Opinión

Trump y Macri

El conocido proverbio de que "los trapos sucios se ventilan en casa" no parece seguir la lógica de los gobiernos de Estados Unidos y de la Argentina.

Viernes 07 de Septiembre de 2018

El conocido proverbio de que "los trapos sucios se ventilan en casa" no parece seguir la lógica de los gobiernos de Estados Unidos y de la Argentina.

En uno de los mayores escándalos desde el caso Watergate, el presidente Donald Trump se ve sacudido estos días por dos situaciones muy puntuales. En primer lugar, el martes estará a la venta un libro del periodista Bob Woodwar, quien justamente destapara el caso Watergate que derivó en la renuncia de Richard Nixon en 1974. El diario The Washington Post adelantó fragmentos de ese libro, titulado "Fear: Trump in the White House (Miedo: Trump en la Casa Blanca) donde revela un cuadro de situación increíble en la conducción política de la primera potencia económica y militar del planeta. Según Woodwar, a Trump le esconden documentos sensibles para firmar y no lo advierte, ha querido asesinar al presidente sirio Bashar al Assad y algunos de sus colaboradores lo consideran un desquiciado y un idiota. También que actúa y entiende como un alumno de 5º o 6º grado cuando le dan explicaciones sobre distintos aspectos complejos del gobierno. De inmediato, altos funcionarios de Washington salieron a descalificar el libro como una novela sin sentido producto de la imaginación de un periodista.

Sin embargo, una situación casi inédita en uno de los más prestigiosos diarios del mundo, The New York Times, ocurrió el miércoles último. En el habitual espacio que se denomina "op-ed" (opposite the editorial page), donde el diario publica artículos de colaboradores externos y ubica ese lugar en la página enfrentada a sus editoriales, salió un texto anónimo, algo muy excepcional. El diario explicó que conoce la identidad del autor del artículo, un funcionario de alto nivel de la Casa Blanca, pero que para no poner su puesto en riesgo aceptó publicarlo sin firma porque era trascendente para sus lectores.

Con el título de "Soy parte de la resistencia dentro del gobierno", el funcionario a quien ahora todo Washington intenta saber quién es, escribió: "Para ser claros, la nuestra no es la popular resistencia de la izquierda. Queremos que el gobierno tenga éxito y pensamos que muchas de sus políticas ya han convertido a Estados Unidos en un país más seguro y más próspero. No obstante, creemos que nuestro primer deber es con este país, y el presidente continúa actuando de una manera que es perjudicial para la salud de nuestra república. Es por eso que muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el cargo. La raíz del problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma de decisiones."

Y todavía el texto anónimo fue más allá: "Las reuniones con Trump se descarrilan y se salen del tema, él se involucra en diatribas repetitivas y su impulsividad deriva en decisiones a medias, mal informadas y en ocasiones imprudentes, de las que posteriormente se tiene que retractar. No hay manera, literalmente, de saber si él cambiará su opinión de un minuto al otro".

Por la seriedad del diario, el artículo no puede ser considerado en la categoría de las "fake news" o noticias falsas con las que Trump viene descalificando a la prensa norteamericana. El libro de Woodward y el artículo anónimo coinciden en la temeridad con que se maneja la cosa pública tanto doméstica como internacional en la Casa Blanca y los potenciales peligros que esta situación conlleva no sólo para el pueblo norteamericano sino para toda la humanidad. Lo llamativo de esta situación es que el primero en hacer pública la solidaridad por el "ataque" al presidente norteamericano fue el inefable dictador norcoreano Kim Jong-un.

La verosimilitud de la información sobre lo que sucede puertas adentro de la residencia de gobierno de los Estados Unidos lleva a reflexionar sobre lo ocurrido el fin de semana último en la Argentina, en aspectos mucho menos graves pero con síntomas que no deberían ser pasados por alto. Durante 48 horas la información que se filtraba a la prensa desde el interior de la quinta presidencial de Olivos fue de una gravedad institucional singular. Circularon varios nombres de economistas para reemplazar a Nicolás Dujovne, se aseguraba que Alfonso Prat-Gay había sido designado canciller y que los cambios en el gabinete eran muy profundos, entre otros trascendidos.

Nada de eso ocurrió, pero peor aún nunca se supo si verdaderamente existieron esas marchas y contramarchas, renuncias, nominaciones de funcionarios o se trató de mala praxis periodística al dar a conocer información sin fuentes seguras y confiables que las respalden. Sí, fue grave la debilidad del aparato de comunicación del gobierno, que permitió que rumores generalizados se extendieran durante dos días sin confirmar o desmentir lo que sucedía dentro de la residencia de Olivos.
La diferencia con los Estados Unidos es que a pesar de que puertas adentro de la Casa Blanca ocurran cosas extrañas, nunca tienen derivaciones en los mercados financieros ni en la paridad de su moneda. En cambio, en la Argentina, por su mal récord en materia de pagos, defaults, turbulencias sociales, inflación y todo lo conocido en casi un siglo, la menor señal de volatilidad genera un daño exponencial en la economía.

Si un bróker que maneja un fondo de miles de millones de dólares en alguna parte del mundo siguió en detalle lo que ocurrió en la Argentina el último fin de semana (con tuits desde el oráculo de Elisa Carrió incluidos), ese mismo lunes seguramente habría aconsejado a sus inversores a desprenderse rápidamente de bonos u otros instrumentos financieros que tengan que ver con la Argentina. A Estados Unidos no le ocurre eso, pese a que lo conocido ahora de la intimidad de la Casa Blanca supera lo imaginable. El dólar mantiene su fortaleza, los bonos del Tesoro norteamericano siguen siendo de atracción mundial y la economía no pierde vigor.

Algo similar ocurre con frecuencia en Italia, donde la política y la economía transitan por andariveles diferentes y pese a lo escandaloso que pudo haber sido el gobierno de Silvio Berlusconi, por dar un ejemplo contemporáneo, ese país siempre figura entre las primeras economías del mundo desarrollado.

La Argentina no tiene esa bendición, no producto de una maldición divina, sino de la propia acción ininterrumpida de varias generaciones de argentinos que no quisieron, no supieron o no pudieron aprovechar la generosidad natural de este país para transformarlo en prosperidad para toda su población a lo largo del tiempo.


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