Como se sabe, desde hace muchos años una especie de mayoría para nada silenciosa canta el lamento de que somos el peor país del mundo conformando una suerte de ombliguismo negativo nutriendo la bipolaridad nacional. En ese primer tiempo mítico entre el recién nacido y su madre ambos serán el centro del mundo del otro. El milagro de ser Ambos a la vez Uno. El ombligo es el resto-cicatriz de lo que fue la unión entre el feto y su madre, con toda probabilidad la única unión sin ambigüedades (igualmente con fantasmas). Lo cierto es que semejante unión tanto del ser humano masculino o como el femenino jamás se podrá recuperar. A la vez creerán muy posible revivir el idilio fundacional de la vida en la magia hipnótica de todo enamoramiento. Dicho resto fundacional de la vida llamado ombligo es (o fue) un canal a dos puntas o dos extremos: uno dirigido hacia el interior del feto, el otro en dirección al interior de la madre. El parto corta en un instante primordial el extremo hacia a la madre. Un colgajo permanece durante unos pocos días en el recién nacido hasta que finalmente cae y las madres suelen guardar el resto definitivo de esa unión fascinante en una sencilla cajita albergando un tesoro inigualable. Madrehijo/a se han separado biológicamente. A partir de ahí se inserta en dicha unión inseparable un guion: se dirá madre-hijo. ¿Y la psiquis? Que se sepa las psiquis no se apagan aunque en principio no haya memoria de los registros de esos tiempos primeros. Si la separación biológica es rotunda, la psicológica es como mínimo ambigua. A partir de ahí el pequeño humano circulará por la familia y por el mundo con las imágenes fantasmáticas de su infancia en la que fue un centro o así lo creía. O donde no lo fue o así lo creía.






























