Cuando llega a la Argentina un extranjero que no ha tenido mucho contacto con la política nacional durante los últimos años y no viene por turismo, seguramente le cuesta entender qué está pasando en estas latitudes. Lo mismo le sucedería a un argentino que ha vivido mucho tiempo fuera del país.
Si habitualmente les atribuimos a los medios de comunicación la potestad de informar libremente y analizar la realidad es difícil para un lector o televidente sacar sus propias conclusiones en base a lo que se les ofrece a través de la prensa nacional.
Los canales de TV porteña mantienen al aire muchas horas de envíos periodísticos e informativos. Incluso algunas señales por cable sólo emiten noticias y programas políticos. Los diarios nacionales, que no son muchos y con escasa circulación fuera de Buenos Aires, siguen esa lógica de generar incertidumbre entre los lectores desprevenidos. Todos contribuyen a ensanchar una profunda división social, política e ideológica.
Como en pocos países del mundo, en la Argentina se produce un fenómeno de interpretación forzada de la realidad. Las coberturas noticiosas de un mismo hecho tendrán en la televisión porteña un enfoque diametralmente opuesto si se trata de un canal oficial o uno opositor. Y así se origina un ruido y confusión comunicacional: el televidente, el lector y también el oyente de radio encontrarán varios países distintos según el mensaje que consuma. Todos los medios aseguran transmitir la verdad, pero ninguno afirma con claridad cuáles son sus preferencias políticas o sustentos ideológicos y enmascaran ese casi anonimato editorial.
Como el país se divide políticamente en dos, la famosa grieta, y el receptor de la información y análisis se identifica con uno u otro sector de acuerdo a sus preferencias se producen estancamiento y pobreza intelectual ante la falta de pensamiento crítico. Cada una de las partes se mantiene fiel al medio de comunicación que lo satisface y reafirma su forma de pensar porque encuentra allí su verdad de las cosas. El emisor de los mensajes no admite otra mirada que la que sustenta y todo se vuelve un monólogo comunicacional por sectores. Los periodistas, los presentadores de noticias y los invitados (panelistas, artistas, políticos o profesionales) adhieren al espíritu que predomina en el medio. Entonces, el debate de ideas confrontadas con quienes piensan distinto casi no existe y los mismos personajes convocados a expresar sólo un enfoque de la realidad, como si fueran oráculos griegos, se repiten sin solución de continuidad. Se mantiene así un país dividido porque cada uno escucha a quien le muestra una verdad parcial que no lo hace dudar, reasegura su subjetividad y evita la angustia de cuestionarse el porqué de las cosas.
Es algo parecido a lo que ocurre en las sesiones de las Cámaras legislativas. No hay debate que pueda conducir a un cambio de posición y voto en el opositor, sino que los legisladores se expresan a través de monólogos, que pueden ser interesantes, pero están dirigidos más a avalar sus posiciones que a convencer al oponente. Hay excepciones, como la de hace unos días cuando un diputado cambió su voto sobre la ley de aborto. Se abstuvo porque había recibido amenazas si apoyaba la ley. Es decir, sólo el temor ante una posible acción violenta le hizo modificar su voto, no la convicción de haber escuchado una idea superadora de algún colega legislador. En el Senado sí hubo algunos que por convicción cambiaron su posición respecto de votaciones anteriores.
Hay veces que los medios incluyen nichos que parecen privatizados al mejor postor. En ellos, la confusión general, la falta de rigurosidad y honestidad profesional son mayúsculos. Así, fue posible ver hace unos días un programa sobre economía al que invitaron al ex ministro Domingo Cavallo. Tras elogiarlo como si fuera el líder del oráculo, lo dejaron exponer sus teorías (algunas de las cuales llevaron al país al desastre) sin objetarle ni repreguntarle absolutamente nada. Fue un monólogo para quienes adscriben a ese pensamiento. No está mal que se aliente determinada posición económica, lo que es incorrecto es presentarla como la verdad revelada y no decir que los profesionales que conducen el programa militan fervientemente en esa línea.
El anonimato editorial es lo que salpica de fango a la prensa nacional, como diría Umberto Eco. No ocurre en otras partes. Por ejemplo, en la campaña electoral que llevó al primer afroamericano en la historia de los Estados Unidos a la Casa Blanca, el diario The New York Times le explicó a sus lectores en la primera plana por qué apoyaba al candidato demócrata Barack Obama.
En la Argentina esas inclinaciones políticas, genuinas y aceptables si se formularan en un marco de transparencia, se camuflan, no se las explicita y peor aún: la falta de rigurosidad para tergiversar la información e inclinarla y sesgarla, lo que los americanos llaman “biased information”, es la moneda común.
El país dividido políticamente encuentra su correlato en los medios de comunicación que reafirman y sostienen las posiciones enfrentadas. Les hablan a sus propios públicos pero no les ofrecen una mirada crítica e imparcial para que puedan pensar y tal vez modificar sus pensamientos a través de la razón y la argumentación. Son dos imágenes de un mismo país donde es difícil encontrar un denominador común para avanzar en un proceso de desarrollo integrador de todos los sectores.
Es el maniqueísmo tradicional de la Argentina, donde no hay matices ni posibilidades de sortear los obstáculos que nos sumergen en una decadencia progresiva. Y nos irá cada vez peor hasta que aparezcan puntos de encuentros, de entendimientos superadores, que el lector sabrá identificar y analizar.