Pandemia

Pandemia: de imperios y religiones

Los períodos históricos signados por las crisis recurrentes suelen provocar cambios. ¿Pasará también después del coronavirus?

Sábado 23 de Mayo de 2020

El gran interrogante sobre las consecuencias de la pandemia es si el mundo se encamina hacia una transformación política y económica como ocurre habitualmente tras un período histórico signado por crisis recurrentes y factores imprevistos coadyuvantes.

En esta época de globalización e hiperconexión los tiempos de contagio del coronavirus se aceleraron notablemente en relación a otras grandes epidemias que sufrió la humanidad. ¿En términos políticos y sociales podría ocurrir lo mismo con algunas transformaciones imprescindibles para mejorar la vida de millones de personas?

De las superpotencias surgidas tras la Segunda Guerra Mundial hace sólo 75 años (un suspiro en términos históricos), Estados Unidos y la Unión Soviética, la primera mantiene aún su liderazgo económico mundial y está conducida por Donald Trump, un personaje difícil de explicar. La segunda colapsó hace tres décadas. China, desde donde se expandió el coronavirus, va camino a consolidarse como la primera potencia económica mundial del siglo XXI, según coinciden muchos análisis internacionales.

Los chinos, además de contar con paciencia oriental, se han convertido en la “fábrica del planeta” en base a mano de obra barata, un sistema político escasamente democrático y una conjugación de comunismo con capitalismo que no deja de sorprender. En las últimas décadas ha sacado de la pobreza a millones de sus habitantes en una reconversión industrial gigantesca, que le ha significado un crecimiento económico fenomenal y sostenido. Son los nuevos ricos del planeta y uno de los mayores acreedores financieros de Estados Unidos, con quien mantiene una guerra comercial que avanza, retrocede y hay períodos de tregua pero que inevitablemente va camino a empeorar si la pandemia origina cambios en las relaciones económicas mundiales. Todo está por verse, como también si China podrá seguir siendo una economía en crecimiento o comenzará a declinar en tanto su fuerza de trabajo reclame mejores salarios y las empresas occidentales comiencen a irse del país. Mano de obra muy barata, sobre todo en el campo textil, se consigue también en Bangladesh, Pakistán, Camboya y otras naciones pobres que surten de mercadería a precios regalados a las cadenas internacionales de ropa.

Otro dato importante a tener en cuenta es si el fenómeno de la globalización sufrirá un efecto regresivo a la par de la necesidad de recortar, aunque sea temporalmente, vínculos internacionales en materia de desplazamiento de personas y mercancías.

Mirada al pasado

Es imposible predecir hoy qué ocurrirá en el próximo lustro en el planeta. Por supuesto que todas las estimaciones previas a la pandemia quedaron desactualizadas por esta situación impensada e impredecible.

Si se pone acento en la historia y tal vez en la filosofía se puedan sacar algunas conclusiones, no para hacer un pronóstico sobre el futuro, sino para analizar los fenómenos anteriores que fueron motivadores de cambios profundos en la sociedad.

Tras más de mil años de hegemonía romana sobre Occidente, el derrumbe de ese gobierno imperial de la antigüedad fue multicausal: ataque externo y decadencia moral, política y económica interna. Roma fue monarquía, república y finalmente imperio y sucumbió en el 476 de nuestra era después de haber adoptado el monoteísmo un siglo y medio antes. El Imperio Romano de Oriente, sin embargo, con capital en Constantinopla (la actual Estambul), se prolongó hasta el año 1453 cuando fue sustituido por otro imperio, el otomano, que se desplomó tras perder la Primera Guerra Mundial. Otro imperio del período moderno, el austrohúngaro, duró muy poco y se desmembró por las mismas causas del otomano.

Tal vez desde el materialismo histórico o desde la economía liberal se podría intentar explicar estos últimos sacudones imperiales de la modernidad y la siguiente aparición de nuevos líderes hegemónicos mundiales que conducen hasta hoy la economía y el poder militar del mundo. También es posible bucear en la filosofía política para arriesgar una hipótesis. No es nada sencillo.

La fe mueve montañas

Las religiones también han jugado en la historia un papel fundamental en el desarrollo de los acontecimientos políticos, sociales y económicos. Las monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam, enumeradas aquí por su aparición temporal en la historia) han atravesado toda la vida del ser humano. Ha sido así desde la antigüedad, y tal vez sobreviven porque dan respuesta a la búsqueda de alivio de los fieles ante la imposibilidad de explicar la existencia. También lo han hecho las creencias politeístas u otras confesiones que tienen millones de seguidores. No hay dudas de que la necesidad de tener fe y creer en algo superior y todopoderoso es inherente a la mayoría de los seres humanos.

El derrumbe de Roma fue multicausal: ataque externo y decadencia moral, política y económica interna

Cada religión tiene su particularidad y trasciende lo estrictamente confesional. El judaísmo, por ejemplo, no es sólo lo que el público ha visto estas semanas de pandemia en la serie “Poco ortodoxa”, que retrata la opresión de una joven y las ansias de libertad tras escapar de un grupo minoritario ultrarreligioso. Si así fuese, el moderno Estado de Israel sería imposible. Dentro del pueblo judío conviven laicos, tradicionalistas y grupos religiosos de distinto grado e incluso de diferente interpretación de las normas confesionales.

El cristianismo es otro ejemplo de diversidad. Perseguido en sus orígenes por el Imperio Romano, que finalmente lo adoptó como religión oficial pocos años después del edicto de Milán en el siglo IV, tiene innumerables ramificaciones, la más importante producida en el siglo XVI con la Reforma luterana, que dio origen al protestantismo.

El islam, surgido en el siglo VII, no escapa tampoco a las distintas vertientes. Los seguidores del profeta Mahoma se expandieron por todo el mundo, e integran una confesión seguida por millones y millones de personas. Tiene dos ramas principales, expresadas en rivalidades que han llegado hasta nuestros días. Por ejemplo, Arabia Saudita (sunita) e Irán (chiíta) se disputan el liderazgo musulmán en el golfo Pérsico. Pero el conflicto allí es más político que religioso.

Las religiones han atravesado la historia de la vida humana, la política, la economía, la filosofía. Han sido manipuladas y utilizadas no sólo para fines confesionales genuinos sino con distintas finalidades.

Al judaísmo, por ejemplo, hasta la declaración “Nostra aetate” (Nuestro tiempo) del Concilio Vaticano II, iniciado por Juan XXIII en 1962 y culminado por Pablo VI en 1965, se lo acusó de deicida durante casi dos mil años. Esa fue una de las justificaciones utilizadas en las persecuciones que sufrió a través de los siglos.

Al cristianismo se lo aborrece por las Cruzadas o la Inquisición como si en dos milenios de existencia hubiera sido lo único que haya producido. Al islam se lo confunde hoy con los grupos fundamentalistas que distorsionan su religión y siembran el terror. Pero se desconoce el gran aporte musulmán a las ciencias y la cultura universales.

El futuro

La historia, que no tiene por qué repetirse en forma lineal, muestra cómo el ser humano siempre ha luchado por el poder político y económico y se ha servido de lo místico a manera de alivio espiritual, resignación y control. Y enseña que los imperios llegan a su fin por su propia decadencia y por factores exógenos y hasta fortuitos que cambian por completo las relaciones entre las naciones para dar lugar a nuevas formas de vida.

¿El mundo que se inicia tras la pandemia del coronavirus traerá reformas radicales de esa naturaleza? La respuesta queda para el análisis del lector.

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