Sábado 16 de Noviembre de 2019

Luego de las feroces dictaduras latinoamericanas de las décadas de los 70 y 80, los procesos democráticos que les siguieron intentaron sacarle al poder militar la potestad de intervención en la vida política de las naciones. En la Argentina, por ejemplo, poca gente podría hoy dar el nombre del jefe de las Fuerzas Armadas. Antes, era un presidenciable.

Se podría decir que la democracia argentina ha sido exitosa en el cambio de paradigma para eliminar las interrupciones golpistas, como las que sacudieron al país durante poco más de medio siglo, entre el derrocamiento de Yrigoyen en 1930 y el fin del "Proceso" en 1983. Nadie hoy en el país podría admitir que un militar se pare ante una cámara de televisión y le "sugiera" al presidente que renuncie, como ocurrió en Bolivia. Son épocas que no se repetirán, como tampoco la locura y muerte de la última dictadura argentina. Hace unos años, un agregado militar argentino en un país importante comentaba a quien esto escribe que para las nuevas camadas es inentendible lo ocurrido en esos años de plomo. "Sería impensable, increíble, que un superior me convoque por la noche para secuestrar gente y luego robarle a la víctima las pertenencias de su domicilio", dijo con énfasis.

Esas Fuerzas Armadas no existen más en la Argentina y tampoco su servicio ante el llamado de los civiles para derrocar gobiernos constitucionales. Es un gran paso adelante de todo el espectro político y la sociedad en su conjunto.

En el resto de Latinoamérica, a juzgar por lo que viene sucediendo, la situación no es la misma que en la Argentina. En Chile, donde amplios sectores añoran a Pinochet, los militares mantienen su poder intacto y fueron convocados por el presidente Sebastián Piñera para imponer el toque de queda durante los primeros días del levantamiento civil. Los sacaron de las calles cuando la imagen internacional de Chile volvía a las épocas de la dictadura y los reemplazaron por los Carabineros, que no se cansan de disparar balines de goma y dejar con severos daños en la vista a centenares de chilenos que junto a decenas de miles luchan por mejores condiciones de vida.

En Bolivia, mientras Evo Morales no parecía perder respaldo y tenía controlada a la oposición durante años, los militares fueron fieles a un presidente que tozudamente quiso mantenerse en el cargo más allá de lo necesario. Cuando los jefes militares advirtieron la debilidad de Morales lo empujaron al exilio en un golpe de Estado clásico, tal como lo calificó el Congreso argentino, la ex canciller del macrismo Susana Malcorra, el diputado de Cambiemos Daniel Lipovetsky y todos los que han logrado hacer un análisis desapasionado del tema.

El corresponsal en la ciudad de La Paz del prestigioso "The New York Times" (diario al que Donald Trump califica de mentiroso y decadente), sostuvo que Morales fue "expulsado" del poder tras la requisitoria de los militares. El periodista usó el verbo "oust", (destituir, expulsar, derrocar, desalojar) y el diario lo publicó para referirse al tema.

En Venezuela, también las Fuerzas Armadas cumplen un rol preponderante en la política nacional, no ya para expulsar al presidente Nicolás Maduro sino para sostenerlo en el poder, del cual en un gesto de grandeza política debería haberse apartado hace tiempo para intentar reconciliar al país. El Ejército venezolano es el que realmente controla la situación. Si se levanta, Maduro tendría los días contados.

¿Por qué los que llegan al poder, y no sólo en esta región del planeta, sean civiles de derecha o de izquierda, militares y dictadores no se resignan a abandonarlo? ¿Es inherente a la condición humana?

En otros países de Latinoamérica, con pocas excepciones como la Argentina, la situación no es muy distinta a las de Bolivia, Chile o Venezuela: fuerzas armadas orientadas a cumplir un rol de presión en la vida política más que su función de la defensa nacional.

Con este panorama, ¿para qué seguir manteniendo fuerzas armadas que no cumplen su rol, que significan un costo enorme para las arcas fiscales y que en general siempre están años atrás en el equipamiento tecnológico? ¿Por qué no rediseñarlas y destinar esos recursos y esfuerzos a potenciar las fuerzas de seguridad, con mando civil, que controlen el narcotráfico fronterizo, el contrabando, las pesca ilegal en las aguas soberanas y otros delitos tan comunes en estas latitudes?

Es la oportunidad para un replanteo de la tradición militarista en Latinoamérica. Un cambio de orientación como alguna vez, aunque no logrado del todo en la práctica en muchos países, condujo a la separación entre la Iglesia y el Estado.

La tradición castrense en esta región del mundo, con influencia prusiana, estuvo impregnada por las acciones de los propios gobiernos civiles y no sólo por los de los militares. Por ejemplo, en pleno centro de Buenos Aires, una de las mansiones más lujosas e impactantes de la ciudad a principios del siglo XX, el Palacio Paz, fue comprado por el Estado nacional en 1938 para que funcione el Círculo Militar. Eran otras épocas, pero el concepto de la necesidad de mantener la vida castrense, social y en los regimientos, sigue vigente en muchas naciones, incluso en aquellas con enormes inequidades y grandes bastiones de pobreza.

Latinoamérica necesitaría apartar definitivamente de la esfera política a sus militares tal cual hoy están insertos y redefinir su rol en la sociedad, como en las democracias modernas.

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