Fue hacia 1963 que Julio Cortázar publicó “Rayuela”. Desde aquellos días es una novela que nos acompaña y nos sentimos gratificados con cada una de sus relecturas. Eso implica, por cierto, que puedo expresarme de tal manera pues no tenga nada de crítico. Posiblemente soy nada más que lector, ignoro si bueno o malo, pero tengo una particularidad que es mi obsesión en leer y sobre todo el placer que me producen las relecturas.
Borges, después de quedar ciego de manera total, releía todo en su formidable memoria. Pensaba, me lo dijo más de una vez, que no había muchos autores que pudieran releerse, pero Borges era un maestro y podía emitir sus valoraciones de una forma que en lo personal yo no podría hacer. Por eso es que es probable que muchas de mis relecturas nazcan de mi ausencia de estrictos conceptos de orden crítico.
Mis juegos a la “Rayuela” de casi todos estos años, es decir, desde que la disfruté cuando apareció, tienen distantes características, una de ellas que hay tres capítulos que siempre tengo cerca; el de la muerte de Rocamadour; el del concierto de Berthe Trepat y el del puente improvisado en una calle angosta de Buenos Aires y en el cual la mujer que lo cruza tiene que decidir hacia qué dirección tomar, que es mucho más que ir para el lado de acá que para el lado de allá. Además me sentía muy bien de que Jorge Vila Ortiz y su mujer, Dorita, fueran amigos de Cortázar, quien les dedicó un hermoso poema cuya fotocopia reproduje en “Borges en Pichincha”.
“Los días van”. El título del poema es “Los días van” y se encuentra en “Papeles inesperados”, de cuya edición estuvieron encargados Aurora Bernárdez y Carles Alvarez Garriga. El poema es el siguiente: “Los días van como las olas y los cantos, su rubio viento y sus profundos verdes por las horas cambiantes. En uno de ellos queda una bahía, en otro un pánico de estrellas o delfines, mientras un tiempo nuevo y sigiloso con noches de distinto meridiano filtra sus cuerdas pálidas por los compartimientos y se mezcla en el vino que bebemos. un viaje, oh dulce pena en la raíz del cuerpo que juega con sí mismo para ser igual, constante, y a despertar distinto cada día, bajo cielos novísimos”.
Creo por otra parte que partiendo de Borges y Cortázar se podría escribir al menos una parte de la historia de la literatura argentina del siglo XX, es decir Borges, Cortázar y sus alrededores, en los cuales están cercanos Macedonio, Roberto Arlt, Nicolás Olivari, Carlos Mastronardi y, probablemente, Adolfo Bioy Casares, pero con reservas porque su grueso libro sobre Borges es deleznable desde el punto de vista de la amistad.
El poema que Cortázar dedicó a Borges, en “La vuelta al día en ochenta mundos” es un exacto retrato de Borges. El poema se titula “The smiler with the knife under the cloak”. Trata de un tema que atraía particularmente a Borges: “Justo en mitad de la ensaimada Se plantó y dijo: «Babilonia»: Muy pocos entendieron qué quería decir el río de la Plata. Cuando se dieron cuenta ya era tarde, quién ataja a este potro que galopa de Patmos a Gotinga a media rienda. Se empezó a hablar de víkings en el café Tortoni, y eso curó a unos cuantos de Juan Pedro Calou y enfermó a los más flojos de runa y David Hume. A todo esto él leía novelas policiales”.
El mismo Cortázar explica por qué escribió ese poema: “Escribí este poema en 1956 y en la India, of all places. No me acuerdo muy bien de las circunstancias, habíamos estado hablando de Borges con otros argentinos para olvidar por un rato el bombardeo de Suez y un documento de la Unesco sobre la comprensión internacional que nos habían dado a traducir; en algún momento sentí que mi afecto por él, de pronto casi tangible entre sikhs y olor de especias y música de cítara, era como un practical joke que Borges me estuviera haciendo telepáticamente desde su casa de la calle Maipú para poder decir después: «Qué raro, ¿no?, que alguien me tenga cariño desde un sitio tan inverosímil cono Nueva Delhi, ¿no?». Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de «venirse con el cuchillo abajo ’el poncho», y me ganó una ternura idiota que ahogué con jugo de mango y el poema que nunca le mandé a Borges, primero porque yo a Borges solamente lo he visto dos o tres veces en la vida, y después porque para mandar poemas la vida me cortó el chorro allá por los años treinta y ocho”.
