Opinión

Los iraníes con pasaportes falsos

La Argentina es un país donde la sucesión interminable de acontecimientos políticos y sociales es de tal magnitud que un caso, por más relevante que sea, sale de escena muy rápidamente ante la aparición del siguiente.

Martes 26 de Marzo de 2019

La Argentina es un país donde la sucesión interminable de acontecimientos políticos y sociales es de tal magnitud que un caso, por más relevante que sea, sale de escena muy rápidamente ante la aparición del siguiente.

En medio de la crisis que sigue golpeando al país, se naturalizan los indicadores de la recesión económica, la inflación que no cede y la pobreza que ya alcanza a más de un tercio de la población nacional. También las revelaciones sobre casos de corrupción o el descubrimiento de una red de espionaje que, además de extorsionar a empresarios, vigilaba la actividad de políticos opositores y oficialistas.

En cualquier otro país, sólo uno de los tantos episodios que sacuden a la opinión pública argentina a diario se convertiría en un escándalo hasta su resolución judicial, previa a una seria investigación que descubra a los responsables.

En este marco, también un grave hecho sucedido hace apenas dos semanas ya casi pasó al olvido. Dos jóvenes iraníes ingresaron al país por el aeropuerto de Ezeiza pese a que los agentes de Migraciones detectaron que sus pasaportes estaban denunciados como robados o perdidos.

Mashoreh Sabzali, de 30 años, y Sajjad Samiel Naseran, de 27, tomaron un vuelo de la empresa Air Europa en España, de donde salieron también con documentación falsa y llegaron a Buenos Aires el 12 de marzo. Ante las autoridades migratorias presentaron dos pasaportes falsificados pertenecientes a dos ciudadanos israelíes que los habían denunciado como robados en Ginebra. Los documentos fueron adulterados de una manera grosera, con errores de ortografía, y las fotografías habían sido cambiadas por la de los iraníes.

A partir de ahí comenzó una trama que lleva la impronta argentina y es un ícono de lo que nos ocurre desde hace décadas: los agentes de Migraciones, pese a haber detectado a través de su sistema informático que los pasaportes habían sido denunciados, dejaron ingresar al país a los jóvenes pero les retuvieron la documentación. Algo imposible de explicar en cualquier lugar del mundo.

Pero en la Argentina sí fue posible explicarlo como un "error humano" de los funcionarios migratorios. Eso es tan sospechoso como la actividad de los dos iraníes y las explicaciones que dieron ante el juez de su aventura latinoamericana.

Si un agente de Migraciones retiene los pasaportes a dos extranjeros pero los deja ingresar al país, ¿con qué documentación supone que saldrán de la Argentina? Algo tan elemental fue calificado de error por el Ministerio de Seguridad, que de inmediato dio de baja a esos empleados, cuyos domicilios fueron allanados por el juez federal que lleva la causa y mantiene detenidos a los dos iraníes.

Las explicaciones de los jóvenes extranjeros tampoco fueron convincentes. El muchacho, que dijo ser fotógrafo, adujo haberse enamorado de una mujer casada en Irán y que había escapado de ese país porque había sido descubierto y temía represalias. La joven dijo ser arquitecta e ingeniera y que conoció a su compañero de viaje en España y habían decidido comenzar una vida juntos en Argentina. La cuestión es que tenían cuatro pasaportes falsificados que aseguran haber comprado en Europa por un valor de 300 dólares cada uno. La investigación judicial sigue en curso y el juez procesó a ambos por "uso de documento o certificado falso o adulterado".

"El caso adquiere relevancia porque marca a fuego una vez más cómo ha funcionado este país a lo largo de casi toda su historia"

Más allá de la nacionalidad de los jóvenes, que despierta suspicacia por tratarse de una teocracia que apoya a grupos terroristas, nadie aún los ha conectado con la intención de cometer un atentado, espiar para algún servicio de inteligencia u otro delito de magnitud. Basta con seguir el caso y el comportamiento extraño (cambiaron tres veces de hotel en tres días pero igual los encontraron y detuvieron) y casi amateur para inferir alguna otra historia todavía no conocida en plenitud.

Lo significativo del caso es la permeabilidad de las fronteras argentinas. Si esto ocurrió en el aeropuerto de Ezeiza es imaginable pensar que el ingreso al país por tierra o por vía fluvial debe ser un juego de niños para personas adiestradas a evitar los controles y a usar documentación falsificada que no ha sido denunciada oportunamente.

El Ministerio de Seguridad explicó que saltó el alerta en el sistema informático de Ezeiza sobre la denuncia de los pasaportes porque desde hace un tiempo la Argentina está conectada a una red informática internacional. Fue una revelación que si bien trajo alivio para el presente, (aunque el factor humano es determinante, como se ha visto en este caso), hace reflexionar sobre el pasado y los dos atentados terroristas que sufrió el país en 1992 y 1994. También sobre el ingreso de narcotraficantes, delincuentes internacionales y otros que buscan refugio seguro en un rincón austral del planeta donde hay posibilidades de ocultarse.

Nada de esto es novedad en la Argentina. Adolf Eichmann vivió en el Gran Buenos Aires con el nombre falso de Ricardo Klement y trabajó en una automotriz alemana. Josef Mengele llegó al país como Helmut Gregor y luego escapó a Paraguay y Brasil. Y así tantos otros criminales nazis que cambiaron su identidad y asesoraron, en muchos casos, a dictaduras latinoamericanas. Esto ocurrió hace décadas, pero aun hoy con el avance de la tecnología y la globalización de la información parece que a la Argentina puede entrar cualquiera que se lo proponga.

Aunque finalmente el caso de los dos jóvenes iraníes se trate de algo menor, pero muy extraño, adquiere relevancia porque marca a fuego el modelo de cómo ha funcionado este país durante casi toda su historia.

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