Edición Impresa

Alcohólicos Anónimos ante el desafío de escapar del laberinto de la bebida

Cumple 40 años de actividades en Rosario. Las personas jóvenes se acercan cada vez más. La muerte de Robin Williams, el lunes, expuso una vez más el problema. Había hablado más de una vez en forma pública sobre sus adicciones.

Miércoles 13 de Agosto de 2014

"Vas hacia arriba, arriba, arriba ... pero cuando te desplomas, hasta el Diablo te dice Oye, esto no te va a gustar nada, yo soy el Diablo pero esto es realmente malo".

Así describía Robin Williams sus tiempos de excesos con el alcohol. El actor, que falleció el lunes, había hablado más de una vez en forma pública sobre sus adicciones (a la bebida y otras drogas), sobre el terror que le provocaba no poder parar, las lagunas mentales, la euforia y los pesares del día después.

Williams hacía referencia al demonio y el infierno. Quienes hoy pueden mirar hacia atrás y recordar sus peores momentos suelen utilizar las mismas figuras, el mismo paisaje. Y aunque no hay dos dolores iguales, la enfermedad es la misma y hay patrones que se repiten. "Esto es lento, progresivo y mortal. Yo me salvé de la última etapa porque encontré la ayuda que necesitaba", dice Ana V, una cordobesa que vive en Rosario y que cuenta con orgullo que hace 21 años que no toma.

Ana es miembro de Alcohólicos Anónimos (AA), una entidad que está cumpliendo cuarenta años de actividades en la ciudad. Para mantenerse sobria, la mujer, que tiene 72 años (aunque no los aparenta), necesita ir diariamente al grupo que es su refugio y su guía para poder vivir lejos de la bebida que fue su peor compañera.

"Empecé a tomar siendo muy jovencita, a los 14 ó 15 años, para sentir menos timidez cuando iba a una reunión o una fiesta, para animarme. Yo me daba cuenta de que no me pasaba lo mismo que a mis amigas. Ellas podían tomar algo y parar, pero yo no", recuerda. El problema fue avanzando, hasta que tocó fondo. "Fue hace 21 años cuando mirando una novela mexicana me detuve en la historia de un personaje que era un tipo bueno cuando estaba sobrio y malísimo cuando estaba alcoholizado. Su situación cambió cuando empezó a ir a las reuniones de AA, entonces yo pensé que eso era lo que me sucedía a mí, y busqué al grupo".

Ana dice que llegó desesperada, "en las últimas", y que fue recibida con tanto amor que se sintió bien desde el primer momento. Pero sobre todo se enteró aquel día que tenía una enfermedad que se llamaba alcoholismo, algo que nadie, jamás, le había dicho. "Había buscado ayuda profesional durante años, pero no me había dado resultado. En AA encontré gente a la que le sucedía lo mismo, que podía entenderme de verdad, que no me juzgaba ni miraba raro".

Además de enfrentar sus problemas con el alcohol, Ana debió vencer el estigma y la vergüenza de ser una mujer alcohólica, algo que en un país con una estructura machista tiene un peso extra. Sin embargo, ella no es una rareza. Cada vez son más las mujeres que beben en exceso, nada inusual en la Argentina, que supera el promedio de alcohol per cápita de Latinoamérica y que, según un estudio de 2011 de la Organización Mundial de la Salud, duplica el promedio de consumo mundial. En 2010 el Sedronar, el organismo responsable de coordinar las políticas nacionales de lucha contra las adicciones, reveló que más de un millón de personas en el país están en condiciones de ser diagnosticadas como alcohólicos aunque la mayoría lo padece (ellos y su entorno afectivo) sin buscar asistencia.

Aunque ahora hay más gente que lo admite y busca ayuda es sólo la punta del iceberg. "Se acercan nuevos compañeros a diario y hay gente más joven que en otras épocas, pero todavía son pocos", analizan Ana, Luis y Sergio, quienes visitaron La Capital para dar testimonio de que es posible controlar la enfermedad y tener una vida saludable tanto física como emocionalmente.

Para iniciar el camino de la posible recuperación lo principal es admitir el problema. “Lo único que se le exige a quienes vienen a AA es que tengan deseos de dejar de beber”, dicen.
  El proceso, según las pautas que maneja esta organización mundial, se inicia con ese primer acercamiento y se sostiene con un programa de 12 pasos y 12 tradiciones, una guía de herramientas para mantenerse sobrio por 24 horas.
  Luis F., quien también hace muchos años que no toma ni una gota, asegura que “cuando empezás a practicar el programa lográs pensar de otra manera. La asistencia a los grupos y llevar a cabo los 12 pasos me permitió retomar el control de mi vida”.
  Luis es consciente de que la enfermedad no tiene cura pero sabe, porque lo experimenta, que es posible alejarse de la bebida.
  También habla de los temores y la soberbia que los caracterizan. “Uno toma porque tiene miedo, un miedo que no es normal, pero al mismo tiempo creemos que lo podemos manejar, que no necesitamos ayuda ... hasta que se vuelve inmanejable; entonces te echan del trabajo, tus relaciones familiares se deterioran, quedás tirado en el medio de la vereda y los vecinos te tienen que llevar a tu casa ...”.
  “Los que formamos AA, que no somos profesionales, le llamamos a eso defectos de carácter, algo que en mi caso se fue controlando con la puesta en marcha del programa”, relata Luis.
  A su lado, Sergio comparte la opinión. Sentirse identificado con lo que otro vivió es una de las características de los grupos y un aspecto que trae alivio. “Cada vez que llega un nuevo compañero me veo reflejado”, menciona el hombre que no toma desde hace 11 años pero que estuvo a punto de perderlo todo. Que se alejó de amigos y familiares que querían darle una mano, que llegó a tomar alcohol del botiquín (el mismo con el que se curan las heridas) cuando se quedó sin vino o cerveza de madrugada. Que juró no tomar más y llorando se arrastró a la heladera para abrir otro porrón.
  “Me acuerdo del terrible malestar, del dolor de cabeza, de estómago, porque el alcohol es un tóxico terrible. Pero a pesar de sentirme peor que nunca no podía parar. Por eso haber encontrado un lugar que me permitió salir de aquel infierno es algo que agradezco tanto”.
  Ocultar, mentir, callar, son acciones vinculadas al alcoholismo, dicen. “Estaba completamente borracha cuando llegaba mi marido pero le juraba que no había tomado. Escondía las cajitas de vino, las apilaba y ponía en bolsas para que no me descubrieran. Pero todos se daba cuenta, menos yo, de que me pasaba algo”, admite Ana.
  “Sí, la mentira y la negación están muy ligadas al consumo. El alcohólico miente todo el tiempo, y se engaña a sí mismo”, agrega Luis, que recuerda que hubo momentos en los que no se podía levantar de la cama.
  Ana, Luis y Sergio afirman que “todos los alcohólicos perdemos en algún momento el control sobre nuestra forma de beber. Por eso, cualquier persona que crea que tiene problemas con la bebida será bienvenido. ¿Cómo se hacen miembros? Viniendo a una reunión y diciendo cuál es su realidad”.
  El proceso no es fácil, lo reconocen, pero aseguran que de a poco las fortalezas van a apareciendo y a las primeras doce horas se suman otras doce, y así. “Se aprende a vivir sin chupar, pero además se crece mucho como persona”, enfatiza Ana, quien al igual que sus compañeros se siente una sobreviviente y por eso no esconde ni la sonrisa ni la gratitud.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario