Cultura y Libros

Bios y libros

Sábado 29 de Septiembre de 2018

• Marcelo Britos

Nació en Rosario el 1º de mayo de 1970. Publicó los libros de cuentos Alexandria (2007), Como alguien que está perdido (2011) y El último azul de la noche (2013). Con la novela Empalme obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Narrativa Municipal Manuel Musto (2010). A dónde van los caballos cuando mueren (2015) obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz (México), en 2015. Al oeste de Jericó (2016) y Mickey en Brandenburgo (2018), son sus últimos títulos. Mucho antes, en 2004, el libro de cuentos Los dogos fue prologado por el poeta Mario Trejo, su maestro y mentor. "Casi todo lo que soy —escribió Britos—, lo poco e incipiente, lo que seguramente vendrá, se lo debo. Gracias, Mario Trejo".


• Javier Núñez

Nació en Rosario el 27 de mayo de 1976. Declarado Escritor Distinguido por el Concejo Municipal, publicó los libros de relatos La risa de los pájaros (2009), Praga de noche (2013) —reeditado en Estados Unidos en 2016— y Tríptico (Eduvim, 2014); y las novelas La doble ausencia (2014) y Después del fuego (2017). La primera de ellas le dio unas cuantas alegrías: ganó en 2012 el premio Sergio Galindo a Primera Novela —convocado por la Universidad Veracruzana de México—; cuando viajó a recibirlo conoció al autor de uno de los epígrafes que abren la historia; y, como si fuera poco, el periodista que recomendó su nombre en la editorial que reeditó su libro de cuentos en Nueva York, es el mismo que el del protagonista de esa novela: Fonseca. Este año, Núñez presentó su último libro de cuentos, La feroz belleza del mundo.


A dónde van los caballos cuando mueren, Marcelo Britos

(Novela ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la Secretaría de Educación y el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Gobierno del Estado de México)
El médico vio cómo la cabeza de Flores desaparecía de la superficie, y no duró demasiado la visión porque el nivel del agua comenzó a jugar sobre sus propios ojos, alternando la oscuridad de abajo y la luz brillante de arriba. El caballo flotaba y luchaba contra la correntada. Los tres lo hacían. El médico, atenazado al caballo, bailaba desesperado sobre el caudal y sucumbían los dos a la fuerza del río. Faltaba todavía un poco menos de la mitad del trayecto. A duras penas se acercaban desviándose cada vez más del punto de referencia: una piedra roja del tamaño de una cabeza humana, ajena al paisaje verde amarillo de la costa. Caían como relámpagos apagados las flechas y las devoraba el agua entre burbujas; una rasgó la piel del tobillo de Flores y una placa rojiza apenas asomó entre la espuma y la turbulencia del nado. A metros de la costa el caballo renació desde un remanso como si hubiera sido inventado en las profundidades. Hacían pie. Impulsados por el miedo y retomando la rienda en la carrera, huyeron hacia la espesura del nuevo margen. Flores regresó algunos metros para asegurarse de que nadie había cruzado con ellos. Cuando volvió, el médico estaba sentado en la tierra, aferrado a una de las patas del animal que observaba hacia un costado como si sintiera el abrazo y no lo entendiera. El médico lloraba desconsolado, quejas de niño en el desamparo y el cansancio. Su compañero esperó alejado, con la mirada caída, respetando el arrebato de vulnerabilidad como si fuera una licencia que sólo pueden permitirse los hombres enteros. Así lo creía él. Asintieron y volvieron al camino imaginario que iban trazando sus pasos.

La doble ausencia, Javier Núñez
(Finalista del premio Emecé de Novela 2011 y ganadora del premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo 2012, convocado por la Editorial de la Universidad Veracruzana de México)
Entre el vino de la cena y los tragos en el bar estábamos algo achispados. Cuando salíamos alguno de los dos hizo una broma sobre el regreso al departamento, sobre nuestra absurda convivencia espontánea. Quizás te bese al regresar, dije yo, aunque no lo dije así ni estoy seguro cómo. Ella se rió y dijo no creas, nunca beso a un hombre antes de vivir juntos más de tres meses, y apenas llevamos un par de semanas. Nos reímos los dos. Después nos callamos. Habíamos subido caminando por calle Mitre, en sentido contrario al tránsito. Cuando llegábamos a pasaje Zabala, antes de cruzar hacia la plaza de la Cooperación, la vereda se empezó a angostar de forma absurda. Veníamos uno al lado del otro, a paso rítmico. Justo en la esquina encontramos la que acaso sea la vereda más angosta de Rosario: no llega a los setenta centímetros desde la línea de edificación hasta el cordón. Es apenas un tramo, una curva ridículamente estrecha, como la que se forma en el vértice de un cuadrado envuelto por un círculo. De haber estado solos, o enfrascados en una conversación, seguramente la hubiéramos pasado de largo. Pero por algún motivo nos paramos de golpe, nos miramos los pies —pequeños los de ella, grandes los míos—, cobramos repentina conciencia del brevísimo espacio que ocupábamos al mismo tiempo y ella se aferró a mí como si alrededor se abriera un abismo o acechara un peligro invisible. Quizás habíamos caído en esa esquina por pura casualidad. O quizá nos había arrastrado un designio indescifrable de la noche. Pero de pronto nos miramos, intuyendo una oportunidad efímera, como si un cataclismo imprevisible amenazara nuestros próximos pasos y esa esquina constituyera nuestra única certeza y última esperanza. La besé y el mundo se olvidó de temblores y derrumbes.

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