"En menos de un año, ya tengo 19 hijos", dice Griselda. Su hija mayor tiene 57;
ella tiene 43. No es tan raro como parece: Griselda se refiere a sus "hijos de religión" porque
ella es madre, mai, "cacique de umbanda", explica. A su lado, todos vestidos de blanco, algunos
miembros de su familia espiritual escuchan en silencio. Detrás de la ventana se mece una bandera
con los colores de Ogún –verde, rojo, blanco –, el San Jorge de los cristianos, dios
del hierro y de la guerra para los umbanda. En el rincón, cerca de un altar, descansa el atabaque,
una especie de tambor de origen africano que usan para acompañar el canto en las sesiones que
realizan cada semana, en ese mismo cuarto, para invocar y rendir culto a los espíritus de los
antepasados.
"Tratamos de ser muy cautelosos con el tema de los ruidos. Los días de semana
procuramos no hacer sesiones. Y si hacemos una, la hacemos muy temprano, tipo cinco de la tarde,
cosa de terminar a un horario que no le moleste a la gente, porque al otro día se trabaja". La
vivienda de Junín al 7000, cerca de Circunvalación, funciona como "casa de religión" hace apenas
dos años, pero "creció muchísimo" los últimos meses, cuenta Griselda. En su casa se practica
"umbanda blanca", una línea tradicionalista del culto afrobrasileño que define como "una doctrina
espírita cantada": "Todo lo que hacemos, todos nuestros rituales y nuestras ofrendas se hacen con
hierbas y frutos, ese tipo de naturaleza. Después está la umbanda roja o cruzada, que se hace con
otros rituales y otro tipo de elementos, que no tiene que ver con nosotros".
Búsquedas. El pequeño templo del distrito noroeste de Rosario es uno de los
únicos en su tipo en toda la región, y responde a una línea que viene de Buenos Aires. Tiene un
nombre en lengua yoruba (originaria del oeste africano), irreproducible en español, que significa:
"El que posee buen carácter siempre será guiado por la luz". Es "lo más parecido a lo que se hace
en Brasil", dice Juan, que se crió en ese país, cuna y reino de la umbanda. Juan tiene 19, es
oriundo de Arroyo Seco, y antes de llegar a esa casa probó en "otros templos y otros lugares de
religión" de la zona, pero no eran "lo que buscaba". Miriam, de 33, también pasó por otras casas
antes de unirse a su "familia" actual, en septiembre de 2008. Para entonces, su historial de
problemas personales incluía la bulimia, la anorexia, y cuatro intentos de suicidio: "Salí a buscar
una solución mágica que me cambiara la vida, y acá aprendí que el cambio parte de uno", dice.
Crecimiento y estigma. Aunque la Dirección Nacional de Cultos registra menos de
400 templos umbanda en el país, la mayoría en el Gran Buenos Aires, la estimación extraoficial más
aceptada suma unos 1.000 y las fuentes religiosas multiplican esa cifra tomando en cuenta cientos
de casas particulares sin estructura fija, donde se improvisan lugares para recibir consultas o
hacer reuniones. Griselda, que se inició en Rosario hace más de 10 años, asegura que "hay
muchísimos religiosos" en la ciudad: "La gente acostumbra mucho a las reuniones caseras. Se
acomodan en el comedor, en el garaje; no suelen tener algo armado como nosotros". Tampoco es común
que practiquen la religión abiertamente, ya sea por miedo al prejuicio, o bien porque realizan
algunas de las cosas que alimentan ese prejuicio: "trabajos" por encargo, sacrificios de animales y
ofrendas en el cementerio, por ejemplo, también se reproducen en otras casas de religión de la
ciudad, generalmente con fines lucrativos.
Oficialmente, la religión umbanda suma seguidores en Argentina desde 1966, año
en que se registró la apertura del primer templo, pero tuvo un crecimiento informal sin precedentes después de la
crisis de 2001. Esta expansión, ligada sobre todo a la búsqueda de soluciones mágicas, alentó
prácticas utilitarias que los fieles tradicionalistas consideran más alejadas de la esencia de la
religión: "Si vas por la calle y le decís a la gente que sos umbandista se espanta. Eso es por los
sacrificios, por lo poco que se sabe y por todo lo que se comenta", resume Sabrina, hermana
espiritual de Griselda, también "cacique de umbanda".
La otra cara. "Llegó un momento en que trabajaba para ellos. Mi negocio se
estaba fundiendo, y empecé a sacar plata de mis clientes para pagar. Tenía terror", dice Carla, un
poco antes de la medianoche del viernes, en un bar sobre Mitre. Carla tiene 41 años y fue
practicante umbandista durante cuatro. "Creo que es una de las religiones más lindas que existen.
Bien tomada es totalmente abierta, porque en la tierra están el bien y el mal y la religión te
muestra las dos cosas. Pero no hay que olvidar que está manejada por humanos", dice. Ella fue a dar
con "gente que lucra con eso", y le costó salir: "Se me fundió el negocio, nos tuvimos que ir a
vivir a un departamento, casi me separo, me enfermé", enumera. Del otro lado de la mesa, Milagros
asiente. Su caso es parecido, pero más breve: estuvo un año y terminó "trastornada", indica.
Primero se entusiasmó con el estudio, pero después ya iba a "buscar gallinas a los forrajes", le
enseñaron "hacer trabajos en el cementerio" y le exigían que cumpliera con ofrendas "carísimas"
aunque no tenía trabajo. Ella y Carla no se conocían y nunca se cruzaron en las sesiones, aunque
las dos empezaron por el mismo camino: "En teoría yo iba a ver una bruja", dice Carla. "Yo buscaba
alguien que tire el tarot", dice Milagros. La conclusión de su experiencia es elemental, aunque
excede el prejuicio: "Algunos son umbanda, otros son chantas".
"Nosotros no la usamos como medio de vida, entonces es más como una
filosofía de vida", señala Griselda, pero prefiere no criticar a otros: "Cada uno tiene derecho a
elegir lo que quiere. En mi casa no se hacen ese tipo de cosas", dice. Su objetivo es mostrar que
hay otro tipo de umbanda: "Lo que hacemos en cada reunión es llamar a los espíritus, que se
manifiestan a través nuestro. Recibimos espíritus de pretos, de negros viejos; esos esclavos que
murieron luchando por la libertad. Y lo que más nos enseñan es a nivel de caridad y amor, a tratar
de ser mejores personas". Afuera cae la noche. En la casa de Junín, Andrea ceba mate. Tiene 26
años, y está con sus hijos (Brian, Alan y Aldana) y su pareja (Claudio, de la misma edad). La ronda
incluye más chicos (Leo y Belén, de 12 años) y los adultos: Griselda (43), Sabrina (29), Nancy
(32), Miriam (33) y Juan (19). La familia crece, dice Griselda, pero "ni hablar" de hacer
comparaciones con su "abuelo de religión", que vive en Corrientes: " Él solo tiene 350 hijos",
remata.