio de las empresas donde el mismo tiene acciones, y la posibilidad de una ley que contemple ganancias para los empleados –aunque no fueran muy altas– son avances importantes. No porque no se pudiera ir más allá, pero sí porque es lo máximo que se haya logrado alguna vez en Latinoamérica, exceptuando Cuba. A su vez los empresarios hacen resistencia pero sólo parcial, en la medida en que un gobierno que mantiene el crecimiento económico con estabilidad política, sin dudas que los favorece.
—¿Qué sectores de la burguesía estarían apoyando el proceso iniciado en 2003?
—Ya la burguesía nacional no es lo que era, pues no existe ahora la posibilidad de una economía centrada sólo en el mercado interno. Igualmente hay sectores del empresariado nacional obviamente ligados al gobierno, que se benefician con el mismo y que lo apoyan. Los sectores más transnacionalizados se benefician también, pero resisten por reflejos ideológicos cristalizados; un caso típico es Techint –de origen argentino, pero ahora multinacional–, que fue beneficiada por el gobierno argentino cuando la expropiación que le hiciera Hugo Chávez, pero hoy rechaza airadamente la presencia de las personas que corresponde que el Estado ubique en el directorio, acorde a su proporción accionaria.
—¿Cómo define el proceso de crisis que envuelve a la CTA, y cuál es la perspectiva de alianzas con la CGT?
—Justamente en estos días ha enviado Moyano una nota a Yasky hablando de la unidad organizativa posible; obviamente Yasky no puede aceptarla, pero sí sostener la unidad en la acción de apoyo al gobierno nacional. La distancia ideológica entre la CTA de Yasky y la conducción de Moyano existe, aunque es mucho mayor la que hay entre ambos con los «gordos», esos que apoyaron a Menem y no adhirieron al acto del Día de los Trabajadores este año. En tanto los gordos están en la CGT, la distancia desde la CTA aumenta. A su vez, las dos alas de la CTA están imposibilitadas de un acuerdo pues la de Pablo Micheli se opone al gobierno nacional, y tiene un vacilante apoyo a Pino Solanas, cuya capacidad electoral es escasa a nivel del país en su conjunto.
—¿Cuál es el estado actual de la puja entre el ex Grupo A y los medios concentrados con el kirchnerismo?
—Está claro que, como un opositor reconocido al kirchnerismo ha señalado, “no hay con qué darle a Cristina” en las elecciones de octubre, salvo que ocurra algún enorme hecho inesperado. Se nota cierta resignación en los voceros del ex Grupo A y la apelación a políticas desesperadas y vergonzosas, como la de Ricardo Alfonsín de acercarse al PRO.
—¿Cómo caracteriza las tensiones entre la izquierda y el proyecto K?
—Hay una izquierda que apoya al gobierno, y no es poca; hay otra que se conforma con imponer temas (como el ferrocarril o la minería, según Claudio Lozano y Solanas), pero que no tiene siquiera mínima posibilidad de llegar a ser gobierno nacional. Finalmente, está aquella otra «testimonial» que sólo hace movilizaciones y piquetes, pero que carece de toda visión para convocar a nivel de la población mayoritaria. Es una izquierda que se cree materialista, pero resulta platónica: vive en un mundo ilusorio, sin construcción política de peso. Son los que a veces apoyan a Venezuela o a Ecuador pero no al gobierno argentino, en la medida en que los primeros están lejos y pueden imaginarlos a su antojo, dado que por variados indicadores hoy resultan gobiernos comparables claramente al de nuestro país.
—¿Qué proyección prevé para el proyecto que hoy encabeza Cristina Fernández y para la oposición, de cara a las elecciones de octubre de 2011?
—El gobierno nacional tiene una gran posibilidad de consolidar su proyecto a muy largo plazo, si gana en 2011; profundizando las medidas a tomar, y ensanchando la fuerza propia, sobre todo a nivel de las provincias. Allí, todavía el kirchnerismo a menudo debe apelar a fuerzas retardatarias para sostenerse. También debiera ir construyendo un liderazgo diferente para 2015. Por su parte, la oposición no existe. Existen oposiciones, varias. Es el imaginario de la lucha contra la 125 lo que fijó a las oposiciones en la creencia fácil de que bastaba hablar mal del gobierno para ser seguidas por la población. Pero ésta, a la hora de confiar a alguien un gobierno, pide más. Pide previsibilidad y credibilidad: ninguna de las cuales se sostiene en las bolsas de gatos que se pretende construir ahora, alianzas salvajes y contra natura que carecen ya no de homogeneidad mínima, sino siquiera de alguna plausibilidad elemental. La unidad contra un gobierno no se traduce en unidad para formar gobierno: ambas cosas nada tienen que ver, y la increíble alianza Macri-Solanas que se dio en el Parlamento en algún momento no funciona a la hora de una oferta electoral seria.
“Se nota cierta resignación en los voceros del ex Grupo A y la apelación a políticas desesperadas y vergonzosas”.