Opinión

El maltrato del caso Maldonado

Primero brotó la "necrofilia" política en los medios, es decir las explicaciones, sugerencias y afirmaciones contundentes sobre la descomposición de los cuerpos en medios acuosos y las posibilidades de identificación.

Sábado 21 de Octubre de 2017

Tras la aparición del cuerpo del joven artesano Santiago Maldonado en el río Chubut comenzaron de inmediato, incluso antes de ser identificado, las especulaciones políticas sobre a quién beneficia electoralmente la situación.

Primero brotó la "necrofilia" política en los medios, es decir las explicaciones, sugerencias y afirmaciones contundentes sobre la descomposición de los cuerpos en medios acuosos y las posibilidades de identificación.

Luego, de la muerte se giró hacia la investigación detectivesca vinculada a si el cadáver se plantó en el lugar, si estaba hundido y reflotó, o si siempre estuvo en ese lugar a pesar de rastrillajes anteriores que no lo vieron. Todo en un marco de conocimiento vulgar, más que superficial, sobre temas específicos que muchos comunicadores, sobre todo algunos porteños, sorprendieron al emitir juicios, casi sentencias. En un país donde hay miles de técnicos de la selección nacional pese a que jamás practicaron ese deporte y menos condujeron a un equipo, no resulta extraño. Elisa Carrió al comparar la conservación del cuerpo con el de Walt Disney le agregó la cuota tragicómica que faltaba.

Finalmente, el tema pasó a ser considerado políticamente en base a la subjetividad de quien emite una hipótesis o análisis de la situación, ahora con un nuevo cuadro con la confirmación de que el cuerpo es de Santiago.

Con la misma frescura con que había anunciado hace dos años que Daniel Scioli sería el próximo presidente del país, un escritor devenido en panelista mediático dio por seguro que el cuerpo hallado era del artesano cuando aún ni la familia lo había confirmado. Esta vez tenía más del 50 por ciento de posibilidades de acertar (comentario al estilo del cálculo de Carrió sobre la presencia de Maldonado en Chile) porque cualquier mortal hubiera hecho esa especulación más que elemental. Pero fue aún más allá al asegurar que el cadáver estaba previsto ser plantado después de las elecciones de mañana con fines políticos poco claros.

Otras afirmaciones de ese y otros tenores que sonaron disparatadas se escucharon por todas partes. "Pongan música si no tienen otra cosa", les dijo el hermano de Santiago a un grupo de periodistas que venían tratando el tema con poca profesionalidad después de que se difundieran por las anárquicas redes sociales fotos impactantes del supuesto cadáver de Maldonado. Incluso miembros de la Academia Nacional de Periodismo criticaron con dureza el panegírico del absurdo que viene azotando al país en las últimas horas.

La pregunta más escuchada en estos días es a quién beneficia o perjudica electoralmente la aparición del cuerpo. Incluso una encuestadora viene consultando telefónicamente la opinión de los votantes de Capital Federal y del Conurbano sobre si la nueva situación ha modificado el voto. En realidad, las encuestas han demostrado, no sólo en la Argentina, que están lejos de aproximarse a los resultados, sea por impericia profesional o por intencionalidad política en favor de quien la encarga y paga. Siempre se ha escuchado en los claustros universitarios que si las encuestas están bien formuladas y con muestras representativas de la población, los resultados son acertados y con poco margen de error. Sin embargo, no es lo que ocurre.

Por eso, tratar de especular a quién favorece la aparición del cadáver de Santiago es materia tan subjetiva y pasible de interminables interpretaciones. Lo que no es subjetivo es la responsabilidad de los poderes del Estado en determinar qué ocurrió en esa ruta chubutense cuando Gendarmería enfrentó a una protesta.

No hay dudas de que el gobierno es ajeno a promover una política de desapariciones forzadas como la ocurrida durante la última dictadura militar y por eso su primera reacción en el caso llenó de dudas a todos y sí lo complicó políticamente. De un cerrojo absoluto que hizo la ministra Bullrich sobre la responsabilidad de Gendarmería se pasó a admitir la posibilidad de que integrantes de esa fuerza tengan algo que ver en el caso. Incluso hay un subalférez imputado. ¿Le mintieron a la ministra? ¿Quiso defender a una fuerza federal pensando que la culpa subiría por los escalones de la Casa Rosada? ¿El presidente no debería haberla despachado hace rato? Todo es materia de especulaciones y utilización política de un caso que parece ya estar fuera de su esencia: la muerte de un joven en circunstancias aún no aclaradas que estuvo 78 días desaparecido. Y la responsabilidad es del Estado nacional, no importa de qué gobierno se trate, por acción u omisión en el manejo de las fuerzas federales.

Lo que seguirá ahora, salvo una excepción milagrosa, es la consabida nebulosa en torno a los hechos de gran impacto en la opinión pública. Por ejemplo, sobre el suicidio o asesinato del fiscal Alberto Nisman una primera pericia forense no halló elementos obvios, como una fractura en la nariz, que sí encontró una segunda autopsia basada en las filmaciones de la primera. ¿Cómo se explica? ¿Habrá un careo entre los profesionales médicos de una y otra práctica? De todas maneras, ya se ha dictado sentencia popular: gran parte de la población asegura que al fiscal lo mataron y otra que se suicidó.

Las certezas en la Argentina, nunca han existido y por eso cada uno adopta la versión que más le parece confiable. Tal vez en este caso, con la autopsia que comenzó ayer sobre el cuerpo hallado en el río, se logre de una vez por todas una aproximación a lo que verdaderamente ocurrió. Ese sería el mejor homenaje a la salud de la democracia argentina.

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