El Papa Francisco arrancó su pontificado con gestos de humildad que siguen sorprendiendo al mundo, pero también, y sobre todo, a la curia romana. En estos días ha estado marcando lo que él pretende para su reinado: austeridad y transparencia, figuras fuertemente sacudidas cuando no inexistentes en los últimos meses en la Santa Sede. Precisamente los documentos secretos filtrados por el mayordomo de Joseph Ratzinger, Paolo Gabrielli, mostraron una larga saga de peleas internas motorizadas por algunos prelados.
Jorge Bergoglio ha querido a su lado a dos cardenales, a su vicario para la diócesis de Roma, Agostino Vallini, y al brasileño Cláudio Hummes, franciscano y amigo, cuyas figuras de por sí son toda una declaración de intenciones, reforzadas por el despojo en las formas y vestiduras del pontífice, su trato cercano a la gente, funcionarios y dignatarios.
Por estos días arrecian los rumores de reformas y cambios en la cúpula vaticana. Los tiempos de la Santa Sede no son los mundanos, y también deberá pasar la celebración de la Pascua para que comience a vislumbrarse alguna reforma.
De momento, el mundo asiste a su estilo sencillo con fuertes gestos con esperanza. Su humildad es alentadora, y debería ser una advertencia a los cardenales y los políticos. Pero, las reformas que se infiere hará el Papa Francisco no quedará ahí. Como sostiene Aldo Cazullo, analista político del Corriere della Sera, “sus hombros no sólo tienen por objeto apoyar a los colapsos la Iglesia, como en el sueño del Papa Inocencio III en Asís pintado en los frescos de Giotto. No es sólo la crisis económica motivo de su angustia. Es la crisis de la modernidad, que nos afecta a todos, religiosos y laicos, ricos y pobres”.
Cazullo hace referencia, además, a modelos negativos que enarbola la modernidad. “El Papa denuncia un mundo donde no hay respeto por los demás y no hay confianza en el mañana. Nadie confía en el otro y más aún de la Iglesia y el Estado, muchos confunden la humildad con la debilidad”.
El regreso a las raíces de la Iglesia demandará al Papa mucha energía y firmeza de convicciones, fundamentalmente para doblegar los intereses de la formidable curia romana. Para ello dispondrá de una herramienta poderosa: el Colegio de los obispos, que le permitirá una democratización real del poder.
El Colegio de obispos fue instituido en el concilio Vaticano II, pero hasta ahora tuvo escasas aplicaciones prácticas. Fue un fuerte reclamo reciente de Benedicto XVI, lo ha solicitado en uno de sus últimos discursos como Papa, pocos días antes de la renuncia. Y Francisco ya ha dado a entender que esto es precisamente lo que quiere hacer.
El colegio se asienta en los sínodos, las asambleas integradas por unos doscientos obispos, la élite de los casi cinco mil obispos de todo el mundo, que cada dos años se reúnen en Roma para debatir un tema de urgencia para la Iglesia.
Los poderes de los sínodos son consultivos, y las veintiocho ediciones que ha habido hasta ahora, desde la primera en 1967, “solo raramente han superado el aburrimiento”, apunta Sandro Magister, vaticanista de L’Espresso. Pero rápidamente advierte que Francisco “podrá convertirlo en deliberativo y podrá transformarlo en un «consejo de la corona» propio y permanente”.
Para un Papa como Francisco, que quiere sentir a la Iglesia desde Roma, esta asamblea es el instrumento ideal. Magister recuerda que entre los doce elegidos por el último sínodo están casi todos los nombres que sonaban como papables en el reciente cónclave: los cardenales Timothy Dolan de Nueva York, Odilo Scherer de Brasil, Christoph Schönborn de Viena, Peter Erdö de Budapest, George Pell de Sídney, Luis Antonio Gokim Tagle de Manila.
De esa manera, con los sínodos a mano y aceitados, Francisco tendrá la posibilidad de gobernar la Iglesia tal la figura que levantó el concilio Vaticano II, con un apoyo colegial estable a sus decisiones últimas.
La curia deberá subordinarse.
El cardenal Hummes lo infirió dos días después de la elección de Bergoglio como Papa: “Muchos esperan una reforma de la curia y estoy seguro de que él la hará, a la luz de la esencialidad, la sencillez y la humildad que requiere el Evangelio, siempre siguiendo la estela del santo del cual ha tomado el nombre. San Francisco sentía un gran amor por la Iglesia jerárquica, por el Papa: quería que sus frailes fueran católicos y obedeciesen al «Señor Papa», como decía él”.
Desde ese punto de vista, el camino que le espera a Francisco no estará sembrado de flores. Fueron fuertes las versiones de que Benedicto renunció por el escándalo Vatileaks, En realidad el escándalo lo desataron las luchas de poder dentro de la curia, el carrerismo, y los manejos con el Banco Vaticano (IOR), sobre el que Francisco ahora deberá decidir si lo mantiene o lo convierte en una institución de ayuda.