Los cuatro amigos, compañeros de trabajo en una fábrica de Pérez, tomaban unas cervezas en un quiosco del barrio Villa Urquiza después de jugar un picadito en una cancha cercana. La distensión dio paso al espanto cuando dos muchachos en moto que usaban barbijos pasaron frente al lugar y abrieron fuego con al menos dos armas. Una decena de disparos causaron la muerte de Luis Bernardo Leones y heridas a otros tres jóvenes, al igual que él, ajenos a conflictos de bandas. Un año después de ese crimen cometido a poco de que se dictara la cuarentena obligatoria por Covid-19, Gonzalo Urquiza fue detenido junto con un adolescente. Acababan de balearlos y llevaban dos armas. Una era una pistola 9 milímetros usada en el ataque homicida.
Urquiza quedó preso desde entonces y ahora aceptó 26 años de condena. No sólo por el asesinato sino como brazo armado de la banda de Pablo Nicolás Camino, un preso acusado de dirigir una franquicia de Los Monos a quien le asignan, entre los hechos más recientes, haber ideado el crimen del músico callejero Lorenzo “Jimi” Altamirano sólo para dejar un mensaje a otra facción de la misma banda y una balacera contra el supermercado de los suegros de Lionel Messi.
“Gonzalo Urquiza es uno de los sicarios de la organización. Dispone de vehículos o motocicletas y armas de fuego para perpetrar atentados contra integrantes de bandas rivales o contra los blancos que le indiquen”, consigna la condena dictada el viernes en un juicio abreviado que acordaron los fiscales Marisol Fabbro, Pablo Socca y Franco Carbone con la defensa de Urquiza.
El procedimiento fue aceptado por los jueces Ismael Manfrín, Gustavo Pérez de Urrechu y Fernando Sosa, quienes condenaron a Urquiza además por la pertenencia a una asociación ilícita y por la golpiza a un preso de Piñero que en septiembre pasado fue atacado en una celda mientras extorsionaban a su padre por teléfono para exigirle droga, plata y autos.
Según la condena, Urquiza y un adolescente cometieron el ataque contra las personas que estaban en el quiosco de Cullen al 3200. Fue el 12 de marzo de 2020, una semana antes de que se dictara el aislamiento social obligatorio en la Argentina. En ese lugar Luis Leones, de 34 años, tomaba algo con sus compañeros de una fábrica de calzado de trabajo de Pérez. Habían ido a jugar al fútbol a un club de Godoy y Perú. Al salir, un rato antes de las 17, sus amigos lo convencieron de estirar el encuentro tomando algo en un quiosco.
De los veinte que se habían reunido a jugar hasta la pelota, ocho fueron hasta el quiosco ubicado a pocos metros de la canchita y se quedaron charlando. Una horas más tarde, cuando cuatro de ellos seguían en el lugar, desde Cullen y Deán Funes se acercó una moto negra con dos ocupantes. Al rato volvió a pasar, el conductor aminoró la marcha y entre los dos sacaron armas, al parecer tres pistolas con las que dispararon al grupo. Leones fue alcanzado por cinco tiros, uno letal a la cabeza, y murió en el lugar con dos plomos en el cuerpo.
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Otras tres personas fueron alcanzadas por las balas. Nicolás C., de 29 años, también empleado en la fábrica, fue herido en las piernas. A otro compañero de trabajo, David Nicolás P., de 22, le ingresó una bala a la cabeza y estuvo internado en grave estado. Un cuarto empleado logró ponerse a resguardo. Mientras que un vecino que no era parte de ese grupo, Nicolás Emanuel T., de 28 años, también fue baleado en las piernas. Estaba junto a un conocido de nombre Joel, familiar de la dueña del quiosco, quien alcanzó a refugiarse y a quien se presume iban dirigidos los disparos.
