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Vicisitudes de una membrana

En el inicio de la tercera década del siglo XXI no deja de sorprender que muchos hombres dependan del control del himen vaginal de sus hijas para que sus fantasmas masculinos más ancestrales no devoren su precario equilibrio.

Domingo 05 de Julio de 2020

En el inicio de la tercera década del siglo XXI no deja de sorprender que muchos hombres dependan del control del himen vaginal de sus hijas para que sus fantasmas masculinos más ancestrales no devoren su precario equilibrio. Bien mirado, no sorprende tanto: se trata de un ser, el masculino, siempre proclive a apropiarse de la sexualidad femenina y con ella de todo su ser. Que no sean todos los hombres no hace desaparecer la repetición de la monstruosidad. Por ejemplo se puede observar en esta época cómo un valor de otro tiempo sigue saltando de un siglo a otro: en el caso que nos ocupa se trata de la exigencia de virginidad de la hija por de parte del padre, un preludio de las posteriores exigencias de exclusividad de la mujer en los hombres.

Nos enteramos por distintos medios –La Vanguardia de Barcelona– que T. I. (Clifford Joseph Harris Jr.), un rapero de cierta fama, lleva a su hija de dieciocho años (y desde los quince o dieciséis según los distintos informes) al ginecólogo para que el examen permita saber si el himen de su hija está intacto y por lo tanto su virginidad preservada. Tampoco es que esto ocurra en una caverna del llamado Tercer Mundo porque en tal caso la sorpresa social sería más bien minúscula. Es sabido, en los páramos oscuros del llamado mundo tercero el atraso económico y el atraso tecno implican (prejuiciosamente) el inexorable atraso del alma. Sin embargo, la noticia sobre el hábito morboso del rapero tuvo su origen en una práctica médica realizada por ciertas clínicas en Nueva York. Una suerte de observatorio de la virginidad (su prohibición está en estudio).

La confesión del músico ocurrió en un programa televisivo en EEUU, el podcast “Ladies Like Us” –“Señoras como nosotras” – conducido por Nazanin y Nadia. T. I. se despachó a su gusto contando cómo en el cumpleaños número dieciséis de su hija Deyjah clavó un papel en la puerta de su cuarto con el horario del turno con el ginecólogo. Al respecto relató que lo primero que hizo el médico fue explicarle que el himen puede romperse de muchas maneras, como por ejemplo montando en bicicletas o a caballo, o en definitiva en la práctica de cualquier deporte. A lo que Harry le espetó: “Deyjah no monta en bicicleta ni a caballo ni tampoco practica ningún deporte. De modo que necesito un informe preciso del estudio realizado. «Himen intacto», le informaron. En tal caso mi hija está a salvo de los hombres”, exclamó el padre ejemplar. Es que a los hombres –explicó– no les gustan las vírgenes. Les resultan aburridas. El retorcimiento del rapero obviamente no oculta que antaño muchos hombres las exigían vírgenes para poder ser el héroe inaugural. Además, pretendían de esta forma evitar el encuentro fantasmal con otros hombres en las huellas de la memoria de la mujer. Acaso orgasmos anteriores, para colmo de males tal vez mejores. En cuanto al himen no es una puerta de entrada, ni siquiera es capaz de dividir entre el interior y el exterior de una mujer. Sin embargo antaño tuvo un prestigio invalorable en la antigua creencia que dicho himen aportaba una prueba objetiva de la “inmaculadez” de una mujer que ha sido habilitada por Dios y el registro civil a entregarse en cuerpo y alma a un hombre, tradicionalmente erigido como el sucesor del padre. El himen (más que la mujer) y su potencial penetrador eran en definitiva los actores centrales de la famosa noche de bodas. El escenario propicio para comprobar cuestiones cruciales: si en las sábanas del amor había discretas pero nítidas manchas de sangre el test match había resultado positivo. En tal caso la mujer había llegado al altar del matrimonio invicta. El premio mayor era haber encontrado su dueño. En cuanto al feliz propietario, había pasado la prueba de la firmeza de su virilidad. Sin embargo ambos premios no superaban la prueba del tiempo

Lo cierto es que muchas mujeres fueron entendiendo que en realidad no querían un dueño para su vida ni tampoco el premio consuelo de ser la dueña (ama) de casa. Paralelamente, el feliz propietario –más tarde que temprano o más temprano que tarde– era atravesado por un inesperado clic en su vida: una multitud de voces más una extraña voz interna en modo oracular le señalaban que en rigor no era propietario de ella a pesar de los documentos firmados en reciprocidad, más los regalos, fiestas, rituales y todos los usos y costumbres al respecto. A todo esto él tal vez tampoco era feliz. Y eso que la membrana en la más esperada de sus vicisitudes había decorado la noche inaugural con las célebres manchas rojas que presagiaban un matrimonio feliz con el amor borrando las grietas de la existencia.

Sabido es el poder corrosivo de la existencia humana tanto individual como colectiva al punto de que una inocua membrana sin una función específica en el organismo femenino encontró en cierto imaginario masculino una función social certificando la pureza o impureza de una mujer. Tan importante, que la sociedad le ofrecía en tiempos pasados una operación quirúrgica restauradora del himen no intacto para el caso eventual de una mujer topando con un espécimen retrógrado. El terrible problema es la secuela de esa monstruosidad retrógrada, aquellos que son capaces de una monstruosidad aun mayor, los asesinos de mujeres. Si la mujer no es de él, entonces no será de nadie. La mujer sin pasado, sin presente y sin futuro. Con toda evidencia se trata de una de las plagas más trágicas de la pasión propietaria y acumulativa en la esencia misma de la pandemia social más extendida: ser dueño del otro.

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