Opinión

Pichetto y el marxismo

En el año 1981, durante el auge de la represión de la dictadura militar, se dio una situación muy particular en la Facultad de Ciencia Política de la UNR, todavía ubicada en Córdoba y Moreno.

Miércoles 19 de Junio de 2019

En el año 1981, durante el auge de la represión de la dictadura militar, se dio una situación muy particular en la Facultad de Ciencia Política de la UNR, todavía ubicada en Córdoba y Moreno. Durante una clase de la materia Principios de Economía, un profesor explicaba temas vinculados al costo laboral de las empresas y los salarios de los trabajadores. En el fondo del aula, un alumno preguntó si en ese marco se producía la denominada plusvalía. El profesor dejó la tiza en el pizarrón y le contestó con dureza y en tono elevado al estudiante: “¡Eso lo decía Carlos Marx, usted debe ser marxista!”. De inmediato, todos los alumnos voltearon sus cabezas para saber quién había formulado esa pregunta que molestó al docente, con lo que el estudiante sintió un señalamiento peligroso en esos años de barbarie represiva. El joven alumno no era marxista, no estaba afiliado, y nunca lo hizo, a ningún partido político y además de estudiar, trabajaba jornada completa. Pero el profesor ya lo había calificado públicamente con un terrible estigma para la época.

De un hecho estudiantil anecdótico, que afortunadamente no tuvo consecuencias, se podría trazar un puente imaginario para salvar las distancias que nos separan de la actual política argentina, donde el senador rionegrino Miguel Angel Pichetto acaba de “acusar” de comunista al ex ministro de Economía y candidato a gobernador de Buenos Aires Axel Kicillof. “El peronismo de la provincia de Buenos Aires lleva a un hombre del PC como candidato. Estoy hablando de Kicillof, que tiene sus orígenes en el Partido Comunista. Los compañeros peronistas tienen que reflexionar sobre esto”, dijo Pichetto a los pocos días de haber sido designado candidato a vicepresidente en la fórmula que encabeza el presidente Macri.

De inmediato, el Partido Comunista Argentino, reducido a poca militancia y caudal electoral, tomó con ironía la “acusación” de Pichetto y, tras revisar sus fichas de afiliación, reveló que Kicillof no es afiliado a esa agrupación política, que por otra parte es legal, tiene personería jurídica y participa siempre en las elecciones. El marxismo, por otra parte, es materia de estudio en todas las universidades del mundo, incluido las argentinas, en carreras como sociología, filosofía, economía y otras. Su estudio no significa adscripción a esa teoría, como tampoco, por ejemplo, analizar el surgimiento del movimiento fascista en Italia lo convierte al estudiante en partidario de las milicias de los Camisas Negras. Son obviedades.

En Pichetto, tal vez en forma inconsciente, afloró lo peor de una personalidad semejante al personaje del Fausto de Goethe, pieza clave de la literatura alemana y universal. Fausto, ya anciano, hace un pacto con Mefistófeles (el demonio) a quien vende su alma a cambio de obtener beneficios personales, como gran sabiduría, juventud y el amor de una joven doncella.

El senador Pichetto hace años que “vende” su alma al mejor postor político, porque ha transitado por distintas e ideológicamente contrarias posiciones a lo largo de sus casi dos décadas en el Senado de la Nación. Fue menemista, duhaldista, kirchnerista y ahora macrista. Incluso fue el jefe de la bancada oficialista en el Senado cuando Kicillof era ministro de Economía, entre 2013 y 2015. Hubiera sido gracioso si hubiese acusado en ese entonces de comunista al propio ministro de su gobierno. Pero recién lo hizo en estos días.

Para marcar las contradicciones del kirchnerismo hubiera bastado que Pichetto se centre en el análisis político e ideológico y no únicamente en la estigmatización del adversario. Con sólo enfrentar desde el campo de las ideas y la reflexión crítica a un peligroso simpatizante de Kicillof en la provincia de Buenos Aires hubiese agregado valor al debate. Un abierto xenófobo y antisemita, también semejante políticamente al Fausto de Goethe, llamado Santiago Cúneo, pasaría inadvertido si el propio kirchnerismo no iría abrazarlo, como hizo Máximo Kirchner la semana pasada en una foto que recorrió el país. Cúneo apoya públicamente a Kicillof y es dentro del peronismo algo semejante a Alejandro Biondini, un conocido neonazi argentino que con una agrupación denominada Bandera Vecinal se postula otra vez para presidente de la Nación.

Sucede que tal vez el propio Pichetto tenga interiormente valores semejantes a los de Cúneo, aunque como son políticamente incorrectos se esmera en que no afloren. Sin embargo, una vez que Daniel Scioli perdió las elecciones en 2015 comenzó a virar políticamente y a denostar posiciones que había defendido hasta hacía muy poco. Un ejemplo fue la cuestión de la inmigración desde los países limítrofes, en la que Pichetto readaptó sus criterios y construyó ambigüedades nacionalistas peligrosas.

También es recordado el discurso de Pichetto sobre la Amia en el año 2013, (aún era kirchnerista) cuando dijo que en el atentado habían muerto “argentinos de religión judía y argentinos argentinos”. Tras el repudio generalizado a esa “confusión” pidió disculpas públicamente.

En momentos de alta volatilidad política y crisis económica, la estigmatización pública de cualquier persona o colectivo conlleva un riesgo subyacente, inherente a reacciones violentas e irreflexivas, sobre todo contra las minorías. Por eso no son datos menores que un rabino fuera atacado a golpes por tres jóvenes en las calles de Rosario ni que la ministra Patricia Bullrich se haya referido a la “mafia de los gitanos” cuando se cometió un doble homicidio frente al Congreso de la Nación.

Pichetto terminará su mandato en diciembre de este año y seguramente tiene pocas chances de que su provincia vuelva a reelegirlo. Por eso, ahora cambió de rumbo otra vez hacia donde sopla mejor el viento y se encuentra con la posibilidad de convertirse en vicepresidente de la Nación y titular de Senado. Nada menos.

Más allá de sus particularidades, el senador rionegrino no encarna una rara avis en la política argentina. La conformación de los frentes electorales presidenciales es un buen ejemplo para entender por qué este país nunca termina de despegar. La famosa frase de Perón “primero la Patria, después el movimiento y luego los hombres”, hace rato que es una pieza oratoria de museo para algunos. Las tres fórmulas presidenciales principales contienen peronistas. ¿Cómo es posible esa dispersión política e ideológica en el movimiento justicialista, que tiene como objetivo la justicia social?

Parece que en la Argentina todo vale para sumar un voto u obtener un cargo. La sociedad, entonces, debería estar atenta a que las descalificaciones y estigmas de cualquier naturaleza no se conviertan en campaña política, como ha ocurrido en reiteradas ocasiones a través de la historia. Son peligrosas amenazas a enfrentar.

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