“Nunca quise darlo a conocer aunque estuve cerca cuando la reviste L’Herne me pidió una colaboración para el número dedicado a Borges, pero sospeché que los borgianos profesionales verían una irónica falta de respeto en esa liviana síntesis del mucho bien que nos ha hecho su obra. Casi fue una lástima porque cuando salió el número era tan enorme que parecía un elefante, con lo cual hubiera resultado el vehículo perfecto para mi poema indio; de todas maneras hoy lo mezclo en esta baraja y a lo mejor, Borges, alguien se lo lee en Buenos Aires y usted se sonríe, lo guarda un segundo en su memoria que conoce mejores ocupaciones, y a mí eso me basta desde lejos y desde siempre”, contó Cortázar.
He hablado de mis juegos con rayuela, es decir, he jugado a la rayuela con el libro de Cortázar. Para este texto diré este juego. “Rayuela” se escribió en 1963, me pareció, al menos para mí, que dice Cortázar en ese capítulo. Como bien saben los lectores del libro de Cortázar, el autor propone distintas formas de leerlo: la primera se deja leer del comienzo al capítulo 16. Cortázar agrega: “Por consiguiente el lector prescindirá sin remordimientos de lo que sigue. El segundo se deja leer empezando por el capitulo 63 y siguiendo en el orden que se indica al pie de cada página, en caso de confusión u olvido” Cortázar propone al lector leerlo como se le antoje, que es el juego que yo hago con “Rayuela”. El capítulo 63 se encuentra en el tablero de dirección entre el 135 y el 88, son pocas palabras y dice: “No te muevas –dijo Talita–. Parecería que en vez de una compresa fría te estuviera echando vitriolo”.
–Tiene como una especie de electricidad– dijo Oliveira.
–No digas pavadas.
–Veo toda clase de fosforescencias, parece una de Norman McLaren.
–Levantá un momento la cabeza, la almohada es demasiado baja, te la voy a cambiar.
–Mejor sería que dejaras tranquila la almohada y me cambiaras la cabeza –dijo Oliveira–. La cirugía está en pañales, hay que admitirlo”. En cada relectura nos resultan imprescindibles los capítulos 23 sobre el concierto de Berthe Trepat, el capítulo 28 sobre la muerte de Rocamadour y el capítulo 41 sobre ese tablón cruzando la calle de ventana a ventana por el que viaja Talita, que la puede llevar a Traveler u Oliveira.
“Jazzuela”. Debería agregar la presencia en “Rayuela” de Morelli, alter ego de Cortázar con sus apuntes sobre literatura y otras yerbas, hay una edición de esos capítulos hecha aparte y agregaríamos la edición de un disco que todavía no conocemos, que se llama “Jazzuela”, cuyo trabajo de compilación fue de la escritora Pilar Peyrats Lasuén y contiene estos temas citados en “Rayuela”:
1. Frank Trumbauer And His Orchestra– “I’m coming Virginia”.
2. Bix Beiderbecke And His Gang – “Jazz me blues”.
3. Kansas City Six – “Four o’clock drag”.
4. Lionel Hampton & His Orchestra –“Save it pretty Mamma”.
5. Coleman Hawkins – “Body and soul”.
6. Bessie Smith – “Baby doll” .
7. Bessie Smith – “Empty bed blues”.
8. Louis Amstrong And His Orchestra – “Don’t you play me cheap”.
9. Louis Amstrong’s All Stars – “Yellow dog blues”.
10. Louis Amstrong’s All Stars – “Mahogany hall stomp”.
11. Big Bill Broonzy – “See see rider”.
12. The Chocolate Dandies – “Blue interlude”.
13. Champion Jack Dupree – “Junker’s blues”.
14. Big Bill Broonzy – “Get back”.
15. Duke Ellington And His Orchestra – “Hot and bothered”.
16. Duke Ellington And His Orchestra – “It don’t mean a thing”.
17. Earl Hines – “I ain’t got nobody”.
18. Jelly Roll Morton – “Mamie’s blues”.
19. Warning’s Pennsylvanians – “Stack O’Lee blues”.
20. Georgia jazz band - “Jelly Beans Blues”.