En el último cajón del escritorio encuentro una carta que llegó por primera vez hace veintiséis años. Una carta aterrada que aún ahora, al llegar por segunda vez, respira.

En el último cajón del escritorio encuentro una carta que llegó por primera vez hace veintiséis años. Una carta aterrada que aún ahora, al llegar por segunda vez, respira.
Una casa tiene cinco ventanas: a través de cuatro de ellas el día brilla claro y tranquilo. La quinta da a un cielo negro, relámpagos y tormenta. Yo estoy en la quinta ventana. La carta.
A veces, se ensancha un precipicio entre el martes y el miércoles, pero en un instante pueden transcurrir veintiséis años. El tiempo no es una línea recta sino más bien un laberinto, y si uno se acuesta contra la pared en el lugar adecuado puede oír los pasos apurados y las voces, uno puede oírse a sí mismo transitar allí, del otro lado.
¿Tuvo esta carta alguna vez respuesta? No lo recuerdo, fue hace tiempo. Los incontables umbrales del mar continuaron pasando. El corazón continuó dando sus brincos segundo a segundo, como el sapo en la hierba húmeda de la noche de agosto. Las cartas no contestadas se hacinan en lo alto, como nubes cirrostratos que anuncian mal tiempo. Ellas debilitan los rayos solares. Un día contestaré. El día en que esté muerto y por fin pueda concentrarme. O por lo menos esté tan lejos de aquí como para que pueda volver a encontrarme. Cuando vaya, recién llegado a la gran ciudad, por la calle 125, en el viento de la calle de las basuras danzantes. Yo, que amo el deambular y el desaparecer en la multitud, una letra T en la interminable masa del texto.
("Para vivos y muertos", 1992)



Por Gonzalo Santamaría
Por Florencia O’Keeffe