Opinión

Repensar el mundo tras la pandemia

Hay millones de personas que intentan escapar de sus países. Todavía existen tiranos y monarcas medievales que sojuzgan a sus pueblos y fanáticos religiosos.

Lunes 30 de Marzo de 2020

Leningrado, 27 de enero de 1944. La ciudad rusa ponía fin a 872 días de sitio impuestos por los ejércitos de Alemania y Finlandia en la Segunda Guerra Mundial. Al menos 700 mil civiles murieron por desnutrición, epidemias y bombardeos de artillería. Cadáveres apilados en las calles y la población tratando de alimentarse con lo inimaginable (hasta el pegamento de los empapelados arrancados de las paredes era usado para hacer sopa), eran escenarios habituales.

Pasaron 76 años y hoy, renombrada como originalmente fue fundada, San Petersburgo, la ciudad mantiene su señorial aura cultural y caminar por sus calles es introducirse mágicamente en alguna novela de Dostoievski.

Aquellos tiempos dramáticos, en la mitad del siglo XX, cambiaron drásticamente a todo el planeta. Se redibujó el mapa de Europa, se independizaron grandes enclaves coloniales como la India y comenzó la Guerra Fría, que duraría varias décadas. Luego llegó la globalización y un mundo hiperconectado, pero no por eso menos desigual.

Salvando las enormes distancias entre dos situaciones dramáticas, como una guerra mundial y esta pandemia, ¿qué cambios importantes políticos y sociales habría que esperar una vez que se termine de derrotar al coronavirus? ¿Serán tan profundos como los del siglo pasado o todo volverá a ser parecido a la situación anterior a esta crisis sanitaria inédita?

Estados Unidos, la primera potencia económica y militar del mundo ya entiende, pese a Donald Trump, que la cosa es seria y tras evaluar qué es lo que vendrá y para mantener su liderazgo, el Congreso aprobó un rescate económico para empresas y ciudadanos de 2,2 billones de dólares, el mayor de su historia y equivalente al 10 por ciento de su gigantesco PBI.

Todos los países, incluido la Argentina, se han movido en esa dirección, claro que las espaldas de los Estados para hacer frente a la crisis varía notablemente. No es lo mismo un país industrializado que otro con una economía precaria. En ese sentido ya hay movimientos internacionales que reclaman ante los organismos de crédito públicos, como el Fondo Monetario y el Banco Mundial, que condonen o achiquen sustancialmente las deudas de los países más pobres y que exhorten a aceptar a los acreedores privados condiciones ventajosas de negociación para los más endeudados, como la Argentina.

Precisamente, el Fondo Monetario y el Banco Mundial fueron creados en julio de 1944, casi un año antes del fin de la guerra en Europa, durante la conferencia mundial de Bretton Woods, en Estados Unidos, con el propósito de que la economía global sea estable y próspera. ¿Se lograron esos objetivos en las siete décadas que les siguieron?

Ha sido notable como una parte del planeta mejoró su calidad de vida en ese lapso con la irrupción de la globalización, la tecnología y los avances científicos en todos los órdenes.

Pero aún hay millones de personas que ni siquiera tienen acceso al agua potable ni a una vivienda digna, hay miles de muertes por desnutrición y enfermedades evitables. Hay zonas del mundo donde se sigue luchando en guerras fratricidas, como en Siria o vastos sectores del África subsahariana. Hay millones de personas que intentan escapar de sus países para evitar vidas miserables. Todavía existen los tiranos y monarcas medievales que sojuzgan a sus pueblos y fanáticos religiosos que dicen tener la verdad revelada y masacran a quienes se les oponen. Un horror en pleno siglo XXI.

¿Qué responsabilidad tienen sobre la existencia de este tétrico escenario mundial, de enormes poblaciones que viven en la marginalidad y en medio de guerras permanentes, las naciones industrializadas, las que tienen recursos materiales y desarrollo científico para terminar con este oprobio crónico?

Si tras la pandemia la humanidad logra mejorar las condiciones de vida de millones de personas y darles oportunidades similares de progreso, al menos habría un aspecto positivo entre tanto drama y muerte.

Si todo vuelve exactamente a lo anterior, se habrá dejado pasar la oportunidad de repensar, desde la política, la economía y también la filosofía, un nuevo paradigma mundial menos desigual para el actual y el próximo siglo.

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