Pandemia

La solidaridad, el único camino

Para salir del túnel habrá que buscar rutas nuevas. Una vez que el miedo se diluya, deberá instaurarse la solidaridad como calle de dirección única.

Lunes 25 de Mayo de 2020

Más allá de las ventanas de la casa de barrio donde transcurre mi cuarentena está Rosario. O al menos, algo parecido. Porque, me pregunto: ¿acaso la de allí afuera es ella, la misma que caminé a fondo durante tantos días y noches? Claro que no: la que recuerdo tiene bares y cines, y el rostro de la gente no se halla cubierto por una extraña máscara que esconde la boca. La que conozco es ruidosa, febril, imprevisible, a veces cruel, siempre indómita y potente, llena de posibilidades y desafíos, hija de su propia búsqueda. Y esa que se ve allí ahora, en un afuera que es más afuera que nunca, parece una ciudad fantasma. Apenas una escenografía, un espacio hostil donde gobierna el miedo. A tal condición redujo a Rosario esa palabra que parece extraída de una película sensacionalista: pandemia. La pandemia nos ha hecho otros. ¿Volveremos a ser los mismos?

No. Y esta es la segunda respuesta negativa. No volveremos a ser quienes fuimos.

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“Juanito dormido” (1974), del rosarino Antonio Berni (1905-1981).

“Juanito dormido” (1974), del rosarino Antonio Berni (1905-1981).

Recostada sobre el río que le da identidad y belleza, Rosario es una ciudad de contradicciones. Y de desigualdades: basta transitar apenas cuarenta cuadras hacia el sur desde su innegable símbolo, el Monumento a la Bandera, para tropezarse con una realidad de la que nadie puede sentirse orgulloso. La brutal geografía de la pobreza se confunde allí con el delito y la desesperanza. Largos años de destrucción social y económica —fruto de las políticas neoliberales aplicadas tanto por la dictadura asesina como por gobiernos emanados del voto popular— han engendrado este paisaje dramático, que tan arduo resultará modificar. Y solo será posible hacerlo —tal como muchos argentinos parecen haberlo comprendido definitivamente— de la mano de un Estado que brinde amparo y oportunidades. Salud y educación públicas. Trabajo.

Las llagas que se acaban de describir —pobreza estructural, así se las denomina— inevitablemente se profundizarán con la parálisis económica provocada por el aislamiento. Una vez que la pandemia concluya emergeremos llenos de necesidades y cargados de desequilibrios, en el marco de un mundo golpeado por una crisis de dimensiones impensadas.

Para salir de ese túnel habrá que buscar rutas nuevas. Una vez que el miedo se diluya, deberá instaurarse la solidaridad como calle de dirección única. El país para pocos en que intentaron convertirnos fracasó de manera absoluta: ahora, más que nunca, habrá que cuidar a la gente, en lugar de arrojarla a la marginalidad a partir de pretextos meritocráticos. La pandemia únicamente podrá transformarse en una oportunidad si la sociedad apela a sus más profundas reservas de lucidez y coraje.

Hay con qué: Rosario y la Argentina lo saben. Solo es cuestión de reencontrarse con lo mejor del pasado para recuperar el futuro. Ese futuro luminoso que ambas merecen, y tienen al alcance de la mano.

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