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Comparables incomparables

El futbol es una cita. Cada cuatro años en el caso de los mundiales. Clásicamente la cita de los domingos aunque desde hace tiempo el fútbol se ha inmiscuido en toda la semana.

Domingo 24 de Junio de 2018

El futbol es una cita. Cada cuatro años en el caso de los mundiales. Clásicamente la cita de los domingos aunque desde hace tiempo el fútbol se ha inmiscuido en toda la semana. En cualquier día en casi todas las casas en casi todas las pantallas. El futbol no deja de ser un caso muy curioso, tiene mucha prensa y a la vez mala prensa. Junto con la religión está entre los máximos responsables de obnubilar las fatigadas conciencias humanas siempre tan adormecidas desde hace 2.500 años o quizás más.

La gran pregunta es: ¿dónde está una de las claves más importantes de la condición humana, en la mente? ¿En tal caso, en la conciencia? ¿O bien en lo inconsciente? ¿En lo más conocido o en lo más desconocido del bicho humano? Que lo inconsciente sea un crisol tan inapagable como inagotable no nos releva de tratar de entender qué es lo qué pasa con su síntoma fundamental: la famosa conciencia paradójicamente poco o nada consciente. Durante tantos años el futbol resultó ser exclusivamente una cosa de hombres, jugadores o espectadores masculinos de cualquier edad y condición social. Aunque ciertamente las clases populares han dado sus mejores hijos en las canchas, plazas, patios, campitos y demás escenarios del más popular de los deportes, hoy por hoy incorporando mujeres en estadios y campos de juego. El fútbol de antaño, además de ser cosa de hombres, era cosa de la radio. Antiguamente los partidos eran relatados por relatores famosos como Fioravanti, escuchados los domingos por la tarde formando parte inseparable de la clásica tristeza de los domingos. Toda una época donde no había partidos a toda hora y de todos los lugares del mundo de forma tal que el temido atardecer dominguero tenía su núcleo melancólico cuando se acababan los sonidos del fútbol en medio de la resaca de las desmesuras del fin de semana. El domingo por la noche rubricaba la semana con una pseudocena. Café con leche y a dormir. Tiempo después la pizza reemplazó el café con leche con hombres portando las típicas cajas grises —tan tristes como el propio domingo— para cenar las remanidas pizzas en familia. En Los siete locos, la célebre novela de Roberto Arlt, el Astrólogo le dice a Erdosain: "El Hombre es una bestia triste a quien sólo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías". Lejos de ser la única estremece pensar en el remate de la frase del Astrólogo… "o las carnicerías"…dicha en 1929 en nuestros pagos a 10 años del inicio de la mayor carnicería del siglo XX a cargo del mundo civilizado.

El humano resulta ser un bicho muy distinto al resto de los bichos por motivos varios, fundamentalmente con relación a la creación y a la locura exclusivas de los humanos, al igual que las carnicerías. En cambio no tanto con respecto a las emociones —también propias de los animales— como es el caso de la alegría o la tristeza pero con la debida aclaración de que si el bicho es una mascota entonces es porque tiene amo. En tal caso agita el rabo con alegría. Bien mirado no muy distinto en los humanos que muchas veces viven mejor con amos que con libertad. Tal vez la bendita o maldita diferencia está en los prodigios. Los bichos no necesitan prodigios. Los prodigios para el bicho humano pueden ser muchos, tanto que no pueden constituir un listado exhaustivo. Sin embargo nunca son suficientes, esa es la otra gran diferencia con los demás bichos. Nunca es suficiente la riqueza. Razón por la cual tampoco lo es la pobreza. El fútbol es uno de los prodigios de la creación humana (inglesa) lejos de ser la más grande de las creaciones, imposible de comparar por caso con Las Meninas. Aun así es algo bastante más grande que el diagnóstico borgeano de once contra once detrás de una pelota. Con su extraordinaria ironía más su enorme talento Borges dirá si el fútbol es tan popular es porque también lo es la estupidez. Sin dudas, de la estupidez nadie se salva, ni siquiera los genios. Es sabido que el fútbol es una de las cortinas de humo más famosas utilizada al parecer por todos los gobiernos, de algún modo compitiendo con la religión para ser el opio de los pueblos (al decir de Marx) por cierto con bastantes similitudes. Comparten pasiones discriminantes en modo racismos. Ambos discursos muy proclives a los extremos y a los fundamentalismos. También comparten perversiones, corrupciones y negocios sucios sin que se altere su vigente popularidad. Con todo, religión y fútbol no comparten sus respectivas esencias. La esencia es invisible a los ojos decía el Principito en su inspiración platónica. Para el gran filósofo griego, enemigo acérrimo de la democracia, el cuerpo es la cárcel del alma. Precisamente únicamente los ojos del alma son capaces de contemplar las esencias. En la religión —también de inspiración platónica— el combate es del alma para dominar al cuerpo, en el fútbol el combate es cuerpo y alma en un dominio siempre efímero del otro. Se trata de una diferencia esencial. Así como la religión aporta un tipo de ser, el religioso, el fútbol también aporta uno, el futbolero. El futbolero no es el fanático. El fanático es un ser unipolar o sea un religioso, in extremis con riesgo de psicosis. El futbolero es bipolar. Sufre, duda y disfruta. Un espécimen en las aguas de la neurosis, a veces nada, a veces flota, a veces siente que se ahoga. En definitiva la religión y el futbol se diferencian en su esencia. La religión borra la incertidumbre (o trata). El fútbol no la borra, en ocasiones apenas la gambetea.

Finalmente, el fútbol es una cita con la infancia, aquel territorio en que el tiempo era más lento. En aquellos tiempos los ídolos del fútbol sólo conocidos por las figuritas eran siempre mayores que uno. Hasta un día que los jugadores pasaron a ser (no se sabe bien cómo) menores que uno. El tiempo nos estaba citando. Ahora bien, las preguntas de los comienzos vuelven en su insistencia respecto de dónde está la clave de la condición humana. Lo cierto es que carecemos de una clave biológica tan certera como el instinto de nuestros hermanos biológicos. Lo que nos lleva a una psiquis de alta complejidad sumida en las vicisitudes de la articulación entre consciente e inconsciente. El jueves 14 de junio se abrió una nueva cita con el Mundial, muchos turistas in situ en el turno argentino de dos días después. Pero la mayoría de los futboleros estamos aquí. Después del sábado los pronósticos irradiaban un solo color: negro. Algunas crónicas deportivas asustan con su sentencia: Argentina está condenada a que Messi levante la copa. Cualquier otro resultado se titulará Messi capitán del fracaso de una generación. Se dirá que semejante exigencia es una muestra del exitismo argentino. Un lugar común, por lo demás bastante trillado. Ante cualquiera de los dos resultados se repetirá aquello de que el fútbol no arregla los problemas de fondo. Otro lugar común. Menos todavía los que nos trae el Fondo. Así las cosas los indiferentes se asomarán al Mundial, los turistas coperos hablarán de cuánto cuestan las cosas por allá. Como siempre los futboleros sufriremos o disfrutaremos. En cuanto a la conciencia, que cada cual haga su cita.

El temido atardecer dominguero tenía su núcleo melancólico cuando se acababan los sonidos del fútbol en medio de la resaca de las desmesuras del fin de semana.

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