Un libro que hace eje en el 1º de Mayo en la Argentina

Un nuevo y profundo abordaje de una fecha fundamental como el 1º de Mayo. Lo coordinaron Diego Ceruso y Carlos Álvarez

14:20 hs - Jueves 30 de Abril de 2026

Hace 140 años, un Primero de Mayo de 1886, tuvo lugar una huelga que terminó en un brutal ataque y posterior condena de trabajadores en Estados Unidos que pasó a la historia como los Mártires de Chicago. Tres años después de aquellos sucesos, la fecha fue entronizada como día de memoria y protesta por la Segunda Internacional en París en reclamo de derechos para los trabajadores, entre los cuales el fundamental giraba en torno a lo mismo que había llevado a la condena y ejecución de aquellos “mártires”: la jornada de ocho horas de trabajo. En 1890 el Primero de Mayo fue conmemorado por primera vez, día que fue pensado como un evento único, pero que inmediatamente comenzó a sostenerse año tras año de forma ininterrumpida hasta el presente y con un alcance planetario. El 1° de Mayo constituye la única fecha laica de alcance mundial que es conmemorada en la mayoría de los países del mundo —con la singular excepción de los Estados Unidos, país donde tuvieron lugar los hechos que le dieron origen—, hecho que superó los objetivos originales postulados para 1890.

La importancia que esta efeméride ha tenido desde su origen resulta evidente en que sus sentidos y representaciones siempre fueron disputados por diversos sectores, no solo entre los trabajadores y las izquierdas. Día luctuoso y conmemorativo para algunos, de celebración para otros, la fecha recorre toda la historia de los últimos 140 años a nivel internacional, pero sobre todo en Argentina. Desde la primera conmemoración de 1890 que esta fecha forma parte del calendario nacional de diversos sectores que han entrado en disputa por sus significados. De esta forma, el presente libro se inscribe en esta nueva conmemoración de la efeméride para analizar su derrotero en el país en diferentes geografías y temporalidades en la búsqueda por reponer las complejas tramas que caracterizaron a la construcción de esta tradición obrera permanentemente en disputa.

Hoy, 140 años después de aquellos eventos, vuelve al ruedo la discusión por la extensión de la jornada laboral en Argentina, aspecto que pone de manifiesto que sigue tratándose de una lucha en curso. Este libro se propone, de esta manera, aportar conocimiento sobre la disputa de sentidos en torno al 1° de Mayo a partir de seis estudios articulados. Con ello además buscamos una mirada integral que permita analizar las tensiones étnicas presentes en los enclaves productivos regionales, la conquista de la agencia femenina en las tribunas y organizaciones obreras y las profundas disputas ideológicas entre las diversas corrientes políticas por el sentido de la efeméride, destacando además una perspectiva federal y transfronteriza que recupera la vitalidad de los trabajadores más allá del centralismo porteño.

Tapa

Carlos Álvarez reconstruye los primeros años de la efeméride en Rosario, una de las pocas ciudades del mundo que respondió al llamado internacional en 1890. El texto analiza el modo en el que el 1° de Mayo funcionó como un catalizador para la clase trabajadora, pasando de una convocatoria inicialmente socialista a una hegemonía anarquista que redefinió, también, el espacio público. El autor describe con detalle la disputa de sentidos: la tensión entre la “celebración encuadrada” que pretendían las autoridades y el “acto luctuoso y combativo” de los libertarios. Su valor reside en su capacidad para demostrar que esta tradición no fue una imposición vertical, sino una identidad construida desde las bases a partir de la cual Rosario forjó una tradición propia que desafió a la burguesía local y sentó los pilares de la organización federativa nacional.

Por su parte, Gonzalo Pérez Álvarez y Nicolás Gómez Baeza nos trasladan a una Patagonia donde la frontera entre Argentina y Chile era, para los trabajadores, una línea invisible en el marco de un territorio poroso. El texto analiza cómo el 1° de Mayo funcionó como un símbolo de unidad en un territorio dominado por el capital privado y el aislamiento. Los autores recorren tres períodos clave que enriquecen la investigación habilitando, además, un registro comparativo desde diversas cronologías y en consonancia con una perspectiva transfronteriza y global. El texto examina con detalle las pertenencias étnicas, las tensiones de género y ofrece una mirada de la Patagonia como un nodo vibrante del internacionalismo proletario que desafió las narrativas nacionales.

