La vida de Irene Teresa Dab, nacida en Varsovia (Polonia) en 1935, podría alimentar metros y metros de celuloide. Sucede que esta mujer pequeña y vivaz es uno de los pocos sobrevivientes del Gueto de Varsovia, que todavía siente como un deber ético el compartir su experiencia con los jóvenes, para que tengan la oportunidad de acercarse al drama del Holocausto recibiendo el relato del horror nazi narrado en primera persona, pudiendo reconstruir aquel tiempo, “cuando el coraje humano salvó vidas”.
Después de increíbles peripecias, Irene Teresa, única hija de un farmacéutico y una ama de casa, pudo finalmente reencontrarse con sus padres y emigrar a la Argentina. “Yo me salvé del horror gracias a todos aquellos que arriesgaron su vida para ayudarme”, asegura en una extensa charla con La Capital, al tiempo que ratifica que uno de los grandes momentos de su vida fue aquel en que pudo reencontrarse en Polonia, años después, con la familia que la mantuvo oculta de la mirada de las tropas nazis.
“Yo tenía casi cinco años, vivía con mis padres en pleno centro de Varsovia. Mi padre era farmacéutico y además vendía instrumental quirúrgico; mi madre era ama de casa”, comienza su relato Irene. Recuerda que cuando las tropas nazis invadieron su país, el 1º de septiembre de 1939, estaba de veraneo con su familia y que “muy poco después los alemanes ocuparon toda Polonia y sacaron unos edictos por los cuales todos los judíos se tenían que identificar con un brazalete”.
Este hecho motivó la rebeldía de su padre, que se negó a usarlo y, tras la denuncia de alguien por la calle, ello le costó la primera prisión a manos de los nazis. Con la creación del Gueto, Irene se quedó viviendo con su madre, y una abuela y una tía maternas. “Caravanas de gente con sus bultos fueron trasladados a esa zona y repartidos en distintos lugares. En medio de un hacinamiento terrible, cerca de 300 mil personas fueron recluidas en un territorio minúsculo, teniendo que compartir las familias una sola habitación y un solo baño a veces para tres o cuatro familias”, describe Irene.
Ese hacinamiento provocó una gran epidemia de tifus. No había escuelas para los niños, salvo unos pequeños jardines montados en la semiclandestinidad por organizaciones de jóvenes judíos, que duraron muy poco tiempo. “Yo no me puedo acordar si allí aprendí a leer y a escribir, es un punto en blanco en mis recuerdos”, confiesa, como si aún le doliera rememorar aquellos años lejanos.
Al poco tiempo su padre, tras ser liberado, se une a la familia en el Gueto. Gracias a que hablaba alemán consigue un trabajo a través de las autoridades judías que era llevar un grupo de judíos del Gueto al otro lado, a una firma alemana que se llamaba Vinder. Ya comenzaban las deportaciones a Auschwitz y Treblinka. Su madre consigue trabajo en un depósito de la vieja estación desde donde salían los trenes con los deportados, que eran obligados a dejar allí sus pocas pertenencias antes de subir al convoy. “El que conseguía algún trabajo no era que se iba a salvar, sino que duraría un poco más”, relata Irene.
Al poco tiempo, la Judenrat (autoridad judía del Gueto) empezó, instigada por los alemanes, a pedir lo que se llamaba «cuotas de chicos» para mandarlos a los campos. “Allí mi padre empezó a pensar en cómo salvarme; un día me dijo que me despidiera de mi familia y, dentro de una bolsa de arpillera que usaban los obreros, me sacó del Gueto por primera vez, dos años antes del levantamiento”, describe.
Una mujer polaca que vivía sola aceptó cuidar a la niña, hasta que por una denuncia del portero debió su padre trasladarla con una familia de campesinos en las afueras de Varsovia por unos meses. Luego estuvo con otra mujer en pleno centro de Varsovia, en cuya casa también había refugiados un hombre y dos niños. “Era un departamento muy grande que tenía una mueblería. Cada vez que tocaban timbre, nos metíamos debajo de la cama o dentro de algún ropero, donde a veces pasábamos horas”, describe Irene.
Luego de algunos meses, un día tocaron el timbre los nazis e Irene no alcanzó a esconderse. Luego de un exhaustivo interrogatorio y de revolver toda la casa, Irene entendió que por una denuncia estaban buscando al hombre que se ocultaba en la casa, y que había escapado por la ventana. “La mujer no quiso saber más nada con tenerme y mi padre, sin tener dónde llevarme, a fines de 1942, me llevó vuelta al Gueto”, relata.
En el Gueto todavía estaba su madre, pero a la tía y la abuela maternas ya las habían trasladado. De los doce hermanos de su padre, habían trasladado a once. Sólo uno se salvó del campo de Bergen-Belsen. “Ya no había luz en el Gueto ni casas en pie, los lugares habitables se habían reducido; tampoco había suficiente comida ni con qué calefaccionarse”, describe Irene.
En enero de 1943, tres meses antes del levantamiento, el padre de Irene la sacó nuevamente del Gueto, esta vez a la empresa donde trabajaba y, luego de esperar todo el día dentro de un ropero, por la noche un polaco la llevó a su casa, el último refugio que tendría la niña de ocho años antes de la ansiada libertad. “Me refugió una pareja joven, bastante relacionada con la organización polaca que ayudaba a los judíos, que vivía en el barrio residencial de Saska Kempa, del otro lado del Vístula que divide en dos a Varsovia. Tenían un pequeño establo con una cabra”, precisa.
La familia le cambió el nombre, por el de Teresa, y la bautizó en la fe católica. El tener una constancia de bautismo eventualmente podía salvar una vida. También le cambiaron el apellido y la hicieron pasar por una sobrina de la mujer, hija de un hermano que había muerto cuando los nazis invadieron Polonia y también huérfana de madre. “Me tiñeron el pelo de rubia para que pareciera menos judía y me vestían de pastora para poder pasear con la cabra a orillas del río. Luego llegó un sobrino del matrimonio y entonces comenzamos a ir los dos a la escuela dos o tres meses. Por temor, dejaron de mandarnos”, añade Irene.
Después del levantamiento del Gueto, Irene vio a su padre y a su madre una o dos veces en todo ese tiempo en forma clandestina, en la calle y a la distancia. “Mi madre se escapó en pleno levantamiento. Mi padre en una de sus salidas laborales, se ocultó y ya no volvió al Gueto. Mi madre se escondió en la casa del padre de mi supuesto tío, a la vuelta de donde yo estaba, y mi padre se escondió en la casa de una hermana, en el mismo barrio”, agrega.
Luego de innumerables peripecias, que incluyeron una segunda prisión y evasión de su padre, en noviembre de 1944, en medio del levantamiento de toda Varsovia contra los alemanes y del avance del Ejército Rojo desde el este, los Dab se reencontraron (gracias a la ayuda clandestina polaca) en una casa de una aldea cercana a Varsovia. “Allí escuchamos por radio el avance de las tropas soviéticas. El 17 de enero de 1945 nos liberaron los soldados rusos”, finaliza Irene. La increíble pesadilla de la familia Dab había terminado.