Opinión

Un cómico para la presidencia

Un cómico ucraniano que se hizo famoso por representar en una serie de televisión al presidente de su país ganó las elecciones y gobernará Ucrania.

Miércoles 24 de Abril de 2019

Parece un chiste pero no lo es. Un cómico ucraniano que se hizo famoso por representar en una serie de televisión al presidente de su país ganó las elecciones y gobernará Ucrania, una de las naciones más grandes pero más pobres de Europa.

Volodomir Zelenski, de 41 años, no tiene ningún antecedente ni formación política y tampoco dijo qué hará en el gobierno. Pero en el ballottage del domingo último superó ampliamente al actual presidente, que iba por la reelección, con más del 70 por ciento de los votos. Durante la campaña electoral no prometió nada, pero si fustigó con dureza la corrupción estructural de Ucrania, las desigualdades, las penurias por la muerte de miles de vidas humanas en la guerra contra los separatistas y la pérdida de la región de Crimea a manos de su vecino ruso. No parece una tarea sencilla para resolver durante los próximos cinco años de su gobierno pero, sin embargo, los políticos tradicionales tampoco le han encontrado solución a esas dificultades.

Zelenski interpreta en la ficción a un profesor de historia que se burla del establishment ucraniano y que a través de las redes sociales se hace famoso. Finalmente gana las elecciones presidenciales, como luego ocurriría en la vida real.

El comediante ucraniano no es una excepción. En Italia, Beppe Grillo, también un humorista, fundó el Movimiento Cinco Estrellas y se convirtió en el partido más votado en las elecciones generales de 2017 al denunciar la hipocresía de la política italiana y los manejos oscuros del poder.

En Guatemala, Jimmy Morales, un actor y productor televisivo, ganó las elecciones en 2015 y es el actual presidente del país centroamericano.

En Estados Unidos, aunque no se lo reconozca como comediante pero se parece bastante, Donald Trump, con la promesa de una política económica proteccionista y apelando al sentimiento nacional ("America first") se convirtió en 2017 en el presidente de la primera potencia económica y militar del planeta. No importó su promesa de anular beneficios sociales del gobierno de Barak Obama, maltratar verbalmente a las mujeres, insultar a la prensa o calificar de delincuentes a los mexicanos. Los norteamericanos lo llevaron a la Casa Blanca con el único antecedente de ser un magnate de la construcción que se resistió a presentar su declaración jurada de impuestos.

¿La política tradicional está agotada en todo el mundo? ¿El electorado, sea europeo o americano, busca nuevos referentes ante la crónica incapacidad de los dirigentes de encontrar soluciones a las dificultades de la vida? ¿Las distintas religiones, que lo explican todo a sus creyentes, ya no constituyen un factor determinante con el que contrarrestar el malestar de la incertidumbre sobre la existencia?

Para no ir tan lejos, desde la conformación de los estados nacionales en el siglo XIX el ser humano viene de fracaso tras fracaso. Guerras mundiales, dictaduras asesinas, fundamentalismo religioso, hambrunas generalizadas y una notable desigualdad de desarrollo económico entre los países. Ni la tecnología, ni el avance científico impresionante del último siglo han logrado revertir drásticamente ese cuadro de inequidad global, aunque el progreso de los que se benefician de la modernidad haya sido asombroso.

En la revista Topía, un sitio de psicoanálisis, sociedad y cultura (edición número 85, de este mes), los psicoanalistas argentinos Enrique Carpintero, César Hazaki yAlejandro Vainer advierten lo siguiente: "El mundo parece derivar hacia una nueva tentación fascista. El actual capitalismo neoliberal multiplica desigualdades cada vez más profundas. Esto produce una fragmentación que promueve nuevas formas de desidentificación y desubjetivación. Ante este estado de situación, la tentación fascista es un camino que tiene horizontes de mayor destrucción y crueldad, tal como en la primera mitad del siglo XX."

Lo cierto que hoy, en el siglo XXI, el ser humano sigue con interrogantes existenciales parecidos a sus antecesores, pero advierte que en la política tradicional no encuentra las respuestas a su vida terrenal.

En este contexto internacional de descrédito de la política como elemento transformador de las realidades sociales no sería impensado que el fenómeno se acerque alguna vez a la Argentina. Por fortuna, parecería que aún no ha llegado a estas latitudes algunos ejemplos internacionales. ¿Pero sería descabellado pensar que personajes como el conductor televisivo Marcelo Tinelli o el diputado salteño Alfredo Olmedo puedan obtener un caudal electoral suficiente para convertirse en verdaderos protagonistas de la política nacional? El primero por su popularidad mediática y la acción narcotizante que ejerce sobre el pensamiento y el segundo por una mirada primitiva y fascistoide de la realidad al estilo Bolsonaro en Brasil. Ambos son expresiones de una sociedad que va perdiendo valores fundamentales.

Sin embargo, el desarrollo de esos pensamientos desvariados no encuentra un arco dirigencial que los enfrente con políticas públicas concretas, con hechos palpables de un camino hacia el progreso sustentable e inclusivo, más allá de los discursos vacíos de contenidos y melancólicos de un pasado que supuestamente fue mejor o exaltados por un futuro maravilloso que se asegura está por llegar. Son los mecanismos habituales de una construcción política que está en retirada en todo el mundo y que abre —en algunos casos, no en todos— paso a lo incierto, insospechado y peligroso, tanto o más que el statu quo que intenta desalojar. Es un fenómeno difícil de explicar en cualquier universidad en la que se estudien los procesos políticos y sociales a través de la historia moderna.

Así, la protesta de los chalecos amarillos en Francia que se generó en un reclamo popular por el aumento de los combustibles viró hacia la ultraderecha, a la violencia desenfrenada y a un caos ideológico imposible de desentrañar. Es la misma Francia donde el mes que viene los grupos ultranacionalistas pueden dar un gran golpe en las elecciones del Parlamento Europeo. Es la misma Francia de la libertad, igualdad y fraternidad de la Revolución Francesa que consigue en 24 horas donantes por 800 millones de euros para reconstruir una catedral, pero que mantiene barrios con miles de marginados cuyas condiciones de vida son impensables en Europa.

Tal vez por algunas de estas cosas, los cómicos y comediantes van tomando posiciones de liderazgo en el mundo.

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