Análisis

Los Estados Unidos y la Argentina

En las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre próximo en los Estados Unidos la marcha de la economía tendrá un papel relevante para el electorado.

Sábado 04 de Agosto de 2018

En las elecciones de medio término que se realizarán en noviembre próximo en los Estados Unidos la marcha de la economía tendrá un papel relevante para el electorado. Donald Trump se enfrenta con parte del establishment (medios incluidos), sus declaraciones y acciones son repudiadas en el país y en el extranjero pero sabe cuál es el interés de los votantes: el bienestar económico y la seguridad nuclear.

La economía norteamericana creció a un ritmo anual del 4 por ciento en el segundo trimestre de este año, la mayor tasa desde 2014. El desempleo volvió en julio al 3,9% que ya se había registrado en abril, el índice menor en 17 años. Estos indicadores son sustentados por el auge del consumo doméstico, que explica gran parte del motor del crecimiento. La actividad económica en alza seguramente hará subir más la tasa de interés, por lo que Estados Unidos seguirá aspirando fondos de todo el planeta, un problema para la Argentina.

En materia de seguridad nuclear, un temor que los estadounidenses arrastran de manera atávica desde la Guerra Fría, Trump parece haber puesto en caja al presidente norcoreano Kim Joung-un, personaje tan inefable como él y que hasta hace poco prometía regar el planeta con misiles. Ahora Trump va por Irán, al que parece querer estrangular económicamente, aunque esa tarea será mucho más complicada en una zona del mundo que es un polvorín.

Con este panorama, es probable que los norteamericanos respalden a su presidente en las elecciones legislativas y después sea reelecto para un segundo mandato. Sin embargo, no todo es un jardín de rosas. Dentro del partido republicano se han envalentonado varios personajes que representan lo más execrable de la derecha racista, neonazi y xenófoba y que pueden llegar al Congreso. Fueron alentados por el propio discurso del presidente Trump, que mientras maneje bien la economía y evite el peligro nuclear parece que puede hacer lo que quiera, lo que representa un gran peligro para el mundo civilizado.

En la Argentina, no sólo la economía no funciona bien, con un tercio de la población en la pobreza y una inflación proyectada de al menos un 30%, sino que la fractura política y social es tan pronunciada que lejos de poder consensuarse un sesgo común que beneficie al país se transita un camino oscilante y pernicioso. Todas las situaciones parecen ser binarias, sin matices.

A dos años y medio del gobierno de Cambiemos, el país comienza a atravesar una profunda recesión económica en medio de alta inflación. Además, los niveles de transparencia con los que el macrismo llegó al poder se vieron seriamente dañados por el último escándalo de los aportantes truchos para la campaña electoral en la provincia de Buenos Aires. Si no hubieran aparecido estos dos condimentos, seguramente el presidente Macri hubiese sido reelecto el año próximo. Hoy no es tan seguro.

Enfrente está el peronismo, cuyo esfuerzo para juntarse es al solo efecto de volver al gobierno para luego disputarse internamente el poder. Su última gestión en Balcarce 50 es repudiada por buena parte de la población, que reafirma su posición cuando aparecen más rastros de la corrupción de la mano de los cuadernos de un chofer.

A este escenario se suma, por primera vez, algo obvio en una relación delictiva en los casos de sobornos: uno paga y otro recibe. Los empresarios detenidos por el escándalo de los cuadernos representan al establishment argentino que hizo siempre negocios con el Estado y que ahora habrá que ver cómo responde ante esta nueva situación. Todavía falta saber, entra tantas otras cosas, de dónde salieron los nueve millones de dólares que estaban en los famosos bolsos que el ex secretario de Obras Públicas José López intentó esconder en un convento. Seguramente alguno o varios de ese mismo sector afín al soborno de funcionarios pagaron para "ganar" licitaciones de obras.

Para un gran parte de la sociedad, al ex fiscal Alberto Nisman lo asesinaron. Para otra, se suicidó. Lo mismo con el joven Santiago Maldonado: para algunos fue un accidente y se ahogó, para otros una persecución de Gendarmería que lo llevó a la muerte. Lo mismo ocurre con los modelos económicos, con la apertura o cierre de las importaciones, con el gobierno central y la relación con las provincias, con la ley de despenalización del aborto y hasta con la elección del técnico de seleccionado de fútbol. Es un abismo insalvable. Si el próximo gobierno es de otro signo político, probablemente habrá cambios en las cárceles. Saldrán los que ahora ocupan las celdas y se las dejarán a algunos de los actuales funcionarios. Y eso ocurrirá porque la Justicia argentina es permeable al color político de turno, uno de los grandes problemas del país.

Mientras se recorre este camino, que sólo profundiza la decadencia, aparecen peligrosamente señales preocupantes, como la de un piquetero impresentable que llama a fusilar al presidente en la plaza de Mayo o la sospechosa pedrada de algunos marginales contra la sala donde se exhibía un filme sobre Maldonado. A medida que la fractura política y social se agrande, el nivel de conflictividad irá en aumento y la aparición de escenarios y personajes peligrosos se tornará imprevisible. ¿Y entonces, cómo se arregla esto?

Para los escépticos no tiene arreglo y el único camino es Ezeiza, para los optimistas todo se soluciona con buenas cosechas. Pero más allá de respuestas superficiales, la cronicidad del mal argentino de no poder lograr un proyecto colectivo e inclusivo para toda la sociedad es un factor determinante de esta mala situación, que persiste desde hace décadas.

Estados Unidos fue de mejor a peor con el cambio de Obama por Trump aunque la economía haya mejorado y el líder norcoreano se haya pasado al club de los amigos, seguramente no gratis. Pero pese al avance de la derecha republicana, la Justicia ha puesto freno a órdenes presidenciales avasallantes. Da la sensación que en última instancia se preservan los lineamientos de una sociedad, equivocados o no para nuestro gusto, a lo largo del tiempo.

En la Argentina eso no ocurre, no sólo en la marcha de la economía, sino en las oscilaciones de la construcción y acción política que impiden recorrer un camino hacia un objetivo de progreso. El escenario de hoy es un ejemplo más.

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