Las promesas incumplidas de los tranvías eléctricos. Otorgada la concesión en favor de la compañía belga de tranvías eléctricos, el público presnció luego con alborozo la iniciación de los trabajos y se forjó mil ilusiones sobre la obra llamada a prestar tan importante servicio. Se tenían grandes esperanzas de que esa empresa respondería a las espectativas nerviosas de la población ya que sus promesas eran muchas: que tendríamos un servicio superior al de Buenos Aires, que los coches que traerían eran un modelo de perfección, que la usina que se construiría contaría con elementos superiores... Pero cuando llegó el día de la inauguración de tan importante obra, el público recibió su primera desilusión: los coches no agradaron. Semejantes armatostes, pesados, largos, anchos, suponían desde el comienzo un servicio deficiente. Y este prejuicio no tardó mucho tiempo en corroborarse. Ahora los rosarinos estamos convencidos de que nos robaron la plata y nos defraudaron las esperanzas. Lo único que se ha ganado es un poco de limpieza y de comodidad, pero en cuanto a lo esencial, la rapidez, es una verdadera irrisión. Da fiebre ver marchando a esos monumentos con una zanganería que raya en lo ridículo. Las personas viajan colgadas en racimo en las plataformas, a tal punto que a veces es imposible bajar por ellas. Está lleno el coche y el guarda "olvida" dar los cuatro toques de completo, y suben más y más pasajeros a los coches ya de por sí repletos. Sucede también a veces que los coches se paran por falta de corriente, y son tan "perfectos" y delicados que no pueden pasar por encima de un charco de agua. ¡Pobre público!: protesta y grita inutilmente. La empresa hace la vista gorda porque ¡qué le importa! Hace su negocio y basta. Lo principal para ella son sus entradas en caja, y que el público sufra y tenga paciencia, actitud irritante que merece una enérgica censura. (1907)




























