Acabo de tomar un café, fuerte, y me pongo a leer esto que estoy escribiendo, en este momento del miércoles. Un viejo amigo médico, al que le tengo profundo afecto, se sienta a la mesa y pide un cortado con dos medialunas. ¿Cómo andás?, me pregunta. En realidad no sé. En realidad me estaba preguntando cómo era posible que siendo hoy viernes estoy leyendo esto que se publica los domingos. Me mira sorprendido, ¿me estás haciendo una broma? me dice. No le digo sin entender. Hoy —agrega— es domingo. ¿ Y qué hora del domingo? Es temprano, las ocho y media. No me sorprendo demasiado; le digo que yo pensaba que era viernes por la noche pero es evidente que no es así. Te espero en el consultorio, me dice, vamos a ver cómo se te han mezclado tus cosas en el cerebro.
Las tengo mezcladas hace rato, pero no visitaré a mi amigo, sobre todo por miedo. Este médico amigo, Alberto Muniagurria, hace un largo tiempo que anda salvándome la vida, pero hace tiempo que no quiero molestarlo. Tanto que aún no le he llevado el número de El Centón donde hablo de su libro.
Mientras tanto sigo tratando de inventar una especie de semana movible, con días intercambiables. Elegiré el día en que quiero estar. Borraré el día de mi muerte. Incluso hasta es posible que agregue un día entre el miércoles y el jueves que solo será para uso de los íntimos.
Un día que será definido por vivirlo en una libertad absoluta, si eso es posible. Tengo que revisar los pocos libros de Foucault y buscar la opinión de Gonzalo Garay que con seguridad me dirá que eso no será posible.
Pero justamente eso, vivir lo imposible, es lo que intento. Es cierto que a los 77 años se podría hacer un resumen entre el debe y el haber, pero creo que es una tarea que se deben tomarse otros mientras mi cuerpo es devorado, en un futuro lejano, por los gusanos.
Pero hablo de lo imposible en un sentido ajeno a lo que hombre consideró como tal a lo largo de su historia. Entre esas cosas, el considerar un imposible viajar a la Luna. Eso era un imposible que se transformó en esos posibles primeros pasos que el ser humano dio en el territorio de la Luna.
Hay muchas cosas así, pero es probable que se logre superarlas. No recordamos su nombre, pero era uno de los ganadores del premio Nobel por el descubrimiento del código genético. Este científico decía que él creía que en algún momento no demasiado lejano se encontraría una forma de vencer al cáncer, pero que él veía como más lejano que se lograra vencer a las enfermedades que implican un problema que afecta al cerebro. Generalmente males que se pueden asociar con la vejez.
Pero este tipo de imposibilidades no es a las que me refiero sino a otras cosas que vulneran la condición humana y no se encuentra solución alguna para lograr vencer esas realidades que vienen desde el comienzo de nuestra historia y hasta ahora no se han modificado. Es cierto que en lo aparente se logró superar lo que hubiera significado la guerra atómica, algo como el fin de la aventura humana. Pero las guerras actuales, aún cuando reducidas a ciertos momentos históricos y a algunos lugares, no significan que la crueldad del hombre, cada vez más sofisticada, no siga vigente.
Es posible que crímenes como los cometidos por Hitler y la absurda destrucción de Nagasaki no se repitan en la misma escala. Pero en lo que podríamos llamar una "escala" menor la actitud del hombre para con otros hombres suele ser similar.
Un ejemplo reciente son esas declaraciones que hace poco hizo un ministro japonés sobre los problemas económicos que se producían por la longevidad que había logrado el hombre. Es cierto que el ministro no hablaba de eliminar a los ancianos, pero su forma de expresar algo que por otra parte muchos sienten, nos recuerda esas obras de ficción que hablaban de sociedades en las cuales a determinada edad los hombres eran eliminados.
Es por eso que si queremos inventar al menos un día por semana, en el cual no sólo existiese una libertad absoluta, pensamos en uno (cuyo nombre aún no lo tenemos resuelto) en el cual el hombre quisiese para todos sus semejantes la felicidad, el amor, la falta de violencia, la ausencia de prejuicios.
Es utópico, pero el sólo escribir sobre ese tema me hace sentir bien. Pienso que acaso un día así, pensado desde mi delirio, podría llegar a ser contagioso (de la misma manera que son contagiosas las ideas totalitarias, la necesidad que muchos sienten por sistemas autoritarios) y entonces se lograría que existiesen dos días así y luego más. Esto es justamente parte de mi delirio, pero no deseo que me lo curen.
Suelo dormir muy mal pero al mismo tiempo puedo dormirme a cualquier hora. Hacia fin de año me levanté. Pensé que era temprano y me dije que podía salir y tomar un desayuno. Me sorprendió encontrar algunos lugares cerrados, me dije que era más temprano de lo que pensaba, y la ciudad estaba vacía y para visión del momento, estaba bastante oscuro. Tomé un taxi, el taxista era un tipo muy amable que me dijo que él suponía que sólo podía encontrar una estación de servicio. Así fue, en ella desayuné, y cada vez más me sorprendía la oscuridad de la mañana y la ausencia de gente en la calle, sobre todo porque estaba desayunando en una estación de servicio de la avenida Pellegrini.
Compré cigarrillos y fumando esperé un taxi para volver a casa.
Cuando entré en casa mi mujer estaba algo asustada y algo enojada. Me preguntó de dónde venía y le dije que había salido para desayunar. ¿A las nueve de la noche?
No me sorprendí demasiado, pensé lo fácil que resultaba transformar el anochecer en la mañana y luego me pregunté si lo que había pasado sería síntoma de algo. Y mis pensamientos agregaron: el japonés tiene razón, los ancianos somos ante todo una molestia.
Sobre todo los ancianos enamorados. ¿Qué hacer con ellos? No creo en la pena de muerte, pero es sencillo hacerlos desaparecer. Tengo cierta habilidad para desaparecer, pero hay ancianos que se niegan a ser borrados del mapa.
Otros seres humanos son dóciles frente a las mayores contrariedades. Si se las esquiva hoy, volverán pasado mañana o en cualquier otra oportunidad.
Así Don Quijote, que peleaba contra todo aquello que era injusto para él, aún cuando se tratara de molinos de viento. O Kafka que viajó por su vida dejando entre otras cosas sus dibujos, que hasta hoy se nos muestran intactos.
Ahora un final inesperado para el día que usted quiera. Son unas palabras de Cyril Connolly: "Nadie puede, sin embargo, alcanzar la serenidad hasta que el fulgor pase su meridiano. No hay recurso seguro de poder vencer la castidad contra la voluntad del cuerpo. Lao-Tsu lo consiguió. Pero es verdad que tenía ochenta años y era bibliotecario. De allí sus invectivas contra los libros y la sabiduría libresca y de allí que nos dejase como el más breve que el más breve de los evangelios su Caleidoscopio del vacío".