Opinión

¿Quién quiere ser presidente?

Sábado 01 de Junio de 2019

Como en una partida de ajedrez, las principales fuerzas políticas del país con aspiraciones de poder mueven sus fichas para ejecutar las mejores jugadas para las elecciones presidenciales de octubre. En las últimas horas este panorama se muestra con mayor claridad ante la ambivalencia de Sergio Massa, quien con un caudal nada despreciable que se estima en alrededor del 10 por ciento de los votos, se ha convertido en una suerte de estrella que todos quieren tener en su equipo.

Massa, mientras deshoja la margarita, siempre sostuvo que su objetivo es llegar a la presidencia. Macri intentará ser reelecto y el reflotado kirchnerista Alberto Fernández está más que nunca en carrera. Pero, ¿por qué y para qué quieren ser presidentes?

Macri, si finalmente no se baja de la candidatura, y Fernández son los dos únicos con posibilidades de llegar. Cualquiera que gane seguramente lo hará con un estrecho margen de votos, asumirá con un Congreso sin grandes mayorías y le espera una sociedad absolutamente dividida.

Si Macri, como prometió, sigue adelante y profundiza su programa económico, el resultado será el agravamiento de la crisis social. Su filosofía neoliberal ya no la aplica ni Estados Unidos, que está en plena guerra comercial con China para proteger su industria nacional y favorecer el empleo.

Si regresa el kirchnerismo con Fernández-Fernández y no revisa lo hecho en sus doce años de gobierno con severas autocríticas, volverá una falsa ilusión que no parece sustentable en el largo plazo.

Ambos, de alguna manera, son funcionales a un esquema de poder que se mantiene intacto desde hace décadas en la Argentina y que tiende a que el establishment económico y político no pierda el dominio del país. El sistema político y legislativo, los conglomerados empresarios, la Justicia y los grandes medios de comunicación a nivel nacional mantienen una especie de pacto no escrito, casi a niveles de colusión, para que cualquiera sea el horizonte las variables que los benefician se mantengan incólumes.

Si en los inicios del siglo anterior, la Argentina era uno de los países más ricos del planeta, incluso superior a Canadá, y hoy un 30 por ciento de su población es pobre, la explicación de ese fenómeno merece un abordaje interdisciplinario con una mirada interior profunda. El PBI argentino fue en 2017 alrededor de 650 mil millones de dólares, mientras el canadiense cerca de 1.647 mil millones de dólares, casi el triple. La misma relación se mantiene en el ingreso per cápita.

Estos números explican claramente que el problema argentino es propio de los argentinos, sus dirigentes en el sector público y en el privado. Pese a la extensión de este país y a sus riquezas naturales se mantiene firme la decadencia no sólo en los niveles socioeconómicos. La educación pública y la investigación científica, pilar del crecimiento de cualquier nación, están en retroceso.

¿Quién quiere ser presidente con este escenario? Una sociedad partida, un apego cultural a transgredir la norma, desde los pequeños actos a los de mayor envergadura, completan un cuadro más que impredecible.

Si gana Fernández, la Justicia federal comenzará a alinearse con el nuevo gobierno y seguramente habrá un cambio de "equipo" en la cárcel donde se alojan los presos por corrupción. El macrismo tiene varios candidatos y tanto como el kirchnerismo, personajes inefables. Laura Alonso, por citar un caso, titular de la Oficina Anticorrupción es militante del partido gobernante, a quien se supone que también debe investigar pese a que ya anunció que no lo haría. ¿Fernández la reemplazaría con Luis D'Elía? Es sólo un chiste.

El miércoles, en el Colegio Militar de la Nación, cuna ideológica de golpistas de antaño, el presidente Macri estuvo sentado a metros del fiscal federal Carlos Stornelli, declarado rebelde en una causa que se investiga una red de espionaje y extorsión. No se presentó a declarar en cinco oportunidades, pero estuvo en segunda fila en el acto oficial por el Día del Ejército, institución castrense que junto a los otras dos fuerzas armadas se le destinan este año 151 mil millones de pesos de presupuesto. Stornelli es un fiscal federal que se niega a cumplir lo que él mismo ordena todos los días cuando cita a ciudadanos a declarar. Sólo en la Argentina se consigue.

Hace unos días, el presidente de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz, se mostró partidario de que los jueces paguen impuesto a las ganancias como el resto de los argentinos. Pero dijo que él no pagaba y que tampoco se lo reprochaba a sus pares porque la ley vigente lo amparaba. ¿Las leyes son divinas, como en las monarquías medievales, o las hacen y aplican seres racionales del siglo XXI?

Esta semana, prosiguió el juicio contra el ex secretario de Obras Públicas de la Nación, José López, por el sonado caso de los bolsos con nueve millones de dólares que quiso esconder en convento. Seguramente será condenado por corrupción, pero no se sabrá quién le pagó esa suma en sobornos.

La Argentina es uno de los pocos países de la región donde no llega con facilidad la información sobre el escándalo de la empresa brasileña Odebrecht, que repartió coimas por todo el continente para ganar licitaciones de obra pública, un clásico de las multinacionales industriales. El listado es un secreto guardado bajo siete llaves porque seguramente implica a empresarios y funcionarios de todas las épocas. En este punto parece haber acuerdo para que nada se sepa porque perjudica a todos y el silencio los protege por igual.

¿Cuántas generaciones de argentinos se sucederán hasta poder destrabar el poder real en la Argentina, democratizarlo verdaderamente y retomar el camino del crecimiento sustentable? Mientras, tenemos las rencillas partidarias por los cargos y los insultos a la madre del presidente, como se vio en la Convención Nacional de la UCR. También contamos con Tinelli y la patria "panelista" del show business televisivo para narcotizar el pensamiento. Pero estamos a salvo con el mejor jugador del mundo y la melancolía del tango. No tenemos mucho que celebrar.

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