educación

La lucha de las clases

El autor reflexiona sobre la escuela como nueva ágora en la que todos consideran valida para desplegar sus opiniones

Sábado 24 de Abril de 2021

A partir de los últimos acontecimientos que gobiernan insistentemente a los medios con respecto a la función de la escuela en los actuales contextos de pandemia, es notorio observar cómo la institución escolar ha devenido como la nueva ágora en donde cualquier persona puede considerar válida la oportunidad de autoconvocarse y reunirse para desplegar allí sus argumentos, opiniones y saberes. Esto último, en tanto a lo que supuestamente se cree y presupone como parte de un sentido común emparentado con un deber ser escolar, como también a lo relativo al territorio de prácticas específicas que sustentan y que deben sostener lxs docentes para llevar adelante “como Dios manda” las lógicas colectivas para su propio trabajo.

En esta cada vez más demandante y recurrente postal de pandemia, aparece la idea que cuando una intervención pedagógica no agrada del todo por alguna causa o genera incomodidades para una especial parte de este elenco en cuestión, cual karaoke o stand up pedagógico, se paran enfrente y toman su banquito o taburete junto a un micrófono e improvisan, arrebatan palabras tergiversando sentidos. Comienzan así a ocupar espacios públicos a lo largo de todo un país destinados a señalar con el dedo lo que está bien y lo que no en referencia a nuestras propias obligaciones o responsabilidades.

Nada nuevo, por otra parte, para un colectivo histórico que está acostumbrado a pagar con su propio cuerpo las desventuras de un no reconocimiento del todo aceptado, ante ciertos poderes políticos que exigen de las escuelas y de la educación tener que rejustificar constantemente el para qué o la utilidad de su propia existencia en la arena de las políticas públicas. Ya que a diferencia de otros tipos de violentación ciudadana, como ocurre en los casos del ámbito médico ante el deceso de algún paciente, se muestra a través de los medios cómo en un rapto de furia se ejecuta o pone en acto la ignorancia proyectada por la tristeza, la ira o impotencia ante la pérdida del ser querido por parte algunos de sus familiares.

Sin embargo, allí no se observa ni tampoco se dice “tendrían que haber operado dentro o fuera del quirófano, con tal y tal instrumentación y bajo mis propias condiciones, pretensiones, que si no son aceptadas habré de judicializarlas”. Aquello rompería tácitamente la alianza históricamente construida entre la relación entre médicos y pacientes.

A diferencia de esto, sí suele decirse a lxs docentes cómo, dónde y qué deben siempre hacer. Y pareciera que tampoco les tiembla el pulso para recurrir a los medios, a fiscalías, juzgados, redes sociales o hasta algún amigx con cierto ascendente en el mundo de relaciones para que lxs ayuden a hacer mella ante su especial cometido. De allí que a partir de estas identificaciones, podríamos plantear la posibilidad de que el lawfare, aparte de político y jurídico, puede ser sin ninguna dudas, también pedagógico.

Si los vigentes “tiempos sin tiempos” nos permitieran realizar o incluir para la presente reflexión un tipo de encuesta como aquellas que realizaba el gran Pierre Bourdieu con el fin de tratar de desocultar y desvelar ciertas posiciones y trayectorias sociales disimuladas que se entrecruzan con las de clase, etnias o género; y referidas a la exigencia de la presencialidad como objeto de conflictividad política —no pedagógica—, la misma podría indagar desde cómo sería la constitución del propio hogar, a cuántos ingresos perciben las familias, cómo repercutiría al interior de su realidad social y económica la confirmación de ser portador del Covid-19. O si podrían realizar el aislamiento por fuera de su domicilio en el caso de convivir con personas de riesgo o adultos mayores, si son propietarios o alquilan, si tienen obra social, servicio emergencias médicas. Y si podrían hacerse cargo del cuidado de lxs niñxs de ese espacio familiar, disponiendo de recursos y tiempo libre en donde puedan reconfigurar algún otro tipo de existencia que no se retraduzca meramente en saciar la preocupación cotidiana acerca del qué comer o dónde dormir.

Si esta especulación de índole epistémica investigativa pudiéramos hacerla aquí y ahora, con muchas más que certezas que dudas, podríamos encontrar que parte de las respuestas favorables casualmente coincidirían y tendrían alguna ascendencia con discursividades que, efectivamente, están a favor de la presencialidad únicamente entendida como soporte de la corporeidad del docente, rechazando otras formas de estar presente.

Por supuesto que todxs queremos volver a las aulas, y de hecho en Santa Fe seguimos no sin reparo en ellas. Por supuesto que es una inmensa alegría volver a reencontrarnos en nuestro lugar de origen que nos da sentido. Pero también entendemos que las instituciones no pueden poner en agenda solamente los intereses personales que una clase necesita para sus urgencias en un determinado trayecto de la vida. Si aquellos relatos en donde a lxs niñxs se lxs representa llorando y preguntando “quiénes son los malos” que no lxs dejan volver a las aulas ya que allí son felices fueran en parte en algo cierto, llegó el momento histórico y pedagógico de socializar con aquellas infancias que nadie puede ser feliz satisfaciendo su propio deseo a costa de poner en riesgo la vida de otrxs. Y esto, que pareciera que no se aprende en algunas familias, se aprende precisamente entonces en la escuela.

Lo importante en relación con estos debates puede ser recordar y hacer buenos usos de las historias y la memoria, para discernir qué proyectos políticos han centrado y respaldado toda o gran parte de su atención a la educación pública. O por el contrario, cuáles izaron con fuerza la bandera de su indiferencia. De allí que se podría contar con más elementos para ubicar la discusión en relación a si eso que supuestamente dicen defender verdaderamente responde o no a un miramiento para el mejoramiento de las infancias o, por el contrario, si sus argumentos buscan subsanar aquello que sólo evalúan como burdos obstáculos que impiden concretar y llevar adelante sus estilos y formas de vida.

Si al igual que como ocurre en la Casa Rosada con ex presidentes y presidentas, se pudieran incluir también los cuadros de los distintos ministros de educación junto a gobernadorxs e intendentxs elegidxs democráticamente a lo largo de la historia, y se analizaran cada una de sus medidas junto a sus políticas públicas centradas en y para las escuelas, podríamos observar si las prácticas de cuidado y amparo fueron efectivamente reales. Es decir, destinadas a abrazar y visibilizar a las infancias y juventudes postergadas que nunca estuvieron presentes del todo. O en oposición a esto, si buscaron únicamente eternizar aquellas presencialidades “perpetuamente presentes” y favorecidas a lo largo del tiempo, pero muy diferentes a aquellas presencialidades ausentes que vienen dando su propia batalla histórica para no caer ni en el olvido ni los márgenes de los universos de reconocimiento y representación. Que la escuela siempre ha cobijado pero que, lamentablemente, nunca han sido del todo su agrado ni merecido demasiada atención para la lucha de las clases ni en los cursos de la historia.

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