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Las caras sustituidas

No siempre el insomnio es lo que dicen que es. Pero generalmente se aproxima a ese poema de Borges en donde el poeta espera vanamente las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño...

Domingo 17 de Febrero de 2013

No siempre el insomnio es lo que dicen que es. Pero generalmente se aproxima a ese poema de Borges ("Insomnio", Adrogué, 1936) en donde el poeta espera vanamente las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño. El insomnio suele estar construido por eso que suele llamarse el soñar despierto. Se pueden tener los párpados cerrados, la realidad se encuentra edificada por cosas y hechos extraños. Un trozo de pan es más que eso, un vaso de agua y puede flotar entre las ramas de casuarinas lejanas, las manos que se aproximan pertenecen a tantos que asusta. Me pasó la madrugada del miércoles. Inútil era querer dormirme, inútil el vaso de vino, sin eficacia alguna las píldoras de los ansiolíticos.

En algún momento comenzó la película, el viejo film. Sus escenas eran claras en mi memoria, no se si exactas. La esquina era un cuadrado de oscuridad, pero en el centro una luz que iluminaba a alguien y en otros dos puntos de la escena otras luces ponían de relieve otras figuras. La cámara inicia una aproximación y llega a tres primeros planos que desgarraban las caras y creo que debo haber pensado que eran las caras de tales actores, así lo debo haber pensado en el soñar despierto del insomnio.

Esperaba, digamos, las caras que suponía insustituibles de Orson Welles, de Peter Lorre, de Zachary Scott. La luz perforaba la cara —ya lo dije— y las sustituía. ¿De quienes eran esas caras? ¿Quienes eran esas caras que aparecían en dos o tres películas, ahora no podía ser una sola (anoche, en el insomnio no podía ser una sola)? No podía reconocerlas. Y el esfuerzo por saber de quienes se trataba, a quien mi memoria ponía en lugar de otros, me torturaba, abrió mis párpados.

Fue una pesadilla, me dije. La pesadilla era soñar que estaba despierto, ¿acaso el insomnio había desaparecido? Creí despertar. Otra escena volví. La mujer se resistía, en ese "no, no", que siempre es un sí, por favor hazlo diría Henry Miller, lo han dicho en tantas películas, la mujer decía el no pero si, y abría la boca y permitía que el hombre la fuera devorando como desesperado, es un film que recuerdo bien, dije en la nueva pesadilla, pero otra vez, otra vez, maldita pesadilla, las caras cambiadas, ¿de qué se trataba esta sustitución de las caras esperadas por aquellas que me parecían absolutamente desconocidas?

Razoné: en las tribunas de una cancha de foot-ball has visto muchas caras y solamente crees haberlas olvidado, pero tu memoria las ha mantenido. Pueden ser esas. O sencillamente las caras que pasan por la calle, o incluso las caras de tantas fotografías. Volví a pensar en esto último. Te gustan las fotografías documentales, te han conmovido algunas de esas fotos que has mirado y mirado y mirado tantas veces.

Pero algo me decía que no era así. Cerca o poco después de las cinco comencé a pasar lista a las caras que recordaba de escritores, músicos, pintores, políticos, fotos y fotos. Estaba obsesionado por recuperar las calles que debía en esas películas que recordaba con tanta perfección. Para que el lector comprenda: en la escena aquella donde hace su primera aparición Orson Welles, esa magnífica escena de "El Tercer Hombre", todo era tal cual lo recordaba, incluida la música de Karas. Pero la cara que aparecía no era la de Welles sino la de alguien que ignoro quién es o si es una cara armada por el sueño o el insomnio o la pesadilla.

La cara de Gene Tierney en "Laura", era inolvidable, pero la escena en que ella se muestra ante la sorpresa de Dana Andrews, la edificaba con precisión, aunque las caras no eran ni la de Gene Tierney ni la de Dana Andrews. ¿Por qué seguía preguntándome esta abolición de las caras originales por otras que me resultaban absolutamente ignoradas? Me levanté, sin exagerar, sobresaltado. Era peor que una pesadilla. Tenía, creo, algo de siniestro o yo lo experimentaba como algo que lo era.

Me levanté, ignoré el café, el acostumbrado vaso de agua, y me puse a hojear dos o tres libros donde abundaban los fotogramas de films del cine policial negro. Decidí hacer una prueba: miraba las fotos y en las fotos las caras eran las que debían ser. Entonces cerraba los ojos y trataba de pasarlas por mi memoria. En la memoria las caras volvían a ser sustituidas. Ya no se trataba de una pesadilla, de producto de un insomnio distinto, era otra cosa pero no tenía idea de qué cosa era.

Me vestí, decidí algo parecido al olvido tomando un café en el bar de la esquina. Bajé. Supongo que nadie me habría aconsejado que no lo hiciera, que permaneciera sin salir. Yo tampoco lo imaginé. Ni en el bar, ni en la farmacia, ni en la tintorería, ni en el kiosko, ni donde compro los diarios, encontré las caras que debía haber encontrado. Tampoco me conocían. Volví al departamento, ignoro si aterrorizado. Me tiré en la cama, creo que lloré, que decidí esconderme. No sabía de qué pero no debía salir. Me dormí.

Cuando desperté comprendí que debía seguir así, escondido de algo aunque ese algo también estaba en mí. Sigo así, escondido. Cada tanto el insomnio me persigue. Continúa con su particularidad de abolir las caras y ofrecerme otras que no reconozco en absoluto. Tuve que salir de la cueva para comprar cigarrillos, una botella de caña, té verde, galletitas dietéticas, queso magro. Las caras de afuera siguen siendo tan desconocidas como las del insomnio. Para equilibrar un poco las cosas, miro las fotografías que permanecen con las caras que corresponden. El otro día en el ascensor alguien del edificio, a quien conocía, con quien había una charla, me preguntó si era nuevo y en que departamento estaba. Sonreí. No me extraño que mi cara, para los demás, fuera otra. En el espejo seguía la mía.

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