Sábado 30 de Abril de 2022
La clase obrera industrial sufrió dos grandes mazazos en los últimos años con la crisis macrista y la pandemia por Covid 19, con sus consecuencias de pérdidas de puestos de trabajo, empeoramiento de las condiciones de trabajo y reducción real de los salarios. Hoy la actividad experimenta una fuerte recuperación, lo que se traduce en el empleo. Los que pudieron resistir y recuperar su puesto lo celebran, pero con la mochila a cuestas del impacto en la salud y en el bolsillo, con salarios que no logran recuperarse totalmente.
En el período más duro de la crisis macrista hubo empresas que cayeron y ya no se levantaron ,como la planta de cromado de metales Metalkrom, los talleres ferroviarios Rioro de Pérez y la fábrica de llantas Mefro Wheels, cuyo cierre definitivo fue el de “toda una rama de la industria, porque era la única en Argentina”, acotó el abogado laboralista representante de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) Rosario, Pablo Cerra.
El profesional recordó que sobre el final de la gestión de Mauricio Macri terminó con una caída del uso de capacidad instalada del 50%, agravada luego con las restricciones y embates de la pandemia. Sin embargo, “la crisis mundial, las medidas proteccionistas de los países y la decisión del gobierno de cerrar las importaciones y beneficiar a las industrias”, dio vuelta el panorama.
La industria y el sector metalúrgico en particular encabezan la recuperación. Sin embargo, “esto no significa que para los trabajadores esté todo bien, fundamentalmente por el problema salarial que excede a la industria y va a generar grandes desafíos”, dijo Cerra.
Cada fábrica, un mundo. Un mundo que se volvió complicadísimo, lleno de agonías fabriles. Los trabajadores se anoticiaban del despido, en muchos casos, de la forma más cruel: a la vuelta de un feriado, mediante un cartelito pegado a un portón cerrado con candado, detrás del cual ya no había una fábrica sino un galpón vacío. Sin telegramas, sin notificaciones, sin advertencias. Sin cumplimiento de pasos legales de rigor.
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Los trabajadores a los que les quedaba resto, luchaban gremialmente, reclamaban el Ministerio de Trabajo y visibilizaban el conflicto con protestas, esperanzados en que el Estado o algún inversionista los salvara.
Un ejemplo de esa agónica lucha y del rescate fue el caso de la Fundición Martínez, que ya en 2013 había arrancado con suspensiones y reducción de personal, lo cual se agravó hacia 2014. “El 16 de octubre fue el último día que trabajamos con Martínez, que estaba concursada; nos habían suspendido por 15 días, el 3 de noviembre debía arrancar pero pidieron una semana más y, en el interín no enteramos que la patronal pretendía cerrar y vender lo que quedaba”, recordó Miguel Echegaray, empleado de la firma.
Los 150 obreros de la fundición se organizaron en cuatro turnos diarios para acampar fuera de la planta de Granadero Baigorria, para custodiar las maquinarias y herramientas. La guardia duró cinco meses. Al final, quedaron 65, porque “muchos tuvieron que salir a changuear, a buscar comida para sus familias y no podían estar en el acampe”. La espera valió la pena. La empresa fue comprada por el empresario Ignacio Boero en marzo de 2015, quien en principio conservó los empleados más antiguos y fue reincorporando a los que no habían tomado retiros.
Pero las buenas noticias quedaron opacadas casi inmediatamente con los tarifazos de 2016. “La apertura de las importaciones nos terminó de tirar abajo, no podíamos levantar cabeza y aquel objetivo inicial de ampliar la planta quedó postergado”, comentó Echegaray. Para subsistir, la patronal recurrió a la estrategia de producir y comprarse a sí misma, ya que Boero también es dueño de una empresa de ejes y suspensiones, que comenzó a fabricar con las partes fundidas en Martínez.
Con el cambio de gobierno “empezamos a resurgir”, contó el trabajador. A los tres meses llegó la pandemia pero “sólo paramos por dos semanas porque al fundir partes de maquinaria agrícola” el trabajo continuó. Hoy la empresa incorporó más personal. Pese a que los salarios están al día, los salarios del sector metalúrgico quedaron bajos. “Tenemos que hacer muchas horas extras para llegar a fin de mes y eso repercute en la calidad de vida, porque nos resta tiempo para estar con nuestras familias”, contó Echegaray. De arrastre quedaron las secuelas de aquella lucha por sostener su fuente de trabajo. En la fundición, los empleados más antiguos tienen 40 años de servicio. “Entraron desde muy jóvenes, algunos a los 16 años, ya tenemos el físico con secuelas, en la espalda, en las piernas, caderas y ese conflicto nos avejentó muchísimo”, describió.
Carlos Marangoni, es un ex empleado de los talleres ferroviarios Rioro de Pérez, que en 2018 cerraron definitivamente, luego de una interminable puja con la patronal (Emepa SA) para impedir el vaciamiento de las instalaciones y lograr una indemnización digna. “Yo pensaba que mi vida laboral iba a terminar ahí, que me iba a jubilar ahí”, relató.
Marangoni pertenece a una familia de ferroviarios. Vive al lado de una vía. Su padre era ferroviario y su hijo hoy es maquinista. “Es una forma de vida”, acotó. En el 89 arrancó en las actividades en los galpones de Rosario que luego se fusionaron con las de Pérez. La flexibilización y bajos salarios agobiaban ya por 2008 "pero a partir de 2015, con los tarifazos, impuestazos y demás, el panorama pasó a castaño oscuro”.
En medio de una puja con la patronal por salarios y condiciones de trabajo, Emepa ofreció retiros voluntarios con una indemnización equivalente al 100% de lo que corresponde, “y 80 compañeros los aceptaron y se fueron. Fue horrible. Después vino la bomba de que los retiros eran de sólo del 10% a 15% y nos cerraron las instalaciones. Yo no me quería ir, pero ¿a dónde iba a ir a parar, con 54 años?”, recordó Marangoni.
Frente al temor de vaciamiento, los 70 trabajadores que quedaban tomaron una de las instalaciones y se quedaron hasta obtener respuestas. El acampe duró un mes y en agosto de 2018 se fueron, con el compromiso de una indemnización del 130% de la que corresponde para un despido. Desde entonces los talleres duermen sin que prospere ningún proyecto de expropiación y reactivación.
Tras su despido, Marangoni arrancó con trabajos de tapicería y a los dos meses comenzó a laburar en la construcción. Algunos de sus ex compañeros fueron contratados tiempo después por otras empresas metalúrgicas como Gerdau. Otros eligieron dedicarse a otros oficios. “Al principio ganaba bien con la construcción, pero ahora, con la inflación, estoy como estaba antes en Rioro. Haberme ido de ahí fue traumático. Me fui llorando. Era mi vida”, remató.
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