Diecisiete vainas 9 milímetros, cinco balas, una esquirla y las marcas de cinco impactos en la pared de Cullen al 3200 daban cuenta de la ferocidad del ataque, cometido según la pericia balística con tres armas diferentes. El llamado de un vecino al 911 alertó que los atacantes se habían escondido en un pasillo de Garzón y Uruguay donde, al llegar la policía, ya no estaban. Pero habían dejado abandonada una moto Yamaha YBR negra sin dominio que tenía la huella digital del índice izquierdo de Urquiza en un espejo retrovisor.
“Lo que dice la gente del barrio es que los que tiraron son sicarios. Que en realidad estas personas lo estaban buscando a Joel y los tiros iban para él y los del quiosco. Joel desapareció, se fue del barrio”, contaron vecinos del barrio durante la investigación. “Lo que se comenta es que estaban buscando al chico que ingresó al quiosco. Calculo que se confundieron porque Luis estaba en cuero y el pibe que se metió adentro también”, contó uno de sus amigos, que esa tarde le habían insistido para que fuera a jugar y se quedara a tomar algo.
“Podría haber sido una verdadera matanza. Tiraron sin mirar a quién y por lo que tenemos investigado el blanco de las balas no era ninguno de los que fueron alcanzados sino un tipo que estaba a unos cinco metros de ellos”, dijo en esa línea, aquellos días, un vocero policial.
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Urquiza fue detenido al año siguiente tras un enfrentamiento a tiros. La noche del 22 de marzo de 2021, a partir de un llamado reportando disparos en la zona, lo apresaron luego de que perdiera el control de una moto y chocara contra una casa de Amenábar y Rouillón. Estaba herido de bala y lo acompañaba Dilan E., de 17 años, también baleado en un muslo. Le secuestraron un arma calibre 22, un celular y, debajo de un auto estacionado, un chaleco antibalas y una pistola 9 milímetros.
La pericia arrojó que el arma había disparado cuatro de las vainas secuestradas en la escena del crimen. En escuchas posteriores, Dylan habló del arma homicida: “Nosotros caímos con las dos pistolas que activábamos siempre con todo hecho que nos mandábamos. Una vez hicimos un fiambre en un quiosco, dejamos dos tirados y le saltó la bronca al guacho, saltaron las pericias de las pistolas”. Con esas pruebas, Urquiza fue condenado por este hecho como coautor de un homicidio agravado por el uso de arma y la participación de un menor, otros tres en tentativa y la portación ilegal del arma.
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El mismo año de su detención, en octubre, sumó la acusación de pertenecer junto a otras quince personas —la mayoría condenadas— a una organización criminal dirigida desde prisión por Pablo Camino y su hermano Jonatan, un grupo que tributaba al jefe de Los Monos, Ariel “Guille” Cantero. A la banda a la se le atribuye un polirrubro de delitos como homicidios, extorsiones y venta de drogas en los barrios Godoy, Villa Nueva y Bajo Cullen.
La organización funcionó desde los primeros días de marzo año 2020, fecha en la cual le secuestraron a Camino un celular que usaba en prisión. El teléfono desnudó esos negocios y derivó en los operativos de octubre. En esa estructura, Urquiza aparece como alguien que trabajaba para Erica Mansilla, acusada de administrar un quiosco de drogas en Campbell al 3400. Fue condenado como miembro de la asociación ilícita de Camino, condenado a su vez por dos homicidios y que en junio del año pasado sumó acusaciones por más de veinte hechos violentos.
Por último, Urquiza fue condenado por los delitos de extorsión simple, privación de la libertad y lesiones agravadas a raíz de los tormentos que sufrió hace seis meses un preso alojado en el pabellón 7 de la cárcel de Piñero. El 2 de septiembre pasado, entre cinco internos lo tomaron por el cuello y le robaron sus pertenencias. Al día siguiente lo trasladaron por la fuerza a una celda del fondo y lo golpearlo mientras le exigían que entregara drogas, plata y autos. Filmaron la agresión y le enviaron el video a sus padres. “Dale viejo porque te lo vamos a largar lleno de puñaladas a tu hijo de acá. Los vas a tener que ir a ver al Heca y no va a estar entero, ¿escuchaste?”, le dijeron al padre en un llamado extorsivo.