“¿Se aprende para saber mucho o se aprende para inscribir la propia vida en el paisaje?” (Rodolfo Kusch).

Por José Tranier (*)
Celina Mutti Lovera
“¿Se aprende para saber mucho o se aprende para inscribir la propia vida en el paisaje?” (Rodolfo Kusch).
Un fantasma recorre las escuelas: el fantasma de la evaluación. Algo interesante podríamos señalar en relación con ciertos micro desplazamientos o pequeñas variaciones que se despliegan a través de articulaciones o dinámicas generadas por la pandemia con la docencia que ameritarían, desde nuestro punto de vista, poder ser manifestadas. Si en esta reducción de escala proveniente de las fuentes narrativas implicadas habíamos identificado en un primer momento algo así como una apatía por parte de lxs alumnxs, ésta había sido contrarrestada por el fuerte compromiso e ímpetu docente de saltar al vacío sin red virtual alguna. Pero ahora, próximos a concluir este inédito fin de año lectivo, pareciera que esa gran primer indiferencia migró como cansancio excesivo fundamentalmente hacia lxs maestrxs mientras lxs estudiantes, ya más “familiarizados”, hasta parecen contar con una cuota extra de margen para seguir estudiando y dando batalla. En este punto, hasta el mismo Piaget se asombraría de analizar los esfuerzos hallados en los procesos de adaptación y asimilación para sobrevivir y lograr algo así como una especie de equilibrio en el tumultuoso mundo de la virtualidad.
Por otra parte, esta suerte de enroque aquí explicitado, poco o nada nuevo nos revela puesto que lxs docentes bien sabemos que los aprendizajes involucran o están conectados, siempre, con diversos modos de agenciamiento ligados a distintas variables institucionales las cuales necesitan estar continuamente siendo redefinidas. De allí que los tiempos cognitivos e identitarios sincrónicos y asincrónicos no son lineales sino íntimos. Esto es, personales, propios, a la vez que también operan desde una dimensión política y colectiva. Es decir, que se van haciendo lugar entre los sujetos que enseñan, el conjunto de circunstancias, las complejas adversidades que las rodean, el elenco de extras virtuales surgidos en esta nueva escena educativa; más las demandas y limitaciones producidas bajo esta coyuntura. Por último y, quizás lo más importante, en el centro de estas operaciones, lxs estudiantes quienes, a medida que aprenden, fundamentalmente también nos enseñan.
Este abanico de laberintos disruptivos conducen a que las trayectorias acerca del enseñar y del aprender, se hayan visto necesariamente interpeladas a partir de otras prácticas y discursividades foráneas en relación al tradicional locus de enunciación pedagógica de lxs maestrxs. Y eso también lleva a reflexionar a que, si las condiciones en donde las prácticas que tuvieron lugar estos aprendizajes fueron sustancialmente modificadas, los procesos de evaluación, por lógica, tampoco podrían seguir siendo exactamente los mismos, o hacer como si aquí “nada hubiese pasado”. Sin embargo, para algunas esferas y actores institucionales, pareciera que “el clarín, estridente sonó” y la voz del gran jefe (la evaluación) “a la carga ordenó”.
Esfuerzos colectivos
En este punto, consideramos que evaluar sin poner en consideración su axioma fundacional de valorar —el cual, por otra parte, es el que otorga verdaderamente soberanía plena a este significado (si entendemos a la evaluación como proceso y no únicamente bajo la exclusiva autoridad de la “acreditación”)— no solamente es vaciarla de sentido, sino, fundamentalmente, implica negar y subestimar los esfuerzos colectivos realizados hasta este momento.
Considerar a la evaluación exclusivamente desde su costado instrumental —es decir, como dispositivo exento de conflictividad política porque sencillamente es una llave que permite conocer si el alumno “sabe o no sabe”, y en esta reproducción buscar que sea lo más neutra y fielmente parecido posible a nuestros propios enunciados— tranquiliza por un lado, pero desaloja la complejidad transitada por la coyuntura, por el otro. ¿Ante qué Gran Amo funciona o tributa este tipo de búsqueda de acreditación que tanta pleitesía se le rinde? ¿A quiénes incluye, ilumina y a quiénes exonera por dentro y por fuera de las instituciones? Esas son quizás preguntas que podríamos tener el valor hacernos en este especial contexto de referencia.
Pensar la dimensión institucional de la evaluación solamente desde aquellos umbrales, no hace justicia efectiva a los esfuerzos sostenidos por docentes y nuestras comunidades en un año en el cual tendríamos que aprender a leernos, fundamentalmente, en clave solidaria de emergencia pandémica. Y aquí es donde me gustaría compartir o señalar la posibilidad de que la misma, pueda formar parte de una nueva emergencia sanitaria, en el sentido de que aquello nuevo capaz de emerger, pueda estar vinculado también con la salud de las dinámicas institucionales en un intento de ratificar prácticas pedagógicas y de la enseñanza desde su condición de “rescate y auxilio”.
En lo que concierne a la esfera de la salud pública, hemos visto cómo la gran mayoría de las cirugías programadas tuvieron que ser postergadas, sin por esto cancelar la vida, sino en todo caso reubicarla para transponer prioridades. De allí que, en un supuesto rol de guardianes del saber, intentar solamente acreditar columnas de contenidos sin dar crédito a lo que aconteció o acontece a través de las distintas biografías narrativas de emergencias atravesadas por lxs estudiantes (más allá de las diferencias que podrían plantear los distintos niveles educativos) desacredita bajo esta especial coyuntura al acto político de evaluar. Por eso podríamos decir que hasta la misma evaluación podría ser también evaluada en función de este registro que pueda tener —o no— como mecanismo de amplificación o disminución del coeficiente de alteridades capaces de ingresar en ella.
Evaluar en tiempos del Covid-19 tiene que ver, ante todo para nosotros, con pensarse —y pensarnos— a través de las posibilidades de las ahora “efímeras” aulas. Desde aquello dicho y hecho, pero incluyendo o interrogando, a su vez, por las condiciones imaginadas que, efectivamente, hubiesen permitido alojar aquello que esta vuelta no pudo ser. Este apostar como insistencia ética por el otro abre entonces una porción de futuro como metáfora de un reservorio abierto o de un último guardado en la manga; y que se resuelve en ese pasaje o embate dado entre un presente que obtura y un tan anhelado e inminente reencuentro el cual no se mide en días ni en años, sino a través de la fuerza y de la confianza constitutiva que brindan los lazos y que afirman los vínculos. Esto es, a través de la enseñanza emprendida como fundamentación política que nos ubica y nos ubicará siempre trabajando en y por la escuela como nuestra mejor y más difícil prueba que la pandemia nos ha puesto de frente y en nuestras narices: la oportunidad de debatir, habitar y de desplegar otro tipo de existencias más humanas, colectivas y esperanzadoras. Por ende, entonces, más justas, propias, plenas y que valgan siempre la pena. Incluso aun en los momentos en donde las historias allí más “aprieten”, o cuando allí más nos duelan.



