Desde el diván

Resetear

"¿Cómo es que seguimos llamando conciencia a una instancia cuya dificultad esencial es precisamente ser capaz de conciencia?", dice el autor de esta brillante nota

Domingo 19 de Septiembre de 2021

Por lo que parece no sería muy interesante invitar a alguien a resetear. No es imaginable semejante fórmula de acercamiento en una oficina, aula, fábrica, boliche o donde sea de forma tal que cualquier ser de la diversidad actual lance la frase con la insólita invitación para disolver la distancia tan requerida en estos tiempos pandémicos. Sin embargo el verbo ya se instaló entre nosotros, aunque en uso restringido.

Nuestra magna Academia de la Lengua aún no registró el término. Es sabido: a la Academia no le gustan demasiado las novedades presentes en el Habla de la Lengua. Cada cierto tiempo la célebre institución española, en su pretensión de comandar la lengua castellana, admite palabras o expresiones antes rechazadas como impropias. Es el caso del pleonasmo “subir arriba” o su opuesto “bajar abajo”. Rastreando la palabreja resetear se nos envía a “reset” el término inglés para nombrar el reinicio de la computadora. Es decir volver al inicio, o bien un nuevo comienzo.

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Diccionario de la Real Academia Española. Suba arriba y baje abajo.

Diccionario de la Real Academia Española. Suba arriba y baje abajo.

A este último sentido se refiere el diario El País (Madrid) con un artículo titulado inquietantemente “La ola verde nos resetea”. Una referencia a los distintos movimientos y asambleas alertando sobre los desastres climáticos (y demás despropósitos). Una serie de debate en Europa donde se discute el actual modelo económico-social. ¿Qué quiere decir semejante título? Más aún, ¿a quién va dirigido? Claramente el “nos” se refiere a nosotros, la humanidad en tanto tal. A buenos y malos. A responsables e irresponsables. A gobernantes y gobernados. Un clamor a que dejemos de destruir implacablemente el planeta. O mejor aún, nos exhortan a tomar conciencia por sí hacía falta –y ¡hace falta!– de aquella sentencia de Thomas Hobbes alertándonos sobre que “el hombre es el lobo del hombre”.

Más de seiscientos años después de que el filósofo inglés lanzara la advertencia, la humanidad sigue sumando uno tras otro la serie interminable de presentes destructivos. Al punto de que de seguir así no falta tanto para la extinción misma de los lobos. Con lo que lograríamos el notable milagro negativo de extinguir una metáfora. Sin lobos metiendo miedo, no hay metáfora. O bien, el final de esa especie de una belleza indomesticable no acabaría bajo las balas de cazadores imperdonables e impresentables. Con toda probabilidad la sociedad domesticadora se ocuparía de reconvertir a los últimos lobos. A la postre reconfigurados en mascotas. Incluso el pequeño niño podría dormir sin necesitar su objeto transicional. El mismísimo lobo reconfigurado serviría para contener los fantasmas encendidos al apagar la luz.

Si la pandemia (por ejemplo) implica una interpelación dirigida a la humanidad como tal, ¿a qué se debe? ¿Acaso no fueron interpelantes los variados genocidios cometidos por los humanos en contra de los humanos en distintos espacios y tiempos históricos? En rigor no lo fueron. O simplemente no fueron suficientes. Aún no lo son. Es que hay algo que está a la vista y sin embargo no se ve. Tal vez el mayor de los síntomas de los humanos: nuestra conciencia no es consciente.

¿Cómo es que seguimos llamando conciencia a una instancia cuya dificultad esencial es precisamente ser capaz de conciencia? En este sentido la pandemia puso en juego una vez más esa extraña capacidad patológica de los humanos de ser y no ser conscientes. Freud, en su diálogo con el mundo, vino a decirnos que la conciencia no ocupaba la mayor parte de la psiquis humana en tanto y en cuanto hay una instancia por él descubierta y por él conceptualizada llamada lo inconsciente, una suerte de iceberg según la trillada imagen determinante de la fragilidad humana siempre presa de un inconsciente oculto que no maneja.

Pero de lo que no se ocupó demasiado el inventor del psicoanálisis es de la otra dimensión de la psiquis. Esto es, la relación de la trajinada conciencia con la realidad exterior. Esta fragilidad a nivel individual también es constatable en la sociedad. Incluso en las sociedades. En estos días nuestro planeta encontró un enemigo común, al norte, al sur, al este y al oeste: el Covid. Un agente infeccioso acelular en la jerga biológica, replicador serial, pendiente de un organismo donde domiciliarse. Es decir, un otro que no es él mismo. En cierto sentido igual que el propio ser humano. Sin otro no puede vivir. En suma, un bichito frágil flotando en el aire. En caso de no encontrar más o menos rápido un domicilio, cae y se extingue. De lo contrario salta o vuela y se instala en nuestro interior, con lo que su fragilidad muta en monstruosidad destructiva amenazándonos con dejarnos sin aire y sin omnipotencia aferrados a una respiración mecánica.

Aproximadamente cien años atrás el propio Freud advertía que el humano vive el presente con cierta ingenuidad. Tal vez haya que decir mucho más: la mayor de las ingenuidades humanas es pensar que haya presente. El presente es un regalo… que nunca nos llega. Entre el peso del pasado (bueno y malo) y la irremediable incertidumbre del futuro, el sujeto se refugia en la ilusión ingenua del presente. De ahí el constante llamado a vivir el presente. Quizás el golpe más fuerte de esta maldita pandemia fue contra la proverbial ingenuidad humana.

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Represor Nicolaides. Un giro de 360 grados.

Represor Nicolaides. Un giro de 360 grados.

Hoy por hoy se resetea a toda hora para devolver la normalidad a los objetos descarriados. En esa línea muchas voces y plumas claman por una nueva normalidad. Generalmente anterior. No parece una gran idea. Es preferible después de la terrible pesadilla despertar a un plural de normalidades, hábitos y costumbres siempre pasibles de ser cuestionados. El término “cambio” es la palabra más gastada de nuestra lengua. Se sabe desde hace mucho tiempo de proyectos de cambio para que nada cambie. Mito o realidad, se cuenta de una suerte de acto fallido del inefable (como mínimo) general Cristino Nicolaides. El hombre produjo un notable ejemplo en el intento de ponderar la contundencia de un cambio proclamado: prometió un giro de 360 grados. O sea un salto al mismo lugar. La grieta en los pronósticos actuales se divide entre las voces que avizoran un giro social de 180° para una sociedad distinta. Y los que sentencian irónicamente un cambio de 360° porque nada cambiará. Mejor ni 180 ni 360. Ni siquiera resetear. En lugar de que el pasado nos pise, en todo caso repasarlo para ver que las cosas siempre pudieron y pueden ser distintas. En cuanto al futuro, mejor la incertidumbre, la mayor vacuna para evitar que nos colonicen.

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