En las penumbras de las catacumbas romanas el 16 de noviembre de 1965 unos 20 obispos juraron luchar por una Iglesia humilde y servidora. Impulsados por el obispo brasileño Helder Cámara, el documento luego fue firmado por unos 500 prelados, entre ellos estaban Alberto Devoto (Goya), Juan José Iriarte (Reconquista) y Vicente Zazpe (Rafaela).
Se comprometieron a renunciar a riquezas, lujos, cuentas bancarias y dejaban en manos de laicos la economía de las diócesis. Deseaban vivir como ciudadanos comunes.
No querían títulos y optaron por los trabajadores, los pobres, el Tercer Mundo, por obras que no fueran de beneficencia y exigir a los gobiernos por la igualdad y solidaridad.
Para el padre Nicolás Alessio ese pacto "hablaba de otro camino, el volver al Evangelio y dejar los resabios de la monarquía y princesados. Pero no prosperó y surge luego desde el Tercer Mundo la Teología de la Liberación. "La realidad planteaba urgencias y Dios no aparecía hablando en un templo, sino desde dolor de los inocentes y la injusticia".
Sobre la posibilidad de un concilio, Alessio indica: "Algo puede cambiar, pero no lo garantiza sólo el posible llamado a un concilio. Depende del documento que proponga, de los temas a debatir. En Roma Benedicto organizó hace poco un gran sínodo para hablar de la fe y no se avanzó en nada", señala a La Capital.
Para el padre Salvador Yaco, "un nuevo concilio no garantiza un cambio y sería perder tiempo. El documento de Puebla es fenomenal, pero no se puso en práctica. El Evangelio es muy clarito, pero cuando el emperador Constantino decretó (en 313) que todos debían ser cristianos, comenzó a distorsionarse". "Cristo trabajó abajo y la Iglesia debe estar con los pobres, se trata de agarrar otra vez el Evangelio y caminar", sostiene Yaco.