Ayelén Burgstaller se sumerge en el corazón del Norte argentino para explorar cómo el anarquismo utilizó el 1° de Mayo como una plataforma de agitación y denuncia. Analiza con agudeza la prensa ácrata de la época para mostrar un movimiento que, lejos de ser marginal, estaba profundamente conectado con las realidades de la industria azucarera. La autora describe las veladas, las giras de propaganda y los conflictos en los ingenios, donde el reclamo por las ocho horas seguía vigente cuarenta años después de Chicago. Su gran mérito es descentralizar la historia obrera al tiempo que rescata la dimensión regional y étnica, analizando la explotación de las comunidades indígenas en Orán y la capacidad de la militancia para amalgamar la lucha urbana con la de los trabajadores rurales. El texto ofrece una lectura esencial para entender la vitalidad y las fracturas internas del anarquismo en un contexto de represión y cambios sociales profundos.

Mariana Pereyra presenta un estudio revelador sobre la metamorfosis de los rituales obreros mendocinos. El texto analiza cómo las mujeres pasaron de ser figuras con escasa visibilidad que solo organizaban festivales anexos, a convertirse en oradoras y líderes de las marchas a partir de 1936. La autora vincula este avance con hitos concretos: las huelgas en las fábricas conserveras y la solidaridad con la Guerra Civil Española, que permitieron a las mujeres ocupar un espacio público históricamente masculinizado. Su perspectiva de género permite resquebrajar el mito del “trabajador varón” e iluminar la agencia femenina de la que formaron parte renombradas figuras como Florencia Fossatti e Isabel Otero. Su indagación, que reconstruye las prácticas rituales y simbólicas, permite comprender cómo las relaciones de género dentro de la clase trabajadora se transformaron al calor de la lucha social y política de los años 30.

Nicolás Iñigo Carrera analiza la huelga general y la movilización masiva de 1936, una de las jornadas más potentes de la historia obrera argentina. El texto examina el papel central de la Confederación General del Trabajo al convocar a los partidos políticos imponiendo un programa de mejoras inmediatas y la defensa de las libertades públicas. El autor explora lo que denomina el triunfo de la estrategia mayoritaria —reformista— de la clase sobre la revolucionaria, es decir, la búsqueda de influir en el sistema político en detrimento de la lucha, postulándose como la dirección de un frente opositor nacional frente al gobierno de la Concordancia. Ampliando su mirada más allá de la Capital Federal y sus alrededores, sigue los pasos de las movilizaciones de una fuerza obrera organizada en donde uno de los vectores de análisis es la postulación de la emancipación nacional, sentando las bases de procesos políticos que suelen atribuirse erróneamente solo a décadas posteriores.

Por último, Jessica Blanco disecciona con precisión cómo el 1° de Mayo en Córdoba fue un termómetro para medir las fuerzas y tensiones entre socialistas y comunistas. El texto analiza la evolución de los discursos, desde la unidad antifascista de los años 30 hasta la resistencia frente al avance del peronismo, que intentaba transformar el día de lucha en uno de “armonía social”. La autora explora la conquista del espacio público —como el caso de la emblemática “calle ancha”— y destaca un hito fundamental: la irrupción de la oratoria femenina en la década del 40. Al trasvasar la creencia de un movimiento obrero monolítico, Blanco revela las fricciones internas y las disputas por el sentido de la fecha —incluso observando a los católicos—, ofreciendo una crónica detallada de cómo las izquierdas cordobesas defendieron su identidad clasista y su autonomía sindical, hasta su prohibición definitiva.

En definitiva, este recorrido federal demuestra que el 1º de Mayo no fue un ritual estático, sino un catalizador de identidades locales profundamente conectadas con sus realidades regionales. Al rescatar estas experiencias, el libro busca reconstruir una historia obrera y de las izquierdas más plural y compleja, donde el género, la etnia y la política se entrelazan para sopesar el centralismo de las narrativas tradicionales. Por último, en un aspecto no menor, este conjunto de trabajos logra poner en valor el uso de la prensa obrera y de las izquierdas y los archivos regionales como fuentes vivas, permitiendo que la voz de los trabajadores y sus organizaciones recuperen su lugar en una narrativa histórica que, en ocasiones, les fue negada o simplificada.