Opinión

Bolsonaro: ¿se repite la historia?

Si se consideran los tiempos históricos de los procesos políticos y económicos de las sociedades modernas, un siglo es como una gota de agua en el océano.

Miércoles 31 de Octubre de 2018

Si se consideran los tiempos históricos de los procesos políticos y económicos de las sociedades modernas, un siglo es como una gota de agua en el océano. Ya han pasado más de quinientos años del descubrimiento de América por los europeos y la mayoría de las naciones latinoamericanas no han podido superar su falta de desarrollo, son pobres económicamente y las desigualdades son cada vez mayores. Fueron cinco siglos de luchas interminables, de conflictos armados y de enfrentamientos políticos que, en general, no han conducido al bienestar de los pueblos.


En este contexto, y de la mano de una ola global, surge en Brasil, el país más grande de Latinoamérica, un personaje difícil de explicar que con consignas nacionalistas, místicas, homofóbicas y racistas consigue nada menos que casi 58 millones de votos (55 % del electorado) con los que se convirtió en el primer presidente de ultraderecha que llega al poder en Sudamérica por la vía democrática.

Si se revisa la historia, lo que ocurrió en Brasil es el espejo de los fenómenos totalitarios que crecieron en Europa durante los primeros años del siglo XX. El movimiento fascista que encarnó el histriónico Benito Mussolini reconfiguró el mapa europeo en pocos años y se completó con Adolfo Hitler en Alemania y Francisco Franco en España, por nombrar a los más destacados. También la revolución rusa, que había terminado en 1917 con los 300 años de la dinastía de los zares de la familia Romanov, viró hacia el autoritarismo con la muerte de Lenin en 1924 y su reemplazo por Stalin.
La ultraderecha en Europa no surgió de la nada, sino como respuesta a profundas crisis políticas y económicas que derivaron en la Primera Guerra Mundial y en la Gran depresión global de 1929. Democracias débiles, efervescencia social, hiperinflaciones, desocupación y pobreza dieron lugar a gobiernos autoritarios que como el de Hitler alcanzó el poder por la vía democrática, como lo hizo Bolsonaro.

La aventura nazifascista europea se derrumbó con la derrota alemana y el fin de la Segunda Guerra Mundial. De inmediato comenzó la recuperación de un continente azotado por millones de muertos y una devastación casi total. Casi medio siglo más tarde también colapsó la Unión Soviética, que tras tener un rol decisivo en la derrota contra el nazifascismo siguió con la impronta stalinista hasta que Gorbachov cambiara el paradigma y se produjo el colapso de la URSS en 1990.
Apenas un siglo después, la situación política global parece asemejarse en algunos aspectos al comienzo del siglo pasado, salvando las distancias entre los distintos procesos históricos.

La principal potencia económica y militar del planeta está gobernada por Donald Trump que no puede, pero tal vez quisiera, mandar a incendiar el Congreso, como lo hizo Hitler con el Reichstag en Berlín en 1933 a menos de un mes de haber asumido el gobierno. Si Trump hubiera gobernado cien años atrás, probablemente hubiese clausurado la democracia parlamentaria, cerrado la prensa opositora y tal vez organizado una gran marcha de la ultraderecha, como hizo Mussolini en Roma en 1922. Dentro del Partido Republicano norteamericano se ha anidado hoy la peor lacra de la ultraderecha, que habla de supremacía racial, de xenofobia y otros espantos conocidos que no hacen más que potenciar a los desequilibrados que libremente obtienen armas de guerra y asesinan personas indefensas en escuelas, boliches gay o sinagogas.

Sin embargo, Trump es más moderado que Bolsonaro, a quien ninguno de sus votantes le podrá recriminar nada cuando ponga en marcha un gobierno autoritario con sesgo neofascista porque así lo anunció en su campaña. Si reconstruye la economía brasilera, como probablemente ocurrirá, tendrá pocos reproches ya que cuando las condiciones generales mejoran se relajan los cuidados de los derechos vinculados con las libertades individuales. Ya ocurrió en Europa a comienzos del siglo pasado.

La nueva tendencia hacia los políticos de ultraderecha asusta hasta la propia matriz conservadora de la clásica centroderecha regional y global. El presidente chileno Sebastián Piñera o Mauricio Macri no son lo mismo que Bolsonaro en sus políticas públicas. Como tampoco el presidente francés Emmanuel Macron o la canciller alemana Angela Merkel se pueden comparar con el mandatario ruso Vladimir Putin o la neofascista Liga del Norte, que integra la coalición gobernante en Italia. Basta escuchar sus discursos y seguir sus acciones de gobierno para detectar las amplias diferencias entre unos y otros.

En esta novedosa ola política que atraviesa continentes subyace la pregunta de por qué los gobiernos inclinados a disminuir la brecha desigual de los pueblos pierden terreno después de varias décadas en el poder. Sucedió en Argentina y en Brasil, pero también en Francia y hasta en Estados Unidos. ¿En los casos sudamericanos podría decirse que la corrupción y un establishment decidido a terminar con lo popular fueron determinantes? ¿Pese a que millones de personas sintieron que no eran invisibles para los gobiernos populares, aun con niveles de pobreza estructural altísimos, por qué no se convirtieron en una mayoría electoral? ¿En los casos de Francia y Estados Unidos el temor al diferente, al inmigrante "invasor" es la explicación más racional para que, por ejemplo, el pueblo norteamericano haya cambiado la línea de Obama por la de Trump?
Hay muchos interrogantes para intentar un análisis de la actual situación política que expliquen el avance de la ultraderecha en forma similar a lo ocurrido en las primeras décadas del siglo pasado cuando, en algunos casos, se consolidó por años. Por ejemplo en España, donde la dictadura recién sucumbió con la muerte de Franco en 1975. Ese hedor final de las tardías dictaduras europeas cruzó el Atlántico y se instaló en Latinoamérica para producir en la década del 70 masacres inéditas y profundizar las desigualdades.

El siglo XX fue una historia de marchas y contramarchas, de avances y retrocesos que dejó la enseñanza de cómo los fenómenos totalitarios que desprecian la democracia terminan en una espiral de violencia imparable. Y cómo la irrupción de personajes con discursos nacionalistas y místicos arrasa con el pensamiento crítico de la sociedad, por más ilustrada que sea.
¿Será Bolsonaro el inicio de una etapa similar a la que comenzó hace apenas cien años en Europa?


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