Reflexiones

Conocer para ser feliz, una propuesta aristotélica

La pertinencia de una idea. El autor de esta nota actualiza un concepto esencial del pensamiento de uno de los mayores filósofos de la Antigüedad

Lunes 23 de Noviembre de 2020

I. ¿Conocer para ser feliz? Así lo propuso Aristóteles, en quien se reúne y compendia el pensamiento griego anterior a él, que fuera arquetipo del mundo occidental posterior (del romano, del medieval, del moderno y hasta del contemporáneo).

Que me permito presentar en un esquema, que se debe contextualizar en tiempo (histórico) y en espacio (sociocultural):

1) el hombre tiene una naturaleza ya dada, con fines por ésta asignados y que hoy llamaríamos bienes culturales; con una orientación hacia el bien, creía el filósofo. Naturaleza humana que es racional y social. Situado el hombre en una realidad exterior dotada de una racionalidad que le es inmanente y no ya por referencia a dioses o ideas eternas; e inmerso en una comunidad evolutiva (que va de la familia a la sociedad y de ésta al Estado), que tal es su naturaleza social; y dotado de entendimiento, que tal es su naturaleza racional, el que se forma a partir de una percepción que la memoria retiene y la imaginación configura en imágenes que constan de materia y forma; de las que el entendimiento abstrae, la forma de la materia, aprehendiendo así la esencia de las cosas, lo que el concepto capta.

2) Su conclusión: que el supremo fin del hombre es el conocimiento de lo universal, cuya contemplación coincide con la felicidad.

3) Esto en cuanto a su pensar. En cuanto a la conducta del hombre, lo que vale para el filósofo es la moderación que se halla en un término medio —que no significa relativismo—, en una conducta guiada por la virtud de la prudencia; se trata de hallar el término óptimo entre los extremos del exceso y el defecto; que no es algo fijo sino dependiente de características (las de cada uno) y de circunstancias (las de la situación respectiva), —lo que tampoco significa relativismo—: es la media que la razón dicta al hombre prudente.

II. Pero al precedente esquema le caben algunos ajustes:

1) que, si bien el hombre es ya presentado por Aristóteles, podría decirse desde abajo, como animal racional, sus fines son aún determinados por una sustancia universal (y por las esencias en que ella se concreta), no por sus propias determinaciones; y orientados esos fines al bien, sin contemplar otras tendencias que hoy la psicología debe considerar (como la existencia de un impulso destructivo a la par de la pulsión erótica, que Freud señalara).

2) que, si bien el conocimiento se hace ya derivar de una experiencia inmanente a las cosas (no es ya la directa intuición de la idea platónica), su objeto es una naturaleza que se supone dotada de una racionalidad orientada a fines.

3) que, si bien tal conocimiento (el teórico), tenido como fin en sí mismo y ajeno a otros intereses, culmina en una serena contemplación del universo, no previó (no pudo hacerlo en su tiempo) el desarrollo científico ulterior que no fue sólo teórico sino de aplicación tecnológica; con el formidable poder, también de destrucción, que quedó a disposición de un hombre que tiene, también él, tendencias agresivas.

4) que, si bien era ya éste definido como animal social (además de racional), faltó la consideración de una dimensión cultural que media entre individuo y comunidad, con su correspondiente sistema de transmisión educativa y que consiste en un proceso de internalización psíquica; que hoy la ciencia investiga, evitando extravíos metafísicos y reduciendo pretendidos valores, esencias e ideas, a bienes (culturales); propios de épocas y sociedades concretas.

III. Nuestra conclusión por tanto, puede que no coincida del todo con la noble aspiración aristotélica —sin mengua de su mérito en el consejo de una conducta equilibrada y prudente—, quizá debido a las menores dificultades que –suponemos— su época tuvo, para reunir (dadas ciertas condiciones), al saber con la felicidad: “Será la contemplación la felicidad perfecta del hombre, si se le añade largueza de vida”, proclamaba. Pero hoy, ¿es esto posible?

Porque a la sazón razonaba Aristóteles: a cada ser, lo que es propio de su naturaleza es lo que le procura felicidad; y lo propio del hombre es el entendimiento; por lo que el ejercicio de éste le procura aquélla. Y orientado tal ejercicio a una realidad concebida como un orden de razón, su contemplación apacible y reposada no podía menos que procurarle felicidad, fin supremo de la vida humana, declaraba.

Sin embargo, aun según el mismo pensador, el conocimiento surge de una experiencia de la realidad, tenemos dicho. Y si ésta se le muestra hoy ingrata al que la conoce, ¿este conocimiento igualmente podrá hacerlo feliz? ¿Alcanza con tomar conciencia de la desgracia para suprimirla?

Pero la respuesta que demos a esto ha perdido a esta altura del texto, su relevancia. Cualquiera sea, siendo irreversible la complejidad de la sociedad actual y urgentes de atender los riesgos que le son inherentes, es indiscutible que la opción nunca podrá ser lo opuesto al conocer. Es que la ignorancia no sólo que no resolverá los problemas que el conocimiento aplicado ha provocado, sino que nos resentirá de ello; y con esta característica, mucho peor será nuestra convivencia. Lo demuestra un país como el nuestro, cuya política ha preferido anteponer el fútbol a la educación. Circo, sin siquiera pan.

Mientras que, cuando en otro tiempo aconsejábamos a un joven a que estudiara, no le estábamos sugiriendo que así ganaría más dinero que un deportista profesional. Claramente, nuestra exhortación era de otro orden y contenía otra cualidad, tanto intelectual como moral. Es esto lo que interesa retener de Aristóteles en lo que exponemos.

Entonces aprender para no ser ignorantes, solo eso; que en eso consiste nuestra dignidad de seres humanos, sin que interese si conociendo alcanzaremos aquel deleite del sabio (que contempla y se autocontempla) que Aristóteles pretendía en un mundo diferente.

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